Los números del alma

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Hace una semana, me sorprendí habiéndome olvidado de cuánto me había gustado la película dirigida por Iñárritu en 2003, 21 gramos. En 2003 yo tenía 18 años, y entonces me peleaba por distinguir entre el gozo y la sorpresa. 21 gramos me había sorprendido: el alma, mi alma, pesa 21 gramos. Alucinante. De no haber sabido su peso, tampoco me hubiese preocupado el saber si la tenía o no, sinceramente. También me podría poner en plan niña nube y preguntarme qué es el ama, pero ahí sucumbiría al placer y hoy no toca.

De la misma forma que de no saber cuántas células hay rondando en cada uno de nosotros, tampoco nos impresionaría saber cuánto implica el que algo, en alguna de ellas vaya mal.  Pues hay 37 billones de células distintas aproximadamente dentro de cada uno de nosotros. La suerte está echada. Y la genética, atenta.

Desde la SEOM (Sociedad Española de Oncología Médica), indican que las estimaciones poblacionales en cuanto al número de casos nuevos de cáncer aumentará en las dos próximas décadas, alcanzando los 29,5 millones en 2040. Los tumores fueron la primera causa de muerte en los grupos de edad de entre 1 y 14 años (30,2%) y entre 40 y 79 años (44,3%) en este último año.

Datos. Números que hospedan conciencias. Los 21 gramos que pesa mi alma. Una de los billones de células en las que se sortea mi vida. 29,5 millones de casos entre los que estaré o no. Los porcentajes. Las incidencias, las prevalencias. La vida.

¿En qué se mide la vida? ¿Cuál es la clave para medir el impacto de una sonrisa en una curación? ¿El coraje ante un diagnóstico? ¿Cuánto pesa un abrazo en alguien que no sabe pedirlo? ¿Cuántos minutos dura un silencio ante una mala noticia? ¿Qué tiempo debe transcurrir entre un diagnóstico y una acción determinante?

Quizás, entre células y pronósticos, es la vida en sí misma la que marca los tiempos. Probablemente los mida en mareas, en lunas. En familias. En amigos. En parejas. En goles. En futuros. En todas las lágrimas que evitamos por el exclusivo atrevimiento de haber aprendido a sorprender. De haber entendido que en 21 gramos cabe toda la felicidad que podemos regalar a los que en algún momento se ven rendidos a la sorpresa y no al placer.

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Iria Miguens
Salitre y morriña. Mujer desde 1985, feminista desde que no está penado. Vivo en Madrid, siempre en Galicia. Médica desde que Santiago de Compostela, celebrándolo con lluvia, me invitó a Vigo. Y de Vigo al cielo, o a Madrid. Se aprende a leer cuando duele llorar. Nos vemos en todos los libros, en los teatros, en las pinturas, en el amparo del desasosiego de un folio en blanco. En lo miserable que haya en los párrafos de Loriga, en la prosa de Ferlosio, que lima el ego. En un Servicio de Urgencias de la Sanidad Pública, cómo no. No se necesitan escudos en las guerras de flores, me gustan las margaritas. Sangran sonrisas cuando la primavera llora sus primeros días. Lloran silencios cuando la indiferencia alumbra injusticia. Abrigada por la belleza del arte en la inocencia, en lo imposible.

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