No es la crisis, es el (o este) capitalismo

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Buceando en datos antiguos, comprobamos que en España la pobreza ya era muy elevada. Sólo fue capaz de bajar entre 1973 y 1990. A partir de ahí se estancó en niveles que siguieron siendo muy elevados. Todo esto hace pensar que la causa de la pobreza y la desigualdad no es la crisis económica, sino el modelo económico. 

 

La alarma por el crecimiento de la pobreza y la desigualdad cunde desde hace sólo unos pocos meses. Lo llevamos reiterando. Se ha hecho patente desde que hasta los medios económicos más influyentes a la par que ortodoxos abren a veces sus ediciones digitales con informes alertando sobre la desmesurada diferencia de ingresos que existe entre quienes más y menos cobran. Incluso Standard & Poor’s hace apenas un par de semanas publicaba un informe sobre las negativas consecuencias que la desigualdad tiene en la economía, porque la frena, porque merma su crecimiento potencial.

 

 

Pero lo más interesante de todo es analizar a qué se puede atribuir este deterioro de la sociedad. O a qué la atribuyen quienes escriben de esto. 

 

 

Porque que sea justo en esta situación cuando se empieza a hablar de pobreza y desigualdad nos puede llevar a caer en el error de que la culpa la tiene la crisis económica. De esta manera, podemos hasta considerar normal que los problemas sociales aumenten en un periodo en que la economía va mal y, por tanto, también pensar que la situación de todo el mundo, sobre todo la de los más pobres, mejorará cuando la recuperación se asiente de verdad y el PIB vuelva a crecer como antes.

 

 

Opiniones más críticas achacan el crecimiento de la pobreza y la desigualdad a las políticas que se están aplicando para resolver la crisis. De acuerdo con ellas, los nuevos problemas sociales de nuestro tiempo no son accidentales, sino que son efectos buscados por las reformas económicas adoptadas. Este tipo de explicaciones lo que ponen de manifiesto, pues, es que una mejora de la economía, un mayor crecimiento, no tiene por qué traducirse en una mejora de las condiciones de vida. Porque la recuperación (habrá que ver de quién) está basada en el deterioro de las condiciones de trabajo y de vida de la gente. Alertan, quienes así piensan, que se está aprovechando la crisis para cambiar las reglas del juego en lo que a distribución de la riqueza se refiere. Y todo, para asegurar la entrada de capitales a España. Porque eso estuvo recientemente en peligro. 

 

 

Un tercer grupo de opinadores apuntan que la crisis sólo ha acelerado, sólo ha profundizado una situación ya vieja, porque el modelo económico imperante ya tiene años. El modelo de salida de la crisis está inspirado en el modelo económico previo a que ésta se desencadenara. Argumentan que el gran crecimiento económico previo a la Gran Recesión no ayudó a reducir la pobreza y la desigualdad, sino todo lo contrario. ¿Por qué? La culpa la tuvo esa nueva fase del capitalismo, cuyo inicio podríamos situarlo en 1973, porque en ese año comenzó el primer experimento en el Chile de Pinochet; en 1979, porque en ese año ganó las elecciones Margaret Thatcher, una de los sus adalides; en 1981, porque Ronald Reagan llegó al poder, o en 1992, porque la idea quedó plasmada para la Unión Europea en el Tratado de Maastricht. Sus leitmotivs, la desregulación, la liberalización, tenían como claro efecto secundario el aumento de la pobreza y de la desigualdad. O su estancamiento, incluso aunque las tasas de crecimiento del PIB fueran muy generosas. Y la solución que le han buscado a la crisis económica pasa por más desregulación y más liberalización. Por tanto, ya sabemos lo que nos espera. El aumento de las tasas de pobreza y desigualdad no será algo pasajero. Será permanente. Crónico. Si es que también se cronifica este modelo de capitalismo. 

 

 

No queremos hablar por hablar. Rebuscamos en literatura antigua, en estudios a los que muy pocos hacían caso porque estábamos en pleno periodo de exuberancia irracional. Así, nos vamos a referir al prestigioso Informe Foessa del año 2008, que en uno de sus apartados se dedicó a hablar de la pobreza en la España contemporánea. La época “contemporánea” a la que se hacía referencia, recordémoslo, es la del boom económico, la que se considera más próspera de la historia de España, con los niveles más bajos de paro y de mayor ocupación.

 

 

El informe utiliza las distintas Encuestas de Presupuestos Familiares, además de las Encuestas de Condiciones de Vida, para analizara la evolución de la pobreza monetaria. Y una de las primeras cosas que detecta es que, entre 1973 y 1990, se instaló una tendencia prolongada de reducción de la pobreza, que fue mucho más intensa en la segunda década que en la primera. Pero, a partir de mediados de los años noventa, esa tendencia se dio la vuelta. ¿Fue por el inicio de la implantación de las políticas necesarias para cumplir con los discutibles criterios de Maastricht?, ¿fue la crisis económica de principios de los noventa?, ¿fue la llegada del Gobierno de José María Aznar? Debió de ser lo segundo: Foessa sitúa el inicio del final de la mejora de las tasas de pobreza en la primera mitad de la década de los noventa. Pero también constata que después de ese bache, el porcentaje de personas en situación de vulnerabilidad se mantuvo estable, lo que significa que no pudo beneficiarse de la, en teoría, mejor época económica que ha atravesado España en su historia para salir de su precaria situación.

 

 

Ello se diferencia de los sucedido en las décadas de los setenta y los ochenta. Las medidas de ajuste económico de los setenta se vieron compensadas en los ochenta con las reformas que llevaron a la universalización de los derechos sociales.

 

 

Esto ha sido lo que ha llevado a que el título de este artículo sea “No es la crisis, es el (O ESTE) capitalismo” porque, al principio, queríamos titularlo “No es la crisis, es EL capitalismo”. Hubo momentos en la historia del capitalismo que éste se mostró con su rostro más humano, aunque ello se interprete (seguramente con razón) como una estrategia de defensa frente a modelos que pudieran parecer más atractivos. 

 

 

Ponemos números

 

En definitiva, mientras que en las décadas anteriores la pobreza, medida con el umbral del 50% de la renta mediana, disminuyó visiblemente (desde el 21,4% de 1973 hasta el 19,9% en 1980 y de esta cifra al 17,3% en 1990), entre 1990 y 2006 las tasas permanecieron constantes (del 17,31% en 1990 al 17,28% en 2006).

 

Si tomamos como referencia del umbral de la pobreza el 60 por ciento de la renta mediana, entonces el porcentaje de pobres aumenta hasta el 19,5%, nivel en el que se ha mantenido estable también entre 1990 y 2006. Antes del inicio de la crisis económica, ya había casi un 20% de la población española en la pobreza. Y la pobreza extrema, dependiendo de que se considere una situación que se sufre disponiendo de ingresos equivalentes al 25% o al 30% de la renta mediana, se encuentra clavada entre el 2,6% y el 4% de la población.

 

 

Los trabajadores pobres ya existían. Pero no éramos «nosotros». O no éramos “nosotros” los que estábamos en riesgo de convertirnos en uno de ellos. Sólo hay que hacer un sencillo razonamiento: a principios de la década pasada no había un 20% de paro, pero sí había un 20% de población en riesgo de pobreza, según la Encuesta de Condiciones de Vida:

 

 

 Tasa de riesgo de pobreza

 

La tasa de paro tocaba mínimos en 2007 por debajo del 8%. Pero el riesgo de pobreza se encontraba cerca del 20%. ¿Podemos sacar la conclusión de que en ese momento había un 10% de trabajadores pobres?

 

 

Pero, como decíamos, ahora el riesgo de caer en la pobreza se ha hecho más democrático. Como podemos ver en este gráfico, está convergiendo la pobreza que sufren las personas con diferentes niveles de formación:

 

 

 

Tasa de pobreza según el nivel de formación alcanzado

 

La desigualdad sí se redujo ligeramente durante los años de bonanza. Ahora, de acuerdo con este gráfico que hemos construido nosotros con los datos de Eurostat, vuelve a repuntar. La mide el índice Gini, que ya explicamos aquí

 

 

Evolución reciente del índice de Gini

 

 

 

Pero, vista con una perspectiva más larga, con este gráfico del propio informe de Foessa, parece que el proceso de reducción de la desigualdad que tuvo lugar durante los años ochenta se ha truncado:

 

 

 Evolución del índice de Gini con más perspectiva histórica

 

 

La evolución de los ratios de pobreza y desigualdad durante los años de presunta prosperidad nos tiene que hacer pensar que aplicando las mismas políticas que entonces, con la diferencia de que ahora están mucho más acentuadas, no permitirá hacer bajar el porcentaje de personas viviendo en los márgenes de la sociedad. Falló la redistribución de la riqueza en los mejores años de la economía española. Y ahora no están funcionando los mecanismos para que la tenue recuperación económica a la que asistimos sea equitativa.

 

El poder desacredita opciones que pretenden una mayor equidad en la distribución de recursos y rentas acusándolas de populistas. De que, con sus medidas, prácticamente destruirán nuestra cultura. Pero, como dice Juan Manuel de Prada, de la aniquilación de cualquier síntoma de civilización ya se ha ocupado el capitalismo.

 

 

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