«Madre mía, mira qué barbaridad ha dicho»

Tenemos que comenzar a reflexionar sobre cómo los medios informan de los exabruptos a los que cada vez más frecuentemente asistimos: su forma de tratar la información puede ser contraproducente por incentivar que se reproduzcan tanto en la política como en la sociedad

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Escandalizados. Así estamos continuamente. «Madre mía, mira lo que ha dicho nada menos que en la tribuna parlamentaria; mira lo que ha tuiteado, además. Es intolerable. Qué toxicidad. Qué lenguaje. Qué insultos». ¿Qué día hay que no digamos o escuchemos estas palabras o parecidas?

Es un escándalo que nos distrae de lo importante: nos quedamos con las palabras provocadoras pero dejamos de analizar las dinámicas de por qué se dicen, de por qué se reproducen y, sobre todo, los efectos que pueden ocasionar en la sociedad. Y además, la fuente de tal escándalo no está donde debería: la política ha usurpado a las artes esa sana provocación que siempre les ha llevado a algunos a taparse los ojos, a santiguarse, a animar a la censura y hasta a la destrucción de obras y artistas, aunque las más de las veces los saltos artísticos que daban vértigo y suscitaban rechazo han sido los generadores o el reflejo de saltos intelectuales de la humanidad o, cuanto menos, el termómetro del estado del mundo. Pero ahora ya no nos hacen falta las artes, porque ya tenemos el periodismo de declaraciones, que actúa de altavoz de los exabruptos.

Los “dos puntos, comillas” constituyen un privilegio que se concede a la persona a la que se cita. Y, por tanto, hay que medir muy bien si aquello que se pone entre comillas en un texto (y, sobre todo, en un titular) merece tal lugar que debe estar reservado a unas palabras importantes. También hay que evaluar si ese fragmento del discurso que se reproduce textualmente actúa al servicio del público (esto tiene que conocerlo la gente de la propia boca del emisor porque es una información esencial) o, por el contrario, hace las veces de altavoz para el propio hablante y, por tanto, la prensa se convierte en un puntual (o ya recurrente) órgano de propaganda a su servicio. Y, por último, hay que hacer otra reflexión: ¿Qué efectos puede ocasionar ese entrecomillado?, ¿es mejor reproducir tal cual o hay que optar por escribir una historia en que el titular no sea ese «dos puntos, comillas» y que por el contrario desentrañe la estrategia que hay detrás del empleo de esos exabruptos?

La denuncia de la crispación y de la subida del tono de las palabras en el debate público, del empleo de insultos, de las faltas de respeto… se puede efectuar de otra forma que no pasa por la repetición de lo que se quiere reprobar. Es mucho más difícil, sí, pero la información y el periodismo deben aspirar a algo más que a simplemente reproducir unas palabras que alguien ha dicho, aunque a ello se le acompañe algo que denote que al periodista o al medio le escandalizan o que le parecen inadmisibles.

A veces ese “pero madre mía, miren lo que ha dicho” parece actuar sólo como un reclamo para el click. Un click que además suele ser masivo y que provoca que los algoritmos funcionen de tal modo que en las redes siempre se nos enseñe lo más estrambótico, lo más simple, lo menos analítico, lo que más nos enciende las bajas pasiones, lo que más nos enfada. Porque quienes son propensos a ese tono pero se venían controlando por pudor se pueden sentir legitimados para dejar de cortarse, imitando a sus líderes. Y las personas a quienes les repugnan estas actitudes pueden simplemente quedarse en una estéril indignación que les impide profundizar en sus causas o incluso pueden, como suele suceder, desde su rechazo, engordar la bola difundiendo, aunque con su denuncia, esas palabras que quieren combatir.

Flaco favor al clima social. El periodismo de declaraciones, el más barato, cuando el debate público cae a niveles tan bajos, no sólo no ayuda, sino que puede llegar a ser contraproducente. No sólo porque genera imitación por parte de la ciudadanía de lo que hacen ciertos políticos, sino que también supone un incentivo para que esos ciertos políticos continúen con esa exitosa estrategia: decir una barbaridad (aunque sea mentira o sobre todo si es mentira) es la mejor garantía de convertirse en un titular o en un corte audiovisual que se compartirá hasta la saciedad en redes sociales. Además, para los medios, publicar esas declaraciones también es garantía de contar con un plus de pinchazos respecto a los que recibiría una pieza más elaborada, más analítica. En algún momento habrá de acabarse con esta espiral.

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