Una pequeña radio roja

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Ahora que el frío ya araña en los pies, que las orillas ya no son el principio sino el final, Madrid arde recibiéndonos a todos los que no nos hemos ido. La nostalgia que apuñala todos los 31 de agosto no es más que una nueva defensa, absurda, ante el purgatorio inexistente. La gloria siempre está por llegar, aunque a veces nos abrace un ratito.

No se va el verano, ojalá se atreviesen a esconder el Sol. La reconciliación con las cuatro paredes, con la poltrona y con el vino. Las terrazas, las cañas y las tumbonas, eso es jugar en casa. No es volver a la rutina, es el tener que reconstruirla, el hacerla bailar con el nuevo compás. Los libros leídos, los nuevos escritores favoritos, las canciones incorporadas, los viajes, que no son kilómetros, sino pequeños pantallazos de realidad que deciden quedarse ya para siempre aquí. Todo lo que cabe en un verano hay que incluirlo en la partitura de la costumbre, sin haber previsto hueco en el pentagrama. Esta es la verdadera melancolía: el miedo.

Ayudará la lluvia, que aún con la fascinación y fastidio que provoca a quién no haya muerto varias veces ahogado por ella, hace parir a la tierra el verde de la vida. Cerrará las grietas de lo árido e invocará a la osadía para el nuevo principio. Ampararán las sábanas, que se habla poco del alivio de estar bajo su protección cuando el aire acondicionado ya es difícil de dominar. Y el frío, vetusta excusa para servirse un abrazo. Aparecerán las melodías de invierno, escogida ha de estar ya a estas alturas. ¿Quién no se puede imaginar el invierno mientras suena Les amoreux du Havre? Aunque ya pasada la infancia biológica no se nos permita jugar a la rayuela. Vendrá el vaho en el espejo invitando a que se dibuje lo que no deja cicatriz en los espejos, sólo en su reflejo.

Hoy André me explicaba que en mi caja de cerillas dormía Pepito Grillo. Las cerillas las he quitado, porque sobran y caben en cualquier otra cama. Hacedlo. Bailad la rutina al nuevo compás. El fuego de la leña arde mejor. El rayo verde brilla, y con la lluvia, estará más verde aún. El sofá tiene cojines suficientes para sentar a nuestro miedo e invitarle a una copa de vino. Y agosto, siempre volverá. Traidor, haciéndonos elegir qué hacer con las cerillas. Vencer o ser vencidos. Perder. Y la costumbre va de triunfos, y el más grande es empezarla.

 

Mientras elijo la canción, el vino, el lado del sofá. Mientras me muero de ganas de escuchar cómo suenan las huellas en las hojas del otoño. Mientras celebro las nuevas notas del pentagrama. Mientras me río de la melancolía y fusilo al miedo de la costumbre. Mientras tanto,”mientras escucho a Brahms en una pequeña radio roja”.

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Iria Miguens
Salitre y morriña. Mujer desde 1985, feminista desde que no está penado. Vivo en Madrid, siempre en Galicia. Médica desde que Santiago de Compostela, celebrándolo con lluvia, me invitó a Vigo. Y de Vigo al cielo, o a Madrid. Se aprende a leer cuando duele llorar. Nos vemos en todos los libros, en los teatros, en las pinturas, en el amparo del desasosiego de un folio en blanco. En lo miserable que haya en los párrafos de Loriga, en la prosa de Ferlosio, que lima el ego. En un Servicio de Urgencias de la Sanidad Pública, cómo no. No se necesitan escudos en las guerras de flores, me gustan las margaritas. Sangran sonrisas cuando la primavera llora sus primeros días. Lloran silencios cuando la indiferencia alumbra injusticia. Abrigada por la belleza del arte en la inocencia, en lo imposible.

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