La culpa no fue mía

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No recuerdo bien cuándo empecé a culpar al otro de mis errores. Desde luego hace muchísimo tiempo. Observaba que yo no era el único. Imitaba e incorporaba esos patrones de conducta. Al principio me fue bien. Dormía tranquilo pues consideraba que era coherente. Si fallaba siempre había una explicación ajena a mí. Era una especie de complejo de culpa externa, pero nunca interna. Conforme pasó el tiempo debí madurar aunque fuera un poquito y reflexioné concluyendo que tal vez no era todo tan sencillo.

Pero qué bien me fue la cosa. Sinceramente. Ay, hasta que conocí a Sigmund y sin yo darme cuenta dio la vuelta al calcetín revolviéndome las vísceras. Puso todo patas arriba. Maldito loco judío. Vinieron las lecturas, el cuestionamiento de mi educación, la identificación con ideologías opuestas en las que pensaba estaba la felicidad, la incorporación a una profesión excitante, interesante y necesaria para denunciar desmanes pero que no me llenaba, los fracasos sentimentales, la escritura, la ironía, el cinismo y el descreimiento.

Un día una voz neutra e invisible me anunció: Buenos días, asocial. Bienvenido al club del que difícilmente se sale, el club de la insatisfacción permanente. Me encontré sobre la mesa un catálogo de habitáculos, especialmente diseñados para gente clasificada en esa categoría. Algunos eran paradisíacos, pero a precios prohibitivos. Otros, más asequibles a mi economía. La empresa Asocial Tú, una multinacional off shore, garantizaba en el folleto a los futuros moradores silencio y distanciamiento. Opté por una cueva marítima y allí es donde me pilló la catástrofe que nos ocupa, nos preocupa y que temo sea compañera no deseada por mucho tiempo.

Ya digo, el tiempo transcurría y era maravilloso encontrar respuesta a mis frustraciones: la culpa no estaba en mí sino en los demás. Era la teoría del sí, pero, la teoría de la justificación y de la autocomplacencia. Si yo suspendía alguna asignatura era debido al profesor, si el país hacía aguas era por culpa de un pequeño y malvado dictador, si en el trabajo no me entendían era por la estupidez e incomprensión de mis superiores, si me metía una castaña con un amor poco correspondido era porque la otra parte no estaba a mi nivel, si me divorciaba no era porque yo lo busqué. Y así ad infinitum.

¿Por qué me digo todo esto hoy? Seguramente, porque es difícil encontrarme con alguien que admita un error o que incluso si lo admite me suene sincero. Y si se trata de figuras públicas con poder, ya ni cuento.

Me desperté con un terrible dolor de cabeza esta mañana después de todo lo que en mi realidad irreal había experimentado el día anterior: la huida en barco de la familia Borbón Ortiz acompañados de los eméritos, la proclamación de la república y la convocatoria de elecciones para elegir un nuevo jefe de Estado. El cóctel de tranquilizantes que ingerí hizo de las suyas. No sé qué hora podía ser porque el móvil decidí tirarlo el váter para impedir que me colocaran, sí o sí, una aplicación que controle mis movimientos.

El caso es que me pareció escuchar de madrugada golpes en la puerta de nuevo. Pensé que podía ser alguno de la campaña de los candidatos presidenciales tratando de conquistar al desconcertado ciudadano que era yo, asocial y no censado. Abrí en pijama, con ojos legañosos y una alborotada cabellera encanecida que crece y crece conforme se prolonga el confinamiento. Se trataba de Ramón, el conserje del inmueble, quien con lágrimas en los ojos se excusaba por no haberme entregado el día anterior la papeleta de otro de los aspirantes a Niceto Alcalá-Zamora. «Créame, no lo hice aposta. Se me cayó por la ranura del ascensor. Pensará que he querido influir en su decisión. No hay malicia de mi parte», me dijo. «No se preocupe por Dios. Estas cosas nos pasan a todos y más en estos días, días de cambio histórico», le respondí para tranquilizarlo. Me dio las gracias y a punto estuvo de infringir el protocolo de saludo. Me retiré a tiempo. En eso estoy ya muy entrenado después de haber vivido en Japón.

Vi la papeleta que me faltaba. Era la del candidato a presidente de la república por Unidas Podemos, Juan Carlos Monedero. No sentí ni frío ni calor y hasta cierto punto me pareció lógico. Es verdad que el día anterior cuando revisé las tarjetas reparé en que faltaba la del partido de Iglesias. Pensé que éste había al final decidido apoyar a Bono persuadido por Zapatero: «Es lo mejor, Pablo. Unimos fuerzas y llevamos al Palacio de Oriente a un hombre de izquierdas, aunque es mucho decir tratándose de Pepe».

Y volví a la cama intentado digerir lo que estaba ocurriendo. Me puse los tapones porque los de arriba o los de abajo comenzaban a hacer ruido como de mudanza. A lo mejor estaban preparando su exilio. No tendré esa suerte, me dije lanzando una blasfemia.

Al despertarme fui raudo y veloz al salón para enterarme de la noticia. Encendí la tele y apareció un programa de gimnasia, zapeé otros canales y me topé con el 24 Horas. Allí estaba el presuntamente derrocado Rey, sonriente, en una audiencia que el día anterior había mantenido en su despacho con el ministro de Agricultura. Empecé a perder los nervios, algo relativamente fácil en mí. Entré en la cocina, prendí la radio. Nada anunciaba de la caída de la monarquía y oí a Gabilondo criticando a Iglesias por el tuit que, al parecer, escribió ayer elogiando la república y manifestando que no quería tener un jefe de Estado vestido de militar. Olvida el señor Iglesias, que ahora cuando habla lo hace como vicepresidente de gobierno, que prometió acatar la Constitución desde el primero al último de sus artículos y que las Fuerzas Armadas están sujetas al poder civil, afirmó el veterano comunicador.

Luego volvió la rutina ordinaria. Trump me anunciaba en el desayuno que durante un mes y medio castigará a la Organización Mundial de la Salud (OMS) sin darle un sólo dólar por supuestamente encubrir a China en la pandemia. Recordé eso de la viga en el ojo ajeno. Qué cruz debe de ser para Anthony Fauci, su asesor para la epidemia, reunirse a diario con el visceral magnate de la Casa Blanca. Y también me acordé cuando Reagan y Bush padre comenzaron a congelar su contribución financiera a algunas de las agencias de Naciones Unidas, entre ellas la FAO, dedicada a la agricultura y la alimentación y a la lucha contra el hambre, o cuando Bush hijo dio la espalda a la ONU para justificar la operación militar en Irak.

Y aquí, mientras tanto en el ruedo ibérico, nuestro gobernante instaba «con humildad, de corazón» al diálogo al tiempo que volvía a enumerar con orgullo sus logros, su colega de coalición se excusaba por tener una casa con gran jardín donde pueden corretear sus hijos, el líder de la oposición le reprochaba al primer ministro que él no era el Rey de nadie sino un manipulador de un guiñol sin guión y un diputado calvo de la ultraderecha bramaba contra el Gobierno acusándolo de haber convertido el país en un tanatorio.

 

 

 

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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