La playa

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Volví a una playa en la que no había estado nunca. A un océano con una marea que habría jurado que subía pero bajaba descubriéndome la nueva tierra. Volví un sábado, de verano, de un último verano que sabía a primer verano, a adolescencia, a infancia rescatada. Una playa del norte cuando no existía sur. Una playa como las de las películas, donde todo pasa en dos horas y la cortinilla del The end apaga las luces de la historia. Regresé a aquella playa que no conocía, con los pies descalzos, dispuesta a conquistar las olas de aquella marea cambiante. A pesar de las banderas rojas. A pesar de los pitidos de aquel hombre desde la tierra.

 

Y ahora, una semana después, frente a la luz eléctrica del ordenador, con la ciudad de nuevo al otro lado, sigo tumbada en aquella arena. Incapaz de regresar de ese sitio en el que quizá no estuve jamás. Congelada en una fotografía que alguien colgó en Instagram con un filtro donde se me ve sepia y feliz. Con las uñas clavadas en la tierra húmeda y golpeando los talones de los zapatos rojos de Dorothy mientras me repito: quiero estar lejos de casa, quiero estar lejos de casa.

 

Escribo a impulsos de rumor de mar. De olas movidas por una luna que no vi. De pulsaciones que no supe controlar. Como cuando me paso con las sustancias que las amigas llevan en el bolso con las monedas de cobre. Junto al carné de el corte inglés que tanto utilizan aunque jamás compran. Escribo porque es la única forma, ahora lo sé, que tengo de regresar a ese acantilado por el que me lancé sin siquiera saltar hacia delante. A esa copa que agonizaba como yo. A ese recuerdo.

 

Soy menos yo, porque una parte de mí se quedó allí, esperando que subiera la marea. Atrapada en un instante, como los instantes que te atrapan, que duran un instante y que después no vuelven. O sí. Eso espero ahora, aquí, frente a mi pantalla en blanco. Frente a este texto donde hoy no pondré mala leche, ni rencores, ni idioteces. Donde hoy no dejaré que venga la realidad a estropearme el titular. Donde no permitiré que deje de ser verano y el otoño me descubra que aquel lugar nunca existió y que en realidad no salí de la ciudad.