Parar es ganar

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En El oficio de vivir, Pavese advertía del precio del lujo, sin probablemente haber sufrido en los 50 la devastadora debacle de una sociedad que lo ha convertido en necesidad. Soledad, suicidio, amor, fascismo, el paso del tiempo. Temas centrales en su diario, se han convertido en los protagonistas de nuestros tabúes.

Cuando más necesario se ha hecho pensar en todo ello mayor es el precio de pararse a hacerlo. Estamos en los años en los que la soledad aprieta y ahoga, el suicidio es un drama del que empezamos a hablar, el amor se replantea en función de condicionantes externos, y el fascismo ha vuelto. El tiempo pasa, y más rápido. La vida pega zarpazos a diario para recordarnos que estamos aquí de paso, y se ha convertido en un lujo el decidir cómo queremos pasar. ¿El mayor de los lujos ? El hecho de parar.

La rapidez se ha convertido en grandiosidad, la eficiencia se mide en tiempo, y el amor en beneficios. La asquerosidad sigue sin tener medida y probablemente por eso nos hemos convertido en lo que somos: parásitos. Parásitos no lejos de los de Bong Joon-ho, que buscando necesidades las han transformado en lujos también.

Probablemente es esa medida equivocada de las cosas la que no nos permite frustrarnos, retroceder, caer. Y duele, claro qué duele, y me parece de aplauso fácil el decir que hemos de levantarnos, cuando se asume el éxito de la incorporación en tiempo y sonrisa.

A veces y con los años de forma más constante la vida nos revienta hasta que el golpe ya deja de doler. Ese momento en el que la pena no es llanto, ni rencor, ni ingurgitación venosa. Ese momento en el que pesa el alma, los pies, la luz. En el que los minutos no se miden porque ya no hay escala que los incluya. Donde se compone, se llora, se escribe. Se bebe y se baila. Y se sonríe. Escondidos en el ansiolítico del siglo XXI, el que pase ya, se convierte en nuestro mejor aliado. El dolor hay que sufrirlo, son las reglas de este juego, y para eso se necesita algo imprescindible: tiempo.

No convirtamos en lujo las necesidades, no convirtamos el olor del chófer Kim en el perfume de nuestras vidas. La vida huele a todo lo que es sereno, aunque nos hayamos alejado tanto que sólo la muerte, el amor o la frustración, nos acerquen a ello. El tiempo no se compra, pero lo estamos regalando a quién no se lo merece.

 

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Iria Miguens
Salitre y morriña. Mujer desde 1985, feminista desde que no está penado. Vivo en Madrid, siempre en Galicia. Médica desde que Santiago de Compostela, celebrándolo con lluvia, me invitó a Vigo. Y de Vigo al cielo, o a Madrid. Se aprende a leer cuando duele llorar. Nos vemos en todos los libros, en los teatros, en las pinturas, en el amparo del desasosiego de un folio en blanco. En lo miserable que haya en los párrafos de Loriga, en la prosa de Ferlosio, que lima el ego. En un Servicio de Urgencias de la Sanidad Pública, cómo no. No se necesitan escudos en las guerras de flores, me gustan las margaritas. Sangran sonrisas cuando la primavera llora sus primeros días. Lloran silencios cuando la indiferencia alumbra injusticia. Abrigada por la belleza del arte en la inocencia, en lo imposible.

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