Los libros de 2021 (divididos por estaciones)

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La imagen cumple con invocar al Ciego, y enseña 3 de los mejores libros que trajo el 2021: Sensación térmica, Canción y Salvatierra (Foto del autor).

Invierno

Bajo la protección de Patti Smith: así empezó el año.

Con una especie de insomnio provocado por la lectura de Just Kids, tal vez la más hermosa historia de amor que se ha contado con el fondo de Nueva York.

Ahí están la precariedad, la música, las drogas, el sexo y el arte. El arte sobre todo porque si bien es la fortuna la que junta a Smith y a Mapplethorpe en una calle de Manhattan, es la pasión artística, esa otra forma de locura, la que los empareja para siempre.

2021 empezó con la contundencia de varias voces femeninas. Había sido invitado por Hablemos escritoras (el podcast que dirige Adriana Pacheco desde Texas) y nuestra conversación marcó el rumbo de las lecturas.

Retomé Sangre en el ojo, de Lina Meruane. Otra historia con Nueva York de fondo. En ella se mezclan la ambición artística con el desamparo de una escritora. Es una trama –por momentos truculenta– que incluye oftalmólogos y padres, raíces palestinas, chilenas, vida de inmigrante, desarraigo y prestigio intelectual.

No creo haber estado preparado para el bombazo que fue leer a Gabriela Cabezón Cámara y Las aventuras de la China Iron.

Había leído Martín Fierro, algunos años atrás. Cabezón Cámara, con gracia y enorme talento, recrea el universo de Fierro desde la visión de una mujer: una niña/madre a la que el gaucho ha dejado atrás.

Nos sumergimos en la historia de Iron: ella conoce a Liz, una inglesa en cuya compañía recorre las planicies incivilizadas de la Argentina. Con Liz, la China aprende del mundo. Se convierte en aventurera y en amante. Es una especie de Thelma y Louise ambientada en la pampa.

Ya metidos por completo en el mundo de la Iron, hace su aparición el autor de Fierro–un tal José Hernández: un terrateniente abusivo, un patán al que la trama de la novela le da su merecido. Y cuando aparece el viejo héroe Martín Fierro: ¡Ay, prepárense amantes de la gauchesca! Lo que hace Cabezón Cámera es literatura pura.

En el invierno llegó otra gran recomendación: Cometierra, de Dolores Reyes.

Gracias a la entrevista que le hace Pedro Mairal a Reyes, supe del rol de la escritora Selva Almada (de Entre Ríos) y el escritor Julián López (de Buenos Aires), en cuyos talleres Reyes fue forjando muchas de las escenas de esta novela inolvidable.

Hermosa novela de Julián López en la edición argentina (Eterna Cadencia).

En ese espítitu leí Una muchacha muy bella de López, una novela hermosa, cargada de imágenes poéticas en una prosa excepcional.

También leí Chicas muertas de Almada, una novela elaborada a partir de la reconstrucción literaria de cuatro femicidos en la provincia de Entre Ríos. El libro te remueve.

Selva Almada dice  que lo más terrible de las historias de violencia contra la mujer, es cuando nos percatamos que los criminales son seres humanos «normales» con los que tú creciste, fuiste al parque, viajaste al río: tu padre, tu hermano, tu tío.

Hay una imagen del libro que aún me persigue: Dos muchachas hacen dedo en la carretera. Intentan regresar a la ciudad. Un hombre, que podría ser el padre de ellas por su apariencia, las recoge del camino. La conversación dentro del auto se vuelve tensa. Hay avances, hay resistencia, hay odio, hay una nube de violencia. Cuando el hombre abre la puerta del auto para que las chicas se larguen, ellas salen temblando, se arrodillan al borde del camino y se abrazan, llorando. En ese llanto no solo está el pánico sino también la constatación de que ellas «han tenido suerte». Que no las han matado.

El último libro de Vera. Una mezcla entre el drama, el testimonio, el diario y la poesía, en la edición de SED (Miami).

Por aquellos días de 2021 en que ya se habían borrado los rastros de la nieve y las ardillas empezaban a saltar entre las ramas, aún sin hojas, de los árboles que rodean mi casa, me llegó un libro de poemas extraordinario: Los románticos eléctricos de Vera. Hernán Vera es un poeta y narrador argentino (también profesor, editor y crítico periodístico) radicado en Miami, y que forma parte del colectivo Suburbano.

Libro a libro, Vera ha edificado una obra importante. También leí hacia el final de 2021 Los hermosos, un libro que juega con la idea de los géneros: es drama, testimonio, fragmentos de diario. Tanto Los románticos eléctricos como Los hermosos se consiguen en los Estados Unidos. Valen la pena.

 

Primavera

Así llegó Canción, desde Madrid hasta Nueva York.

No sé si sería exagerado decir que desde que leí el primer libro de Eduardo Halfon ha mejorado mi relación con la literatura latinoamericana. Tal vez sí. En la práctica, eso significa que me apuro en leer los libros que publica. Tal vez porque todos ellos han sido felices experiencias: Saturno, Duelo, Monasterio, Biblioteca bizarra, El boxeador polaco.

Este año, anticipando la espera de la novela que llegaba desde España, me leí Signor Hoffman y, cuando llegó: Canción, lo más reciente del universo Halfon. Sé que estos libros han aparecido en muchos idiomas. Sin embargo, me hace feliz saber que puedo leerlo en el castellano original. Larga vida a Halfon.

Leí Mala lengua, el libro de Álvaro Bisama sobre el poeta Pablo de Rokha. También Historia personal de Chile de Rafael Gumucio. Ambos libros me prepararon (porque la literatura chilena y los vaivenes de su política en el siglo 20 eran apenas una lista de nombres inconexos antes de leerlos) para la lectura de una novelaza: Poeta chileno de Alejandro Zambra.

En la novela Zambra aborda temas como la paternidad, la ambición literaria y la vida en pareja. Tiene una trama fluída, con personajes bien construidos. Uno se engancha con ellos y –si bien es un libro extenso–uno lamenta que el libro se termine.

El libro es un homenaje a los posters de las películas más importantes de la historia del cine.

Este 2021 hubiera sido menos divertido sino hubiera entrado en él Liniers. Él es el autor de Macanudo pero también de la magnífica novela gráfica: Posters. Un libro interesantísimo, mezcla de novela de aventuras con homenaje al cine y a la literatura fantástica, que también se encuentra en España publicado en Anagrama.

También leí de Liniers (además de varios Macanudos) Cosas que te pasan si estás vivo y el diario del Mundial de 2014: Se convirtieron en Héroes. Todos los libros de Liniers son  recomendables.

Gracias al podcast de Liniers con Roberto Montt (La vida es increíble), llegué a las viñetas de Tute , al historierista mexicano Bef, y a una alucinante novela gráfica, adaptación del chileno Demetrio Babul: La narración de Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe.

Verano

El primer tomo de Los Viernes, recopilación de las crónicas literarias que escribía Juan Forn para Página 12.

El verano fue tomado por el universo de Juan Forn. A partir de la lectura de Los Viernes, el resto del año cargó con toda su influencia.

Me gustó Nadar de noche. Sin embargo, en Los Viernes, creo que está el gran legado de Forn.

Leí los dos primeros tomos (son cuatro)y escuché varias de sus entrevistas. Fue por Forn que me acerqué a las Translations from the Chinese de Arthur Waley, a los textos de Nina Berberova: The Italics Are Mine, al formidable My Past and Thoughts de Alexander Herzen, a los textos de Robert Walser (The Walk, publicado en castellano como El paseo) y a The Writer’s Notebook de Somerset Maugham.

Los textos de Los Viernes desembocaron en una extensa temporada de lectura con La montaña mágica de Thomas Mann. Qué gran experiencia. Es un libro enorme pero (tal vez no necesitaba decirlo): de lectura imprescindible. De esas novelas que uno se lamenta de no haber leído mucho antes.

Por influencia de Forn también me puse a leer una novela que tenía pendiente hacía años: Atonement de Ian McEwan. Fascinante. Después de leerla me puse a ver la película, pero–a no ser por la actuación impecable de la aún niña Saoirse Ronan –es un filme prescindible. El libro no. Ese es esencial.

Otro autor que llegó en el verano, complementario a la lectura de Forn, fue John Cheever. El autor neoyorquino aparece por todas partes: en páginas de Los Viernes y en muchas entrevistas a Forn. Lo había traducido, lo había amado, lo había copiado.

Cheever vivió a unos pocos kilómetros de donde yo vivo, en el pueblo deOssining, donde su nombre luce a la entrada de la biblioteca pública. Yo nunca le había dado tiempo. Sospeché que había sido un error. Empecé a leer el pesado volumen de The Stories of John Cheever. Ahora entiendo muy bien la adicción de Forn. Es imposible leer esos cuentos sin volverse fan.

Salvatierra se lee muy bien a pleno sol y frente al mar.

A mediados del verano leí una novela excepcional: Salvatierra de Pedro Mairal.

La novela fue publicada en 2008 pero es difícil de conseguir en los Estados Unidos. Una fotógrafa amiga me hizo el favor de traerlo desde Madrid, en la hermosa edición de Libros del Asteroide (ya dije antes en este blog cómo encontré mi primera novela de Mairal: una conjunción de afortunadas casualidades).

Acá un resumen de Salvatierra en dos líneas: Un libro breve e intenso. Un novelón magnífico, un poema en prosa. Qué buen manejo del idioma, de los tiempos, de los ritmos.

Gracias a Mairal, a uno de sus talleres vía Zoom, llegué también a Guadalupe Nettel y a una novela espectacular: El cuerpo en que nací.

Qué capacidad para recrear una historia que tiene que ver con la vergüenza de la propia discapacidad, con la familia que se desintegra, del padre (y la madre) que decepcionan en su rol, con los recuerdos tristes, angustiantes, que nos marcan para siempre. Este es un libro esencial. Tal vez emparejado con Huaco retrato de Gabriela Wiener, la novela/testimonio/denuncia de la escritora peruana, que me acompañó hasta la Nochebuena.

El libro de Wiener y el de Nettel están unidos por el poder de la confesión en la literatura. La escritora mexicana dejó un consejo poderoso en ese taller: «Escribe los recuerdos que no le has contado a nadie. Escríbelos pensando que nadie los va a leer. Y luego, si quieres, quémalos«. Nettel no los quemó. De esas autoconfesiones vergonzantes salió El cuerpo en que nací. Ya metidos con Nettel, les recomiendo uno de los mejores libros de cuentos que leí este año: El matrimonio de los peces rojos. Y de Wiener: Dicen de mí, Llamadas perdidas y los poemas Ejercicios para el endurecimiento del espíritu (que publicó la editorial La Bella Varsovia).

Dos poemarios fascinantes que leí al final del verano. Uno de ellos es Symbol de Róger Santiváñez: poemas escritos en Lima, aún joven, cuando el poeta peruano hoy radicado en Pensilvania ansiaba llegar a la poesía por el mismo camino que Rimbaud. Cuando la poesía y la droga (el pastel) eran todo su universo.

Leí también Ciudad Satélite, reedición de un poemario del poeta peruano radicado en Maine, Carlos Villacorta Gonzales. Entre los poemas de Santiváñez, Villacorta, Mateo Díaz y Ethel Barja (Gravitaciones, Insomnio Vocal), todos radicados en los Estados Unidos, me parece que hay una fuerza renovadora de la poesía peruana, que lamentablemente se escribe muy alejada (si bien virtualmente «cercana») a ese país.

Otoño

Leer este libro como abrir las páginas de un álbum de fotos muy íntimo. (Foto tomada de la web Mujeres que leen).

Qué estación provechosa.

Mientras empezaba a enfriarse el mundo (aunque tuvimos un otoño bastante placentero) y comenzaba otra vez la rutina del dictado de clases, Mariana Enríquez me llevó a la Argentina de las Ocampo, de Bioy Casares y de Borges. Pero sobre todo a la de Silvina Ocampo, La hermana menor.

Leer esta biografía es como abrir un álbum de fotos muy íntimo. Enríquez persigue todos los testimonios y los presenta juntos, así sean contradictorios entre ellos. Hay chismes no resueltos (que si se acostaba o no con la prima, si era bisexual, si engañaba a Bioy, si Bioy se acostaba con la prima, si Silvina vivía enamorada de Alejandra Pizarnik, si era tacaña, si no sabía cocinar, si odiaba a su hermana Victoria). También es una notable guía para acercarse a la obra de Silvina: a esos cuentos que se resisten a ser clasificados en un solo género, a las historias que asombraban y espantaban al mismo tiempo al amigo Jorge Luis Borges. El libro está muy bien escrito por Enríquez, y editado bajo la tutela de Leila Guerriero.

Oswaldo Estrada es el autor de Las guerras perdidas y Las locas ilusiones.

En estos meses también me tocó leer a un escritor peruano afincado en Carolina del Norte. Oswaldo Estrada publicó en 2021 un libro de cuentos excepcional (es terrible lo poco que se conoce en España de la literatura escrita en castellano en los Estados Unidos pero acá les va un título magnífico: Las guerras perdidas, de Oswaldo Estrada.) Estrada consigue un conjunto de cuentos rico en imágenes y situaciones conmovedoras. Están escritos con una prosa muy limpia y precisa. El autor se ha demorado más de una década en escribirlos y mandarlos a la imprenta.

(Nota aparte: Tuve que presentar a Estrada en un evento de su editorial y pasé por la angustia de los amigos de escritores: el «¿y si no me gusta, qué digo?» que tortura a los presentadores honestos (entre los cuales creo estar). El libro no solo me gustó sino que me empujó a leer otros del mismo autor, como Las locas ilusiones: cuentos que se acercan a historias de inmigrantes, y cuyo título juega con la letra de un conocido vals sobre la migración desde las ciudades de la sierra peruana: Las locas ilusiones me sacaron de mi pueblo/Abandoné mi casa para ver la capital).

Ya bien avanzado el otoño, con las hojas cayéndose y el frio deslizándose debajo las puertas, leí un libro magnífico de Jaime Rodrígez Z. –un peruano afincado en España (alguna vez editor de la Revista Quimera y fundador de la editorial Esto no es Berlín): Solo quedamos nosotros es una colección de textos que tocan temas como la masculinidad tóxica, las convenciones de género, la familia, las relaciones de pareja. Con escenas cotidianas, con testimonios–como la experiencia de ser llevado a un hospital, enfermo de Covid, durante el momento más crítico de la pandemia en Madrid– y la exploración de obsesiones y traumas del autor. Jaime Rodríguez consigue un libro que, siendo breve, es muy intenso y fascinante.

Portada del libro de Jaime Rodríguez Z: una mirada a la masculinidad tóxica.

Invierno (otra vez)

Sospecho que el texto se te está haciendo un poco largo, lector. A mí también. No creí que podría escribir tanto sobre mis lecturas del año. Ahora no sé si estoy capacitado para hacerle el honor a los libros que leí en las últimas semanas (porque no sé si he procesado aún su valor, y porque este listado me está dejando agotado). Pero ahí voy:

Había empezado a leer Las maravillas de Elena Medel hace muchos meses. Siento que esta novela se merecía una lectura menos entrecortada. No sé cómo hace Medel para meterle un tono de gran poema épico a sus imágenes de mujeres enfrentadas contra la precariedad capitalista. Es una sola historia contada desde muchos frentes: la hija, la madre, la esposa, la trabajadora, la compañera de lucha. Ahí están todas, en una panorámica de la realidad que ven las mujeres de España que a Medel le importan. Esas que siguen poniendo el hombro porque sino el sistema se las traga. Es una gran novela (a la que le debo una relectura).

Postal con la foto de César Calvo, parte de la caja de lujo editada por Lustra Ediciones con la obra del poeta.

César Calvo llegó este año desde Lima, en una caja fascinante de Ediciones Lustra que incluye un poema a dos manos con Javier Heraud, postales, cartas, traducciones, Aquel bello pariente de los pájaros (Antología 1960-2000) y Variaciones rumanas.

(Desde que llegó –gracias a Victor Ruiz Velazco y a una amiga que se la trajo desde Lima camino a París–la postal con la foto en blanco y negro de Calvo ha estado sobre la mesa de noche. Sus poemas sospecho que seguirán hablándome el 2022 y más allá. Todo aquel que ame la poesía debería de procurarse una caja como ésta.)

Natalia Mardero es una narradora uruguaya que fraguó en 2014 una novela hermosa: Cordón Soho. Un cuadro de época sobre las tribulaciones de un grupo de jóvenes noventeros en las calles de Montevideo: el amor, la precariedad, los bares, la amistad. Todo lo que vale la pena de haber vivido con un grupo de gente que te quiso, está aquí. Es una lectura que recomiendo mucho.

La otra escritora uruguaya que he estado leyendo –pero que no puedo recomendar porque aún no termino su libro (mea culpa)– es Fernanda Trías y Mugre Rosa.

No sé por qué. Tal vez porque la pandemia me hace buscar libros que me alejen de la asfixia que es vivir en ese mundo que se desbarata con tanto ruido en la novela de Trías. El libro sigue en la mesa de noche. Poco a poco lo sigo leyendo, con interrupciones que espero que Fernanda–querida amiga, flamante ganadora del Premio Sor Juana– sabrá perdonar. Estoy seguro que el libro estará entre mis mejores lecturas de 2022.

Leí también entre fines del otoño y principios del invierno, un novelón ambientado en los años 90s en el Perú: La furia del silencio, del peruano, afincado en España, Carlos Dávalos. Le dediqué todo un post (porque lo vale) así que lo dejo ahí. También terminé una novela que me interesaba bastante pero que había dejado pendiente desde principios de 2021: Confesión de Martín Kohan.

Hay que leer todo lo que publica Kohan. En sus libros existe una obsesión por sorprender, por descolocar al lector, que se agradece. Además Kohan es hincha de Boca Juniors (puede perder una hora entera con tal de mirar un gol de Boca en la tele) y escribe siempre en bares con mucha gente y ruido. Tengo que leer varios libros de él en el 2022, empezando con la novela Bahía Blanca.

Así llegaba desde España la nueva novela de Mayte López.

Termino este recuento con la que ha sido, a mi parecer, una de las lecturas más placenteras y agradables de este año. Se venía anunciando por las redes hace unos cuantos meses. Había mucha expectativa y –como bien saben los lectores–mucha expectativa no siempre es buena. En este caso, la lectura de Sensación térmica, sí que supera todo lo que este lector esperaba.

Es notable lo que consigue hacer Mayte López con estos personajes que se apoyan en sus propias experiencias como escritora, como estudiante, como migrante lationamericana en Nueva York. López tiene un magnífico sentido del humor que se mezcla con su notable capacidad para reproducir el habla de sus personajes (como bien nos recuerda en la contratapa el querido Antonio Muñoz Molina, que fue su profesor en el MFA de la Universidad de Nueva York.) No dejen pasar mucho tiempo sin leer Sensación térmica. Les prometo que la van a pasar muy bien.

 

Terminemos

Hace poco tomé la foto de un camino sobre la arena. Es de una playa al final de Long Island, una franja de tierra que los locales llaman Gerard’s Drive. En mi foto se ven las huellas de las llantas batallando por no quedarse atascadas, por llegar. Así lo he sentido a este 2021: duro, con baches, incierto. Difícil.

Es cierto que comparado con 2020 fue un año de más aire puro. Y de buenos libros.

Lamento que algunos de ellos ni siquiera los he podido empezar. Ahí está Walser, Brescia, Almada, Harwicz, Zapata, Marías. También esa edición de lujo que me llegó en el verano, que pretendía devorar antes de que llegara el frío: Danubio de Claudio Magris.

Supongo que ya vendrá su tiempo.

Feliz año nuevo.

Postdata: La revista de Barcelona Pliego Suelto, me invitó a participar, junto a otra veintena de lectores (autores, editores) en esta compilación de lbros favoritos del 2021. A ver si les gusta.

 

 

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