Los que sobran o la política de la destrucción

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Las medidas que se pusieron en marcha para, en teoría, facilitar la creación de empleo no están funcionando. Ello invita a pensar que la recuperación será sin empleo, que las políticas se han puesto al servicio de la destrucción de la riqueza representada por nosotros mismos y que, por tanto, muchos humanos sobramos. 

 

Aunque estén todavía muy descontentos, se está haciendo política para hacerles más fácil la vida. Nos han convencido de que si a ellos les va bien, a los demás nos ocurrirá lo mismo. Porque también nos han persuadido de que son ellos los responsables de la creación de riqueza. Gracias por todo, CEOE, Cepyme. Porque sí, hablamos de los empresarios.

 

Las reformas laborales, no sólo la última, sino todas y cada una de las que se han realizado en los 35 años de democracia, se han realizado para favorecer a los empresarios: todas han ido dándoles poder en contra de los trabajadores. Las que se han realizado en los últimos años de crisis han sido el remate, por la reducción de la indemnización por despido y el aumento de los supuestos que justifican los que se realizan por causas económicas y, por tanto, conllevan una menor indemnización. También por la invalidación de los convenios colectivos y, casi, también, del Estatuto de los Trabajadores.

 

Se supone que, con todas estas medidas, se han eliminado las trabas para que los empresarios contraten. Pero ni por ésas.

 

Pese a la machacona propaganda según la que las instituciones deben ponérselo fácil a las empresas para que puedan contratar, porque son las que generan empleo, aun accediendo a prácticamente sin demandas siguen sin crear puestos de trabajo.

 

Que conste que nosotros pensamos que seguimos en crisis. Son ellos los que dicen que el dinero está entrando en España a montones y que hay síntomas más que evidentes de que la economía comienza a despegar. Pero, entonces, si tienen un marco legislativo más acorde con sus intereses y la situación económica mejora, ¿por qué no crean puestos de trabajo?

 

Menos ocupados, menos afiliados a la Seguridad Social

 

La última EPA, pese a quien pese, ha sido para llorar. Como las de los últimos seis años. Que no nos engañen. El indicador que de manera más precisa nos muestra cómo se comporta el mercado de trabajo es el que mide el números de ocupados, el número de personas que están trabajando. Aquí pueden ver los datos. Destacaré algunos: en el cuarto trimestre de 2013, había 16,758 millones de ocupados. Un año antes, 16,957 millones. El número de personas con un puesto de trabajo era prácticamente un millón superior a esa cifra en diciembre de 2011. En diciembre de 2010, de 18,408 millones. En el tercer trimestre de 2007, cuando el número de trabajadores en activo alcanzó máximos, ascendía a 20,510 millones de personas.

 

También podemos echar un vistazo a las estadísticas de la Seguridad Social. El número de afiliados a la Seguridad Social ha pasado desde los 14,885 millones en mayo de 2008 a los 12,029 millones de diciembre de 2013, aunque sí es cierto que en la pasada primavera este número se encontraba por debajo de los 12 millones.

 

Los empresarios no contratan pese a saber que, cuando haya otra crisis y tengan que despedir, apenas les costará dinero. Y tampoco pese a tener constancia de que los salarios que tendrían que pagar a los trabajadores que contrataran podrían ser, directamente, de miseria. Los antiguos 1.000 euros son ahora 600. Somos mansos y trabajamos por lo que nos den. 

 

Y eso que llega la recuperación. Pero sólo la de los beneficios empresariales. Los informes de numerosos bancos de inversión afirman, sin cortarse, que dado que los costes laborales se han reducido muchísimo, cualquier mejora en las ventas se traducirá, directamente, en un aumento de las ganancias.

 

En España, creemos, que más que en ningún lugar, a tenor del gráfico siguiente:

 

Evolución de los costes laborales unitarios

 

No hay ninguna esperanza en que España vaya a volver a crear empleo. Ni el propio Gobierno la tiene. La patronal se ha tomado la elevación de las cotizaciones sociales como una puñalada trapera del PP. Pero el Gobierno no puede hacer otra cosa: la Seguridad Social necesita dinero y, como no se esperan nuevos cotizantes, habrá que subir las tasas que pesan sobre los trabajadores aún en activo. Es un mal síntoma: el Gobierno no espera creación de empleo. Pero, si nos queremos poner un poco optimistas, también podemos interpretar de este movimiento que no habrá mucha mayor destrucción de empleo. La crisis del mercado de trabajo está haciendo suelo.

 

Puede que nos equivoquemos y que sí se cree empleo, aunque muy lentamente. Y en las condiciones de las que alertó hace unos días la propia Comisión Europea y que nosotros contábamos aquí hace unos meses: tener un trabajo no será garantía de una vida digna.

 

Una política destructora de riqueza

 

Parece que ayudar a los empresarios a que les fuera más fácil despedir y contratar no está funcionando. La política aplicada no ayuda a crear riqueza, sino a destruirla. A corto plazo, puede que el capital gane más dinero, que sus beneficios se disparen, que cada vez se lleve más parte de la tarta del PIB. A corto plazo, pues, las políticas pueden ayudarles a hacerse ricos a costa de aquéllos a los que cada vez pagan menos o de aquéllos que cada vez tienen que trabajar más por lo mismo. Ésta es otra forma de exponer el incremento de las desigualdades que hace unos días ponía de manifiesto en el enésimo informe publicado de este tipo, en esta ocasión, por Intermon-Oxfam. Quiso hacerlo coincidiendo justo con la reunión de Davos. Pero allí, en Suiza, estaban a otra cosa, claro.

 

A medio y a largo plazo las medidas adoptadas y su propia actitud son destructoras de riqueza: menos gente trabajando es menos gente consumiendo y esta dinámica mete presión deflacionista a la economía, es decir, que las cosas cada vez valgan menos. No es por casualidad que veamos que el IPC lleva ya varios meses tendiendo a cero o, incluso, cayendo a cifras negativas.

 

Y, al margen de indicadores económicos, una sociedad más desigual, que es la que están empeñados en construir, es una sociedad más pobre. Un grupo humano que ha escogido un modo de organización que desposee a un número cada vez más numeroso de sus miembros, se va descapitalizando y se condena a desaparecer. Un pueblo que renuncia a los instrumentos que había construido para difuminar las desigualdades de partida es un pueblo que va perdiendo músculo.

 

Volvamos a la idea de que ya no hay esperanza en la creación de empleos o, al menos, no de ésos a los que antes llamábamos empleos. Implícitamente, estamos diciendo que hay gente que sobra. Y no sólo en el mundo laboral. Porque en esta sociedad lo que integra es el trabajo, el salario y el consumo que éste permite.

 

El sociólogo Zygmunt Bauman, que va a parar por Madrid los próximos días para presentar un libro, lo cuenta muy bien en un libro de hace más de quince años, de 1997, La posmodernidad y sus descontentos.

 

Los parados ya no forman el ejército de reserva de la fuerza de trabajo

 

“Los ‘parados’ eran el ‘ejército de reserva de la fuerza de trabajo’. Temporalmente en paro por motivos de salud, flaqueza o dificultades económicas del momento, había que prepararlos para que se reincorporaran al mercado de trabajo en cuanto se recuperaran, y prepararlos constituía, por lo general, el cometido reconocido y el compromiso explícito o tácito de las fuerzas políticas. Las cosas ya no son así (…) Los parados han dejado de ser un ‘ejército de reserva de la fuerza de trabajo’. Los repuntes económicos ya no indican el fin del desempleo (…). Pocos de nosotros recordamos hoy en día que el Estado del bienestar se concibió originalmente como una herramienta esgrimida por el Estado para volver a preparar y poner en forma a los que temporalmente habían dejado de estar sanos y preparados y para alentar a los que estaban sanos y preparados para que se esforzaran más, guardándolos del miedo de perder su salud y su preparación en el proceso… Las dotaciones asistenciales se consideraban entonces como una red de seguridad, tendida por la comunidad en su conjunto bajo cada uno de sus miembros, que dotaba a todo el mundo del valor para enfrentarse al reto de la vida (…) La comunidad se encargaba de garantizar que los desempleados dispusieran de salud y habilidades suficientes como para volver a conseguir un empleo y de asegurarles contra los contratiempos y vicisitudes transitorios de los altibajos de la fortuna”.

 

Pero las cosas han cambiado:

 

“Hoy en día, con un sector creciente de la población con nulas probabilidades de reincorporarse a la producción y, por consiguiente, carente de interés alguno, presente o futuro, para los que dirigen la economía, el margen ya no es marginal y el desplome del interés del capital hacia él hace que parezca aún menos marginal -más grande y más desagradable y molesto- de lo que es”.

 

Ésta idea es la que está detrás, dice Bauman, de la frase de moda: “¿Estado del bienestar? Ya no podemos permitírnoslo…”.

 

El Estado del bienestar, según cuenta Bauman, se creó para pagar los pecados de la economía capitalista y del mercado. Porque el capitalismo nunca ha podido mantenerse sin acarrear enormes costes sociales y tenía la obligación moral de hacerse cargo de ellos. La desaparición del Estado del bienestar implica que ahora es a las víctimas a las que se responsabiliza de las externalidades negativas que sufren por culpa del sistema capitalista:

 

“Nada queda del aseguramiento colectivo contra el riesgo; la tarea de hacer frente a los riesgos producidos colectivamente se ha privatizado”.

 

Aunque, antes de su desaparición total, el Estado del bienestar muta para justificar su desaparición. Así lo explica Bauman:

 

“Las dotaciones asistenciales han pasado de ser un ejercicio de derechos ciudadanos a convertirse en el estigma de los impotentes y de los incautos. ‘Dirigidas hacia los que las necesitan’, sujetas a inspecciones cada vez más estrictas y humillantes, vilipendiadas por constituir una sangría sobre el ‘dinero de los contribuyentes’, asociadas en la opinión pública con el parasitismo, la negligencia censurable (…), se convierten cada vez más en la versión contemporánea del precio del pecado; y un precio del pecado que no sólo ‘no podemos permitirnos’, sino para el que no existen razones morales en virtud de las cuales deberíamos intentarlo”.

 

No hay razones morales para rescatar a nadie y tampoco razones prácticas:

 

“No son el ‘ejército de reserva de la fuerza de trabajo’, sino, plena y verdaderamente, la ‘población sobrante’”.

 

«Los pobres de hoy en día (…) no son de ninguna utilidad para los mercados orientados al consumo (…) Los pobres de hoy en día ya no son el ‘pueblo explotado’ que producía el excedente que posteriormente había de transformarse en capital (…) Económicamente hablando (….), constituyen absoluta y verdaderamente algo que está de más, que resulta inservible, desechable, y no hay ninguna ‘razón racional’ que justifique la continuidad de su presencia… La única respuesta racional ante esta presencia es el esfuerzo sistemático por excluirlos de la sociedad ‘normal’, es decir, de la sociedad que se reproduce a través del juego entre la oferta de consumo y la elección del consumidor, mediado por la atracción y la seducción»

 

Bauman va más allá:

 

“Hay pruebas abrumadoras del estrecho nexo entre la tendencia universal hacia una libertad radical del mercado y el progresivo desmantelamiento del Estado del bienestar, así como entre la descomposición del Estado del bienestar y la tendencia a criminalizar la pobreza”.

 

Sí, criminalizar la pobreza: ése es el paso siguiente

 

“La criminalización parece estar presentándose como principal sustituto en la sociedad de consumo de las dotaciones del Estado del bienestar, que están desapareciendo a marchas forzadas (…) El ‘problema’ de los pobres se replantea como cuestión de orden público y los fondos sociales, en otro tiempo destinados a la rehabilitación de personas temporalmente desempleadas pasan a inyectarse en la construcción y en la modernización tecnológica de las prisiones y de otras unidades de castigo y vigilancia”.

 

Es coherente la estrategia: se desmonta el Estado del bienestar porque se hace responsable a la gente de los fallos inherentes al sistema y, por tanto, hay que fortalecer los instrumentos que el poder tiene para castigarles por sus pecados. El Estado tiene que ser débil y fuerte a la vez. Tiene que ser pequeño e implacable represor. Por eso hay que recuperar el concepto neo-con.

 

“Algunos observadores sugieren que el encarcelamiento de grandes masas de la población, las escalofriantes historias acerca del engrosamiento de las listas de espera del corredor de la muerte y el deterioro deliberado y sistemático de las condiciones en el interior de las presiones se despliegan como principales medios de ‘amedrentamiento’ de la infraclase, ahora presentada a la opinión pública como enemigo número uno de la seguridad pública y como sangría sobre los recursos públicos (…) El control y, con él, la criminalización indirecta de los ‘pobres gobales’ constituye otro acompañamiento necesario de la creciente desigualdad”.

 

Bauman, en las líneas anteriores, habla de la deriva en la que entró Estados Unidos a partir de mediados de los años setenta. Espera que en Europa no llegue a reproducirla, pero hay síntomas cada vez más claros de que va a ser así. Aunque de momento sólo están en los discursos que escuchamos.

 

Y, en esta situación de creciente desigualdad social, pobreza, criminalización… ¿por qué no se produce una rebelión de las de verdad?

 

“El hecho de que esto no suceda da quizá fe de la eficacia de las estrategias combinadas de exclusión, criminalización y brutalización de los estratos potencialmente ‘problemáticos’”.