Historias de la Historia (I)

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Comenzamos un repaso por el modo en que se ha escrito la historia en diferentes épocas. En este post, desde los antiguos mesopotámicos hasta la Ilustración. 

 

La historiografía así, a primera vista, parece algo aburridísimo. Además, la propia palabra suena fatal. Tira para atrás. Pero hay factores de fuerza mayor que nos hacen acercarnos a ella. Sólo un poco. De refilón. Y, afortunadamente, de la mano de uno de los grandes. A alguien que una vez escuchamos en la UNED, coincidiendo, seguramente, con el setenta aniversario de la Guerra Civil Española. Este enlace confirma la cita a la que nos referimos. No recordamos exactamente de qué habló, pero sí de la excelente impresión que nos causó. Hablamos de Enrique Moradiellos. Y, en lo sucesivo, en partiular, de su obra Las caras de Clío.

 

 

Antes de nada, una aclaración: la historia que nos gusta es la de las gentes que la sufren; no la de los generales, nobles y reyes. La historia que nos atrapa es, por ejemplo, la que cuenta Ramiro Pinilla en Antonio B. El Ruso, ciudadano de tercera. Esta novela es, dice en la contraportada, “un retrato agudísimo de la vida durante la posguerra, de las penurias y calamidades, de los odios y revanchas, de la miseria y la lucha por salir adelante y escapar de la represión y la humillación permanente”, una historia de España, añadimos nosotros, contada a través la vida de una persona como hay cientos, miles, que nunca salen en los libros de la Historia oficial, aunque son los que de verdad la padecen en sus carnes. 

 

 

Pero, si no nos gustan las narraciones sobre quienes hacen la historia, sino la de quienes la sufren, ¿cómo nos ha podido encandilar la historiografía a través de la obra de Moradiellos? Esta última es la ciencia que estudia el modo en que los historiadores abordan su tarea de contar los acontecimientos del pasado. No nos debería gustar, porque nos parece que siempre son los ganadores los que se encargan de escribir la historia. O que son sus interpretaciones las que logran pasar al imaginario colectivo. O que sólo se ocupan de los grandes nombres, de los que siempre se escriben en mayúsculas, de aquéllos a los que se dan calles, estatuas, cuadros…

 

 

Por fortuna nos hemos dado cuenta gracias a Moradiellos de que no siempre se ha contado la historia de la misma manera y que es necesario conocer cada escuela de historiadores, cada manera de repasar el pasado, al servicio de quién, de qué intereses, estaba esta labor, para poder extraer mejor la esencia de cada tiempo. El modo en que se ha contado la historia en cada época nos da mucha información respecto al modo de hacer ciencia en cada momento, la manera de entender el transcurso del tiempo y sobre cómo se interpretaban los acontecimientos.

 

 

 

De Mesopotamia a Grecia y Roma, pasando por China 

 

En Mesopotamia, los relatos entretejían y combinaban mitos legendarios, actos e intervenciones divinas y hechos humanos. En Egipto, los hechos históricos más antiguos son las listas de reyes establecidas por los escribas y los sacerdotes, cuyo objetivo de reflejar la gran antigüedad de la monarquía y legitimar el poder real, garante del orden social y político que regulaba el aprovechamiento de las crecidas fluviales, tan esencial para la supervivencia de la civilización. Además, como escribe Moradiellos, la civilización egipcia parecía y creía vivir en un eterno presente siempre igual a sí mismo en su estructura profunda y pese a sus variaciones epidérmicas. La historia que se escribía en Egipto era extremadamente conservadora. Incluso reaccionaria.

 

 

En Grecia, la construcción de la historia fue un continuo enfrentamiento del logos para anular al mito. La razón contra las explicaciones fantásticas en las que siempre se involucraba a los dioses. La historia era allí fruto de la investigación del autor, que pretendía contar algo verdadero y no imaginario. Contra Homero y Hesíodo nacieron Heródoto y Tucídides: “Con ellos quedó constituida la Historia como una categoría y género literario racionalista y contradistinto del relato mítico y fabuloso, enfrentado a él en la voluntad de búsqueda de la ‘verdad’ de los acontecimienots humanos en el propio orden humano, sin intervención sobrenatural y apelando a una inmanencia causal en la explicación de los fenómenos”.

 

 

Con los griegos, el término “Historia” hizo honor a su origen etimológico (ístor, el que ve), porque se limitaban a contar aquéllo de lo que habían sido testigos directos. ¿Eran los historiadores griegos periodistas en realidad? ¿Fue Heródoto nuestro padre fundador?

 

 

La historia de los romanos fue parecida a la de los griegos. Y en una y otra civilización, la disciplina cumplía una triple función social, según enumera Moradiellos: constituía una fuente de instrucción moral, tanto cívica como religiosa; contribuía a la educación y formación de los políticos y gobernantes, sobre todo en Roma, dadas la mayor potencia y ubicuidad del Estado romano en comparación con las polis helénicas; y proporcionaba un entretenimiento intelectual para los cultos, para los pocos que sabían leer.

 

 

¿Y en China? Los historiadores eran funcionarios del tiempo. La prioridad de estos «profesionales» era colocar los sucesos en el eje temporal con precisión y rigor. De ahí que no se diera tanta importancia a la profundización y a la búsqueda de causas de los acontecimientos históricos, sino sólo a su ordenación.

 

 

 

El salto atrás y el gran paso adelante

 

 

En la Edad Media se dio un paso atrás: “El historiador (…) entenderá la Historia no como una investigación secular, causal, inmanente y racionalista de los hechos humanos, sino como ‘la contemplación alegórica de la voluntad divina’, como la realización del plan preparado por Dios para la salvación de los hombres desde la Creación y hasta el Juicio Final”.

 

 

Simplificando, podríamos decir que todo lo que ocurría era premio o castigo de Dios a las acciones humanas. O, en su defecto, respondía al plan ideado por Dios que incluye premios o castigos a las decisiones de las personas. Un plan que, además, es muy lineal, secuencial, lo que, como en la historia china, provocó un gran interés por la cronología. La crónica, pues, fue un género muy trabajado en la época, aunque el más popular de la historia medieval fue la hagiografía, es decir, el relato de las vidas de los santos para perpetuar su memoria como inspiración y ejemplo.

 

 

A partir del siglo XII, la manera de contar la historia comenzó a cambiar. El nacimiento de las ciudades y la tranformación económica, sobre todo el desarrollo del comercio, llevaron consigo un proceso de secularización notable. La historia, que estuvo al servicio de Dios, se rindió a los nuevos poderes, sobre todo a los de los nuevos Estados modernos que nacían por esos años.

 

 

La modernización económica que comenzó a atisbarse a partir del siglo XII, así como la génesis del Estado moderno, culminó en los siglos XV y XVI. Pero, además, los humanistas renacentistas redescubrieron la cultura clásica, recuperaron la tradición grecolatina, la contrapusieron con la Edad Media y generaron una nueva conciencia histórica. Parecida perspectiva a la que los pintores de la época usaron para reflejar la realidad visual en sus obras, aplicaron los historiadores a sus narraciones: no se pueden analizar los acontecimientos aislados, sino en su contexto histórico, tanto temporal como espacial. También hay leyes de la perspectiva en el análisis de la realidad. Algunos llamarán a esto, deespectivamente, “relativismo”. Pero es el gran hallazgo del Renacimiento. Y a caer en la cuenta de ello, de que hay que analizar cada suceso en su contexto, con perspectiva, contribuyó el descubrimiento de nuevas tierras. En ellas, sus gentes tenían otras tradiciones, otras maneras de organizarse y otros dioses a los «nuestros».

 

 

El otro gran hallazgo de la época fue la crítica documental, es decir, el análisis de los documentos históricos para detectar su carácter verdadero o fraudulento. Con este paso, la historia era más ciencia. En la Ilustración, además de la idea de perspectiva y la de verificación, cundió la del tiempo como vector de progreso: la cronología sería una cadena causal de cambios irreversibles en la actividad humana.

 

 

Pero no será hasta el siglo XIX cuando la historia llegue a cristalizar como verdadera ciencia. Ocurrirá en Alemania y, sobre todo, con Leopold Von Ranke. Pero eso lo dejamos para la segunda parte de este repaso por la historiografía, que puede ser objeto de nuestra próxima entrada en el blog, pero puede que no.  

 

 

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