Maldito seas, Gandolfini

0
261

 

Lo escribí hace tres años. Y ahora va el maldito Gandolfini y se me muere.

 

Pensaba yo que lo malo eran las resacas del día después. Había olvidado mi cuerpo lo que es una buena gripe, con sus casi 40 grados, con sus toses que te parten el diafragma y que parece que vas a echar los pulmones por la boca, con sus pinchazos con picahielos en todos los músculos del cuerpo, incluso en los que no sabía que existían. Ahora echo de menos una buena resaca, que me tiene atontada y sin fuerzas pero sin miedo a toser y pensar que tarde o temprano escupiré sangre. Me hago mayor y he visto demasiadas películas. Sé que una de estas me puede llevar al otro barrio. Y eso que aún soy muy joven para que me piquen el billete. No me gustaría, desde luego, morirme virgen. En fin. Que menos mal que tengo buena compañía para pasar este trance. 

 

Es un amigo reciente. Compartimos salón. Yo dormito en el sofá, entre sueños reincidentes y pesadillas con números que me estrangulan, y él me habla desde una pantalla que yo pensé que era plana hasta que lo vi a él en ella y comprendí que no. Se llama Tony. Vive cerca de Nueva York, pero no le gusta la ciudad. En la tierra del Pizzaland no hay rascacielos ni neones. Es un hombre fuerte, de esos que quieres que te abracen en mitad de la tormenta o que te acompañen una noche oscura cuando no sabes qué carajo te va a salir a la vuelta de la esquina. Muy familiar. Una bestia, en todos los sentidos. Un hombre con corazón, si aún le queda. Se dedica al negocio de la basura, que hoy en día puede significar dedicarse a cualquier cosa visto el panorama, incluso a la política, y lleva reloj dorado, cruz al cuello y anillo en el meñique, pero a él se lo perdono. Es el jefe del norte del estado en el que vive. Él controla todo desde el Bada Bing, un lugar en el que, será por la fiebre, me imagino bailando sin apenas ropa, agarrada a una barra de hierro de techo a suelo, aunque mis tetas no sean de plástico y no boten solas con los graves de la música. 

 

Tony, si no fuese por los polos de flores, sería un gran capo. Y aunque se lo han dicho aún no sabe que un don no puede llevar bermudas. Yo lo miro desde el sofá. Me conquista. Me atrapa. Y sé que lo odio. Pero odio igual a todos los hombres que he conocido y a los que conoceré. Éste al menos me acompaña en mi enfermedad. Viéndolo, también será por la fiebre, recuerdo a todos mis ex. Y entonces te echo de menos, y no diré tu nombre, pero no sé si es a ti o al coche que me prestabas. Tony son todos. Me acaricia y me abandona en mitad de una siesta febril. Y cuando el doble nolotil me mantiene despierta un par de horas le veo estrangulando a alguien y después cortándolo en rodajas, como hace el pescadero del barrio cuando me pregunta: ¿cómo se lo preparo? Es el mismo trabajo, lo sé, gestión de residuos. Qué importa un pez que un pollo. Tony también lo sabe. A él le preocupan otras cosas. 

 

Me imagino en su lista de amantes, pensando que cualquier día puede ser el último de cualquier cosa. Y cuando suena el timbre y corro a la puerta esperando un mensajero con un broche de diamantes y una tarjeta de él me encuentro al muchacho que viene a hacer la lectura del gas. Menudo jarro de agua fría. Si lo sé no me hubiera levantado del sofá. Todo mentira, lo sé. Como tantos. Menos mal que aún me quedan un par de días para recuperarme. A solas con Tony. Él y yo. Y nadie más. Y si dejo de medicarme quizá pueda ganar unas horas más. El báculo de mi enfermedad tiene cuerpo de tenor, pero alma de Soprano.