Las mentiras

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Tuve un compañero de trabajo que era un maestro de la mentira. Un prestidigitador de las versiones imposibles. En solo media hora podía matar a tres familiares, descubrirse una enfermedad aun sin bautizar y atraparse en un accidente de tráfico en cadena en la autopista. “Por eso no pude venir ayer a trabajar”, terminaba cada historia, bajando la cabeza, en un susurro. No le importaba que en sus pupilas todavía dilatadas pudieran perderse tres galaxias. O que le temblara aun el pulso y sudara vodka como un aspersor. Lanzaba sus mentiras a quemarropa, sin preocuparse en equiparar versiones al menos para aquellos que pocos minutos después hablarían entre sí y podrían compararlas. Tampoco sabía, claro, que mientras había estado desaparecido en combate, entre funerales, hospitales y accidentes infernales su padre había telefoneado a la oficina, muy preocupado, explicando que a su hijo algo malo debía haberle pasado, que llevaba tres días sin dar señales de vida y que había en su cuenta corriente sospechosos movimientos de 50 euros cada tres horas.

 

Lo bueno de la mentira es que agiliza el ingenio y alimenta la creatividad. Que frente a la incapacidad generalizada que tenemos para crear obras de arte, escribir novelas o componer canciones nos regodeamos en nuestra pequeña ficción y le vamos sacando punta. Una empieza con una mentira piadosa y al final se crece tanto y le va añadiendo tantos detalles y matices que no solo se la cree, sino que a partir de entonces se convierte en un recuerdo del pasado y en un punto de inflexión para el futuro. Lo hacemos siempre. Y no vale decir ahora que uno no miente por principios. Sin la mentira estaríamos perdidos. Desnudos. Desprotegidos. La mentira es la última frontera. El escudo bajo el cual ya late solo el corazón, indefenso y a merced de la espada con la que nos lo quieran atravesar.

 

Lo sabemos todos. Lo saben los que se enamoran y se desenamoran. Los que controlan la intensidad de la verdad para resistir la decadencia de la rutina. Los que firman un pacto de no agresión con la realidad porque saben que es la forma de evitar dolores innecesarios. Lo saben los que se autoengañan, en primera persona. Los que nos mentimos aun sabiendo que nos estamos mintiendo solo por el consuelo temporal. Por la tregua provisional que nos permitirá una mañana más volver a mirarnos en el espejo sin escupirnos. Y lo saben los políticos. Vaya si lo saben los políticos.

 

Me imagino ahora a nuestro presidente sentado a la mesa de la cena en Moncloa, con Marianito contando lo que ha hecho en el colegio. E inventando una historia de por qué he pegado a tal niño o por qué ha molestado a tal otra niña. Y me imagino a Mariano padre mirándole a los ojos, incapaz de decirle que le diga la verdad, que está mal inventarse las cosas y que no hay que pegar a los otros niños. Desde que los cuervos vuelan bajo por Génova la mentira no se cuestiona. Está ahí. Se acepta. Y se repite, una y otra vez, hasta que a la fuerza y con ayuda de algunos mensajeros se convierta en la verdad.

 

Me da pena Mariano. Mariano presidente y Mariano persona. Me decía hace poco uno de los hombres del presidente que no habla en público porque no quiere mentir. Me lo decía por esto de la crisis. Porque no quería salir y decirle a la gente que las cosas están putas sino que las cosas están bien. Pero como las cosas no están bien mejor callarse. Entonces era la realidad la que le desmentía. Frente a su vamos mejorando y ya hay luz allí al fondo de algún año las estadísticas le daban bofetadas con decimales. Ahora le pasa lo mismo. Le piden que nos explique todo esto de Bárcenas y los dineros del PP y lo de los sobres y nadie piensa en él, en Mariano, en el hombre. En la persona que sufre. En ese señor que sabe que no puede contar nada. Porque si dice la verdad entonces se inmola. Pero si miente entonces tiene al acecho a su tesorero dispuesto a darle la réplica. Como las estadísticas, pero desde la cárcel. Y frente a todo eso a él ni siquiera le queda el consuelo de haberse pasado, como mi compañero de trabajo, al menos tres noches de farra. A Mariano nadie querría quitarle lo bailao.