La injusticia social y sus principales víctimas, los niños, en gráficos

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La primera y más grave manifestación de la injusticia social es la escasa movilidad social, que muestra que la sociedad no da oportunidades a los hijos de los pobres: éstos se ven condenados a repetir agravada la historia de sus padres. 

 

Periódicamente, siguen publicándose informes sobre la situación social en el mundo, sobre pobreza y desigualdad. Pero ya no les hacemos tanto caso como antes. Estamos más pendientes de si los partidos políticos llegan a acuerdos para formar gobierno y no tengan que repetirse las elecciones. En cuanto a las materias de negociación de los pactos, la cuestión social parece estar también pasando a un segundo plano. Parecen ser más importantes que se formen ciertos grupos parlamentarios, que se produzcan ciertas cesiones de sillones, la construcción de estados o las cuestiones estéticas, desde la cabalgata de los Reyes Magos al nuevo y afortunadamente más plural Congreso de los Diputados. 

 

Pero pasemos a lo importante. Hoy mismo Oxfam Intermon publica un informe sobre la desigualdad global, que revela que, en 2015, sólo 62 personas poseían la misma riqueza que los 3.600 millones que componen la mitad más pobre de la humanidad. En 2010, eran 388 personas las que acaparaban los mismos recursos que el 50% de los habitantes de la tierra. Este ritmo de concentración de la riqueza es imparable. Si no se hace nada por evitarlo, claro, con políticas de redistribución interviniendo en el propio mercado con legislaciones laborales opuestas a las actuales, y con otras post-mercado, es decir, fiscales. Si hablamos de España, de acuerdo con Oxfam, el 1% de la población concentra más riqueza que el 80% más pobre. Y el patrimonio de las veinte fortunas más importantes de España creció un 15%, porcentaje que fue justo el de la merma de la riqueza del 99% restante. 

 

En el último mes se han conocido otras dos investigaciones que no hemos reseñado. Una es la realizada por Bertelsmann-Stiftung, sobre justicia social, que se dio a conocer hace unos días y la otra es la publicada a mediados de diciembre por la OCDE sobre desigualdad de ingresos. Partimos del primer informe, el de justicia social, e incorporamos alguna referencia del segundo, para tener una fotografía más completa de la situación, sobre todo en España.

 

España está, junto a Hungría, en el puesto 23 de 28 países en justicia social. Además, España es uno de los países en los que más ha bajado la justicia social desde 2008, de acuerdo con el informe, sólo por detrás de Grecia.

 

 

 

 

 

Una de las principales manifestaciones (o síntomas) de las deficiencias existentes en justicia social es la escasa movilidad social. En el gráfico bajo estas líneas se muestra de qué manera los jóvenes cuyos padres no terminaron la educación secundaria están infrarrepresentados en la educación universitaria, lo que indica que la desigualdad existente en el acceso a la educación persisten de una generación a otra. 

 

 

 

 

Bajo estas líneas, un gráfico que parece tener un error en el eje horizontal, pero que ayuda a entender que, a menor desigualdad, mayor movilidad social. Quizás se pueda leer también al revés: a mayor movilidad social, menor desigualdad. A mayor igualdad de oportunidades (real y efectiva), menor desigualdad.

 

El eje horizontal mide la desigualdad. El vertical, la movilildad social. Así las cosas, Dinamarca sería el país menos desigual y con mayor movilidad social, mientras que Estados Unidos sería el más desigual y tendría la más baja tasa de movilidad social. España se encontraría entre los países más desiguales y con menor desigualdad social. Pero hay países con mayor tasa de desigualdad que el nuestro y menor rigidez, como Nueva Zelanda o Canadá. 

 

 

 

 

Los dos últimos gráficos que acabamos de mostrar sugieren que uno de los principales problemas, una de las principales causas, donde se encuentra el origen de la injusticia social es en el modo en que las sociedades tratan a los niños y a los jóvenes, que parecen en la mayoría de sociedades occidentales condenados a repetir las historias de sus padres, y agravadas en el caso de los más pobres. Precisamente, en el gráfico bajo estas líneas vemos como España es uno de los países que peor se ha comportado en los últimos años en lo que se refiere a las oportunidades a niños y jóvenes. 

 

 

 

 

Ello tiene su reflejo en la tasa de riesgo de pobreza o exclusión social entre los niños y adolescentes entre 0 y 17 años, que en España roza el 36%, una de las más altas de Europa. La tasa de pobreza o exclusión social en la población general española es de un 29%, lo que implica que entre los niños y jóvenes se acentúa. 

 

 

 

 

Posiblemente, los niños sean las principales víctimas del crecimiento del número de personas que viven en hogares con bajísima tasa de empleo, algo especialmente sangrante en el caso, de nuevo, de países como España. 

 

 

 

 

Y también los niños sufren el aumento del número de trabajadores pobres, porque seguramente sean sus padres. 

 

 

 

 

Diagnosticado el problema, hay que poner soluciones. Aquí es donde deben entrar las políticas públicas. Pero mientras todo esto sucede, los partidos políticos, sobre todo aquéllos que prometieron corregir las desigualdades, continúan pensando en clave electoral. 

 

 

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