Nemo

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Escribo desde la “Heroica, resuelta y misericordiosa” Ámsterdam, abrumada por la historia y tranquilizada sabiendo que todo llega, como la Paz de Utrecht. Sin embargo, y aún con el abrazo intangible del eterno y constante grito del turista español -no es el único -, me he sentido sola leyendo Hermosos y malditos, y he abandonado a Scott hasta que llegue a casa. Que nunca me queda muy claro aún dónde es.

Últimamente siempre que miro el reloj es capicúa, y aún no coincidiendo ni con que el Celta juegue, ni con ningún otro deseo que deba gastar antes de verme en apuros, apareció una librería con textos en castellano. Salvada. Al entrar el pastor alemán que acompañaba a una perfecta dama en la sección de filosofía, donde yo todavía no he de entrar, se me acercó, jugamos y pensé que debía retomar a Fitzgerald. Su sofocloniana dama le dio un súbito meneo, y pregunté por la sección de libros en español. Busqué a los míos, y me sorprendí teniendo que elegir. Encontré a Nemo (Gonzalo Hidalgo Bayal. Editorial Tusquets): “Un hombre que no habla, porque ha decidido no hacerlo…”.  A humo me olieron los tulipanes, sabiendo que ya tenía un nuevo compañero de viaje.

Y con el libro tal atributo, aun pensando en Scott y el perro sofocliano, corrí a buscar el Sol, la Estrella y la caricia. Y no estaban. Entonces, pensé que debía haber comprado a Steiner, que me hubiese explicado su teoría sobre la economía de las caricias. Una mirada, un gesto amable, una sonrisa, una crítica constructiva. Esto son caricias. Me miró la camarera y cuando apoyó la cerveza le di las gracias y sonreí, mi madre me dijo que no entendía “lo mío” seguido de un emoticono indescifrable. Full de ases. Y no bastó. Otra cerveza.

Bailé con Van Gogh. Me tomé el café con Arsham. Le pregunté por qué a Kusama. Incluso Banksy cedió y confesó que él también había hecho recortes en su arte. Demasiado ruido y un césped muy verde, como el mar en calma, y decidí flotar. Y el grito en el cielo lo puso una maravillosa versión de Heroes de David Bowie hecha por tres musas divinas, las mismas que enviaron a Nemo a mi bolso para poder sobrevivir sin Scott.

Volví con él, que en su cuarta página me abofeteó con un “que en lo que entiendo mal callarme suelo”, y ni que el can lo presagiase, lo había escrito Sófocles. Me senté regada por Prisengracht, donde nadie parecía necesitar economizar caricias engañados por el Sol del color del trigo. Los observé mientras Nemo seguía afásico a la espera de mi avance en la novela.

Duele Hermosos y malditos cuando se niega la belleza en la maldición. Arde la hermosura cuando se nos olvida que los hoyuelos son una concesión divina para las que queman la pena con cerillas mientras sonríen. Volveré a Scott, pero las caricias hay que economizarlas, y yo con algo tan bonito, sola y lejos, no puedo. Maldita sea.

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Iria Miguens
Salitre y morriña. Mujer desde 1985, feminista desde que no está penado. Vivo en Madrid, siempre en Galicia. Médica desde que Santiago de Compostela, celebrándolo con lluvia, me invitó a Vigo. Y de Vigo al cielo, o a Madrid. Se aprende a leer cuando duele llorar. Nos vemos en todos los libros, en los teatros, en las pinturas, en el amparo del desasosiego de un folio en blanco. En lo miserable que haya en los párrafos de Loriga, en la prosa de Ferlosio, que lima el ego. En un Servicio de Urgencias de la Sanidad Pública, cómo no. No se necesitan escudos en las guerras de flores, me gustan las margaritas. Sangran sonrisas cuando la primavera llora sus primeros días. Lloran silencios cuando la indiferencia alumbra injusticia. Abrigada por la belleza del arte en la inocencia, en lo imposible.

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