Impresiones de la campaña electoral: las estrategias de los partidos

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Nos encontramos en el ecuador de campaña y ya podemos sacar unas primeras ideas de cómo la están planteando los principales contendientes. Los hay muy discretos porque consideran que la campaña de perfil bajo es la que más les conviene, a algunos parece que incluso les da miedo aparecer ante los periodistas en los medios de comunicación, y se encuentran aquellos que están poniendo toda la carne en el asador porque creen que así lograrán maximizar su resultado.

 

El PSOE, el partido en el Gobierno, se encuentra entre los primeros, entre los que está optando por la discreción: no hay ninguna propuesta muy grandilocuente por el momento. En materia económica, la quizás más importante, Pedro Saura, el encargado de transmitir el ideario del partido en esas cuestiones, ha optado por la moderación, por no cargar demasiado las tintas en materia impositiva (fía al momento del ciclo y al mantra de la lucha contra el fraude la mejora de los ingresos del Estado), en lo laboral ha bajado el tono (sólo habrá contrarreforma laboral en caso de acuerdo con la patronal, según ha contado en una entrevista en El Confidencial) y en pensiones se apunta a la corriente de opinión más popular (mantenimiento de su poder adquisitivo, pero sin poner sobre la mesa medidas de calado para garantizar su sostenibilidad futura).

 

Qué lejos está Pedro Saura de Manuel Escudero (este último está bastante más a la izquierda), encargado de la cosa económica en las anteriores campañas de Sánchez, de cuando el PSOE competía con Podemos, cuando el líder socialista quería parecerse un poco más a los morados para frenar la fuga de votos en esa dirección en contra del criterio de muchos barones del partido encabezados por Susana Díaz.

 

El declive de Podemos, ocasionado en parte por sus disputas internas, ha resultado de ayuda a un Sánchez que vive un poco de las rentas de la imagen que se construyó durante su historia épica contra el sistema, por un lado, y de presentarse como el voto más útil contra el ascenso de la derecha radical, por otro -a ese interés por mostrarse en contraposición de Vox se atribuía que Sánchez quisiera ir al debate de Atresmedia en que estaba previsto que participara Santiago Abascal y no al de RTVE, que excluía a la fuerza ultraderechista-.

 

Con ello, el PSOE recupera parte del voto perdido a su izquierda desde 2014 y trata de pescar cierto voto moderado desencantado con la que se percibe como deriva derechista de Ciudadanos o cansado de la confrontación y la violencia verbal permanente en relación con la crisis nacional.

 

Pedro Sánchez se enfrenta a un gran reto el lunes y el martes en los debates de RTVE y Atresmedia. Pasa del perfil bajo que ha estado defendiendo hasta el momento a exponerse el doble de lo que estaba dispuesto. Y este camino lo ha recorrido de manera muy accidentada. Sánchez debe de saber que es el que más arriesga en esas dos citas televisivas, porque es el que va en cabeza en las encuestas. La incógnita está en quién estará al quite para aprovechar posibles errores del presidente.  

 

Unidas Podemos: una estrategia combativa

 

Unidas Podemos ha optado por la estrategia opuesta y se ha colocado clara y valientemente en la izquierda con propuestas audaces en lo económico (programa de inversiones financiado con subidas de impuestos y un banco público, por ejemplo); afirmando que hay que construir un sistema compatible con la vida, sugiriendo que este no lo es; reiterando su arriesgada posición ante el conflicto catalán (un referéndum) escogiendo a soberanistas para las listas electorales de Cataluña; confrontando con los poderes (para lo que le ha venido extraordinariamente bien el escándalo de las cloacas del Estado que funcionaron para hundir al partido en cuanto nació) y diciendo sus nombres; y presentándose como la única fuerza a la que no se puede comprar, a la que no se puede corromper y que puede decir la verdad. Y ello con una dialéctica combativa y con un discurso que es todo menos ambiguo, que es todo menos transversal, que ya no busca pescar en todos los caladeros de votantes. La marcha de Íñigo Errejón se nota, y mucho. Como también el hecho de que figuras relevantes de IU y del PCE ocupen puestos relevantes en las listas.

 

Unidas Podemos se ha colocado con toda claridad a la izquierda del espectro ideológico. Con la vuelta de Pablo Iglesias parece estar recuperando ese punch del principio, aunque abandonando veleidades populistas.

 

Otra cosa importante que quiere transmitir o un argumento de persuasión que usa Unidas Podemos es la gran utilidad de los votos que recogerán: servirán para que el PSOE haga políticas de izquierdas gracias a su presión y sacan a relucir que gracias a su acción el Gobierno de Sánchez subió el salario mínimo hasta los 900 euros. Su objetivo es gobernar, o influir en la toma de decisiones, no ganar las elecciones. 

 

En Unidas Podemos son conscientes del momento dulce que atraviesa Pedro Sánchez y de que ello supone lo contrario para su fuerza política. Buscan maximizar el voto afirmando que tienen que tener los suficientes diputados como para que la izquierda sume de sobra y el PSOE no tenga la tentación de pactar con Ciudadanos. Con ese riesgo juega UPs, con que los socialistas lleguen a gobernar con los de Albert Rivera. Con ese peligro quizás buscan arañar algún voto de los socialistas más de izquierdas o no perder los que en pasadas elecciones arrebató al PSOE.

 

La competición en la derecha

 

En el extremo opuesto de Unidas Podemos, y no sólo en lo ideológico, se encuentra Vox. Hace campaña, da mítines, pero no participa en debates (porque no cumple los requisitos legales para hacerlo) y su presencia en los medios de comunicación es reducida. La ultraderecha ha optado por un perfil bajo, lo que por un lado reduce su riesgo de cometer errores y, por otro, les pone esa pátina de “antisistema” o, al menos, de “políticamente incorrectos”, de “enfants terribles”, que consideran que les da votos. Así, se estima que Vox puede haber sido el gran ganador del debate de Atresmedia en el que no participará por no cumplir los requisitos legales: Santiago Abascal evita meter la pata -son conocidas sus lagunas sobre muchos temas- y, por otro, puede usar el argumento que tanto se supone que le favorece de que el sistema le excluye.

 

No necesitan hacer mucho más porque los propios medios de comunicación, las redes sociales y el resto de los partidos se encargan de hacerles la campaña dando difusión a las dos o tres propuestas locas que han puesto sobre la mesa, hasta el punto de que terminan marcando la agenda. En algunos casos, incluso, y esto no ocurre sólo en la campaña, sino que viene de atrás, algunos partidos políticos están asumiendo el discurso, las ideas y las propuestas de la ultraderecha para competir con ella sin darse cuenta de que con ello esos presupuestos ganan difusión y el electorado acaba premiando a quienes los expresan de manera más pura, a quienes, expresado coloquialmente, son los auténticos y no posturean.

 

PP y Ciudadanos se perciben como partidos que se han escorado a la derecha. El primero lo hizo claramente con el relevo que hubo en su cúpula tras la moción de censura contra Mariano Rajoy: Pablo Casado es más beligerante contra el nacionalismo catalán, ha adoptado posiciones más conservadoras en cuestiones sociales y morales y en economía ha fichado a Daniel Lacalle, que ha prometido una revolución fiscal, es decir, una brutal bajada de impuestos, y que responde a un perfil diferente al de Cristóbal Montoro, a quien Esperanza Aguirre llamaba “el ministro socialdemócrata del Gobierno”. Además, Pablo Casado se expresa en términos mucho más gruesos que su predecesor y recuerda un poco al duro José María Aznar contra Felipe González. Querer frenar el goteo de votos hacia Vox le ha llevado a endurecer el gesto y a escoger perfiles como el de Cayetana Álvarez de Toledo, también muy severa. En campaña no ha bajado el tono. Continúa igual, sobreactuando y ligando a Pedro Sánchez con los que quieren romper España, con los ex etarras y con los comunistas (sic).

 

La de Casado es una campaña beligerante. Aunque tiene prácticamente asegurado el liderazgo del bloque de la derecha, las encuestas apuntan que su presencia en el Parlamento va a acabar muy diezmada. Un argumento para arañar votos pasa por recordar que votar a Ciudadanos, al fin y al cabo, tiene el riesgo (bajo su perspectiva) de acabar contribuyendo a un Gobierno presidido por Pedro Sánchez. Los populares se apoyan en el acuerdo al que ya llegaron Sánchez y Rivera en 2016. Y les da credibilidad que “los poderes” deseen un pacto entre los socialistas y los naranjas si es que llegaran a sumar. 

 

Precisamente, quien más difícil lo tiene para las elecciones, al menos en el bloque de la derecha, es Ciudadanos, que ha decidido competir con sus dos adversarios más directos con sus mismos argumentos, convirtiendo a un partido con aspiraciones de ser liberal en prácticamente indistinguible de sus dos rivales e incluso más beligerante que éstos en los argumentos clave de campaña contra el PSOE y contra Sánchez. Hay que conceder a los naranjas que han tratado de dar una imagen de transversalidad fichando a personas que venían del partido socialista para sus listas. Pero esa apariencia de centrismo queda muy cuestionada cuando manifiestan que se oponen a pactar con el PSOE para la formación de un futuro Gobierno, lo que le coloca con PP y Vox de potenciales socios. Su candidato para la alcaldía de Barcelona, Manuel Valls, les ha sacado los colores más de una vez. Y lo mismo su antes referente Emmanuel Macron.  

 

 

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