La guerra tuiteada

Hay que analizar si queremos que la guerra y la catástrofe se sirvan y se consuman como espectáculo en televisión, como pasatiempo adictivo en las ya adictivas redes sociales o en cualquier pantalla o como tema como cualquier otro de conversación

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Mis primeros recuerdos de Twitter son las revoluciones árabes. Hasta las tantas de la madrugada siguiendo los acontecimientos a través de la pequeña pantalla del móvil. Después llegaría el 15-M español y ahí, además de leer, ya podíamos tuitear sobre lo que pasaba, porque éramos protagonistas. Se trataba de movimientos sociales, aquí y al otro lado del Estrecho, que pedían pan, trabajo, redistribución de las cargas de la crisis, libertad, justicia y democracia, en mayor o menor medida según las circunstancias de cada entorno en el que se producían.

La comunidad tuitera en esos años era sensiblemente menor, era más novata y más inocente, y no sabía muy bien cuál podía llegar a ser el poder y el alcance del nuevo instrumento que un número creciente de personas llevaba en la mano para hacer fotos, escribir, transmitir al mundo y dar testimonio de lo que ocurría.

Ahora, más de una década después de aquello, estalla una guerra. No es la primera a la que asiste la mayor parte de las generaciones en su vida dentro de Europa, porque ahí está la traumática, cruenta y trágica para todos los bandos que fue la que conllevó la desmembración de Yugoslavia. Pero sí es la primera de estas características a la que se asiste desde la Segunda Guerra Mundial: una invasión dentro del Viejo Continente, una violación de la soberanía de otro Estado por parte de una gran potencia, que ha tenido como respuesta las más rápidas y mayores sanciones nunca vistas cuyas consecuencias están por ver.

Más allá del análisis que merezca la guerra, de la búsqueda de responsables, de la valoración de la dimensión de los efectos, quizás es la primera vez que vemos cómo se tuitea una guerra, una guerra de agresión. Probablemente porque tiene lugar muy cerca de donde nos encontramos. Y, ante ello, se pueden realizar varios análisis.

En primer lugar, el obvio: las redes sociales son el escenario ideal de la propaganda o del relato en que se amparan los bandos para hacer lo que hacen. El esfuerzo propagandístico es más fuerte por parte de quien protagoniza la agresión. Pero las democracias también tienen la necesidad de explicar al gran público qué están haciendo tanto para proteger a las víctimas como para castigar al atacante. Los líderes de las democracias se expresan en las redes sociales con cada vez más asiduidad, a veces antes que a través de las ruedas de prensa, aunque las más de las ocasiones, en paralelo.

Los medios cada vez usan más Twitter para saber qué se hace y quién lo hace, a diferencia de lo que ocurría hace muy poco tiempo, cuando la curiosidad pasaba más por el quién dice qué. Se ha producido un salto cualitativo y cuantitativo importante respecto al uso que efectúan los poderes públicos de las redes para comunicarse sin intermediarios, aunque luego lo tuiteado es material en manos de los periodistas, cuya misión no pierde fuerza, sino que la gana: el esfuerzo del profesional de la información por dar un valor añadido a lo que ya su público ha leído en Twitter tiene que ser forzosamente mayor.

En todo caso, los nuevos usos comunicativos de los poderes públicos tienen una ventaja: la simetría informativa; todo el mundo tiene acceso en el mismo momento a toda la información, algo especialmente relevante cuando lo que se cuenta tiene que ver con los mercados financieros.

Las redes son, como mínimo, el segundo escaparate de los medios, quizás solamente por detrás de su portada. Por ello, tienen que cuidar cómo se presentan en ellas. No sólo en términos de calidad, sino también en cantidad, aunque sobre todo en atractivo. Un estallido informativo como el que conlleva una guerra de las dimensiones de ésta desata también una feroz competencia por la audiencia. Y en las redes se dirime en gran medida el veredicto: quién se lleva el click, el retuit, el ‘me gusta’. Ello tiene consecuencias en la manera de escribir los titulares, en las fotografías que se escogen…

A los contenidos que los medios de comunicación comparten a través de las redes, se suman otros muchos que tuitean los propios periodistas enviados a la zona de conflicto, o aquellos que están en la mesa de su redacción. Es una oportunidad de ganar audiencia e influencia al tiempo que se desarrolla el oficio y se muestra su utilidad y el carácter imprescindible de la profesión periodística.

Lo mismo ocurre con los expertos en la materia que comparten su saber y su diagnóstico a través de hilos que a veces se agradecería que fueran artículos publicados en papel de lo mucho que aportan y de lo bien escritos que están. De hecho, los periódicos estos días, además de plagados de informaciones sobre el terreno, también cuentan con abundantes tribunas de historiadores, politólogos, expertos en relaciones internacionales… que dan contexto al conflicto y proporcionan elementos para entender lo que sucede.

Todos estos contenidos suponen una verdadera avalancha de información para el ciudadano medio, que puede muy bien sentirse sobrepasado por todo lo que siente que ha de leer para estar bien informado.

Pero, desafortunadamente, no es solo esto lo que circula por las redes sociales. También hay que sumar a los tuiteros particulares y sin titulación que acredite sus conocimientos en la materia que emiten sus comentarios pretendidamente brillantes, sabios u ocurrentes; así como los que se suman a uno u otro bando, algo que nos hacen saber machaconamente; además de aquellos a los que les gusta mucho una foto o un vídeo que se ha trabajado otra persona, se la descargan y la vuelven a tuitear…

La bola de nieve crece y crece… Tanto que, además de abrumar al menos ducho en las redes, que no sabe distinguir entre lo mentiroso y lo verdadero, entre lo más reciente y lo que pasó hace días o hace años, se tiene a veces la sospecha de que la guerra es un medio para conseguir fines particulares: audiencias, influencia, seguidores…

Quien no haya caído en esas tentaciones que tire la primera piedra.

Quien tenga contracciones respecto a esto y esté escribiendo un artículo para luego tuitearlo sobre lo plastas que son los tuiteros que levante la mano.

Confieso: yo misma echo de menos no tener acceso en este momento a unas pantallas de Bloomberg o similares para coger capturas de pantalla del desplome del rublo, de la caída de la Bolsa rusa, de cómo lo hacen los mercados de los países bálticos, de los bonos soberanos de la zona… e hincharme a tuitear con las sentencias a las que tiendo y con las que tan sonadamente me equivoco.

Pero todo lo que no sea reducir ruido es incrementarlo.

Y este contexto de guerra no es cualquier contexto. Si la oferta crea su propia demanda, la primera ha de analizar qué muestra, si aporta o es innecesario, si actúa para el bien, para el espectáculo o para el odio. Hay que realizar una reflexión ética sobre nuestro comportamiento, como individuos y como colectivo, en las redes sociales. Hay que analizar si queremos que la guerra y la catástrofe se sirvan y se consuman como espectáculo en televisión, como pasatiempo adictivo en las ya adictivas redes sociales o como tema como cualquier otro de conversación.

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