Primavera en presente continuo

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Sería absurdo, cansino y un tanto redundante volver a hablar aquí sobre cómo la llegada de internet ha influido notablemente en la manera que escuchamos música hoy en día. La historia está más que sabida. Con poco más de tres o cuatro clicks uno puede acceder a álbumes grabados hace cuarenta o cincuenta años y, cómo no, también a las últimas novedades. Cuentan nuestros mayores que hubo un día, no tan lejano, en el que acceder a las canciones de tu banda favorita era más bien un plan quimérico. Los vinilos no estaban al alcance de todos, pocas familias se podían permitir un tocadiscos. Cuando el hermano o la hermana mayor conseguían hacerse con aquel LP de Los Brincos, que contenía clásicos indiscutibles del pop español como “Tú me dijiste adiós”, sus amigos y hermanos más pequeños se amontonaban inquietos alrededor del equipo de música. El romanticismo, siempre acompañado de una cierta mística, suele acompañar el discurso de los que vivieron en primera persona estas escenas. Pero bien es sabido que uno no se puede fiar de nadie: toda una generación participó en las protestas de mayo del 68 y nadie votó al PP en las últimas elecciones generales.

 

Sería absurdo, cansino y algo redundante volver a hablar aquí sobre la influencia de internet y los nuevos medios en cómo escuchamos música hoy en día. La historia está más que sabida. Con poco más de tres o cuatro clicks uno puede acceder a álbumes grabados hace medio siglo y, cómo no, también a las últimas novedades.

 

Cuentan nuestros mayores que hubo un día, no tan lejano, en el que acceder a las canciones de tu banda favorita era más bien un plan quimérico. Pocas familias se podían permitir un tocadiscos y los vinilos no estaban al alcance de todos. Cuando el hermano o hermana mayor conseguía hacerse con aquel LP de Los Brincos, que contenía clásicos indiscutibles del pop español como “Tú me dijiste adiós”, sus amigos y hermanos más pequeños se amontonaban inquietos alrededor del equipo de música. El romanticismo, siempre acompañado de una cierta mística, suele acompañar el discurso de los que vivieron en primera persona estas escenas. Pero bien es sabido que uno debe andarse con cuidado al fiarse de la gente: toda una generación participó en las protestas de mayo del 68 y nadie votó al PP en las últimas elecciones generales.

 

Sin embargo, sería absurdo obviar que las facilidades de acceso a la música junto a la necesidad de mantenerse al día de las novedades -véase melómanos empedernidos- han hecho que dediquemos menos tiempo a los álbumes que van cayendo en nuestras manos del que puede que hubieramos dedicado si la oferta fuera menor. O que, por ejemplo, la vuelta de Beachwood Sparks en 2012, con el espléndido The Tarnished Gold, quede hoy sepultada bajo una ingente cantidad de discos que han ido apareciendo desde entonces. Además, distinguir entre un artista o una banda realmente interesante y lo meramente anecdótico se convierte en un complicado desafío para los oyentes más ávidos de nuevos descubrimientos.

 

 

 

Nosotros, los nativos digitales, aunque a muchos pueda parecerle extraño o incluso osado, también recordamos con quién escuchamos por primera vez la música de nuestra banda favorita y la canción que sonaba al entrar en una cafetería durante nuestra primera cita. O incluso nos juntábamos en su día con amigos después del instituto para intercambiar discos, acordes y, sí, también esas playlist de Spotify que empezaban a despegar. En ocasiones, también conseguimos convencer a nuestros padres para que nos vinieran a buscar en coche de madrugada a otra ciudad, a veces no tan cercana, después de un concierto. O considerábamos que los cedés con requetepensadas selecciones de canciones eran el mejor medio para según qué fines.

 

Algunos, que éramos de provincias y tuvimos la suerte de poder viajar a otros países en la adolescencia, volvíamos todos los veranos con dos o tres discos en el equipaje de mano. Recuerdo entrar al Long in the Tooth de Philadelphia y quedarme con esa sensación única, entre la  fascinación y el agobio, al ver el nombre de tantos artistas todavía por descubrir. No tenía demasiado tiempo y los amigos esperaban fuera impacientes. Sky Blue Sky de Wilco y Cease to Begin de Band of Horses fueron finalmente los elegidos y todavía suenan en la polvorienta minicadena de la habitación cuando regreso al hogar. 

 

Últimamente he estado dándole vueltas al dilema de qué grupos escuchar, si decantarme más por rescatar joyas pasadas o por estar más atento a los nuevos lanzamientos. Entre bucear en todos esos álbumes editados en los sesenta y setenta, de fácil acceso, o dar prioridad a artistas contemporáneos que, con frecuencia, poco tienen que envidiar al divinizando pasado.

 

 

Precisamente hoy le escuchaba a un músico español reconocer en una charla que le gustaba vivir en “presente continuo” y no puedo más que subscribir sus palabras. La justificación es relativamente simple y creo que es una de las ideas fuerza de este blog. Y es que como nuestros padres y madres recuerdan aquellas canciones que les remiten a determinadas épocas o lugares, a mí también me gustaría poder experimentar esa sensación y, de hecho, ya sucede en ocasiones. Además, parece obvio decir que presente y pasado no son excluyentes el uno del otro, sino que conviven. Reivindicar el aquí y ahora, por tanto, no equivale a abominar épocas pretéritas, que de hecho se inmiscuyen en casi toda la música actual, como exponía Simon Reynolds a través del concepto de “retromanía.


Para ser consecuentes con esta espontánea reflexión, y dado que el 2015 está siendo un año repleto de álbumes exquisitos, rebosantes de canciones que todavía, a pesar de estos tiempos tan aciagos para algunos, siguen formando parte de un todo, con un hilo conductor común, aquí adjunto una lista con algunas canciones de 2015 que he venido escuchando estos primeros meses del año. Se me escapaba la sonrisa el viernes pasado en el concierto de Josh Rouse en Madrid al darme cuenta de que había crecido en paralelo a las historias de ese hombre de sombrero, cazadora vaquera y estribillos eternos. Algo similar me sucede al volver a escuchar Jesse Malin, cuyo disco «Glitter in the Gutter» fue uno de los más importantes en mi adolescencia.

 

La primera novela de Fernando Navarro, Martha: música para el recuerdo (66 rpm)es un fiel reflejo de esta manera de entender la música. Pasará el tiempo, arderán las flores, crecerá la hierba y seguro que algún día volveremos a estas u otras secuencias con forma de canción. Con todo lo que eso implica. Y si no que se lo pregunten a Javi, el protagonista de la novela de Navarro.