Noir y ajedrez: el jaque perpetuo

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Para quienes consideramos, como el filósofo, que un día sin echar al menos un vistazo a un tablero de ajedrez es un día perdido, y a la vez nos solazamos con los mundos infinitos de la novela negra, nos produce un gran placer comprobar cómo entre el arte de Caissa y el relato noir existe una misteriosa complicidad.

 

Para quienes consideramos, como el filósofo, que un día sin echar al menos un vistazo a un tablero de ajedrez es un día perdido, y a la vez nos solazamos con los mundos infinitos de la novela negra, nos produce un gran placer comprobar cómo entre el arte de Caissa y el relato noir existe una misteriosa complicidad. Y habiendo tenido el gusto de conocer hace unos días a Juan Bohigues, coordinador de Amigos del Ajedrez, el magnífico blog de Fronterad dedicado al arte-juego, sentí que era llegado el momento de indagar en las razones de esta especie de afinidad secreta.

 

Porque lo que es un hecho es que esta afinidad, felizmente, existe. El ajedrez aparece aquí y allá en los relatos de género, en todas las épocas y latitudes. El caso más conocido, en prácticamente todas sus novelas, es el del investigador privado Philip Marlowe, en cuyo humilde (barato, quiero decir) apartamento alquilado nunca falta una cafetera, una pipa (me refiero aquí a la de fumar) y un tablero de ajedrez dispuesto sobre una mesita (remito al blog ARTEDREZ para más información sobre esta afición marlowiana): no deja de ser curioso que Humphrey Bogart, que encarnó a Philip Marlowe (y a Sam Spade) en varias películas, fuera también él mismo gran aficionado y promotor del ajedrez (y sí, también sale moviendo fichas en Casablanca;  si algún aficionado quiere conocer si Humphrey era tan duro en el tablero como en la pantalla aquí  encontrará las partidas que se le atribuyen). Como hace poco hemos hablado en «Crimen para inciados» de la película Blade Runner, aprovechemos para recordar que en una de sus secuencias se juega una partida de ajedrez cuya posición está sacada de una de las más famosas (Anderssen-Kieseritzky, Londres, 1851, llamada, nada menos, La inmortal).

 

 

Marlowe llega a declarar que de la vida le gustan “la bebida, las mujeres, el ajedrez y algunas cosas más”: al menos las tres primeras se le daban muy bien

 

 

Pero: ¿por qué esta buena relación entre el ajedrez y la novela negra? ¿Qué tienen en común sus respectivas personalidades, que hacen que tan fácilmente las asociemos?

 

En primer lugar, consideremos que el ajedrez no fue, en sus inicios, un juego popular. En la era preinternáutica, este juego (o arte, o ciencia) pertenecía al mundo de los clubes de aficionados, que tanto nos recuerdan a las sociedades secretas chestertonianas: lugares misteriosos donde la masa gris nunca descansa, y donde, al fin y al cabo, se trata de vencer al rival (“desenmascararlo”, decía un gran maestro de ajedrez) matándolo, de paso. En segundo lugar, la actitud del jugador de ajedrez es la del detective (o la del personaje que resuelva el crimen): concentración, aislamiento mental del mundo para lograr desentrañar la lógica del rival, sus trampas, su temperamento, sus argucias y sus peligros. Llevado al terreno de la investigación, es evidente la analogía entre dos fuerzas en pugna: las del orden, y la de sus rivales, que se dedican a alterar este orden (y entiéndase aquí por “orden” no el de la legalidad vigente, sino el orden literario, el orden del relato; otro día hablaremos de él).

 

Una de las referencias primeras a la ciudad (el escenario genuino, aunque no el único, para cometer un crimen) como simbólico tablero de ajedrez donde han de enfrentarse fuerzas antagónicas es el magistral cuento Las manos del Sr. Ottermole, del escritor británico Thomas Burke, publicado en 1931. En el asesinato que abre el relato, el desdichado y desprevenido señor Whybrow se aproxima a su casa, paseando por las callejuelas que le son tan familiares, y que pronto dejará de ver para siempre, cuando hace presencia en la narración una voz en segunda persona (la del narrador dirigiéndose a la víctima) que confiere al pasaje una susurrante fuerza lírica, una belleza y emoción impresionantes. El pasaje comienza: “Camina, Whybrow, camina, por este enloquecedor tablero de ajedrez de las calles…”, y luego continúa con otros párrafos tales que, si no dejan  al lector en jaque mate, al menos sí en posición de ahogado.

 ÓSCAR URRA RÍOS. Doctor en Filología y profesor. Ha publicado los manuales Cómo escribir una novela negra (Fragua, 2013), y Literatura Universal (McGraw Hill, 2009), así como diversos artículos y reseñas sobre temas literarios. Como autor de ficción, durante la última década ha sacado a la luz tres novelas negras (A timba abierta, Impar y Rojo -las dos traducidas al alemán por Unionsverlag- y Bacarrá), y otra un tanto oscura (Yo, zombi), todas en la editorial Salto de Página, así como algunos cuentos de género negro. Vive en el centro de Madrid, que es decir el centro del Universo.