Viernes Santo

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A las ocho de la tarde en mi edificio salen los vecinos a la terraza para aplaudir y escuchar la Marcha Real, que uno de ellos siempre tiene preparada en su reproductor. Creo que les gusta más lo segundo que lo primero. En el vecindario hay griterío de mayores y pequeños. Natural. Empiezan a notar la fatiga y la frustración de casi un mes de reclusión. No me atrevería a decirles que ni he aplaudido ni tampoco he cantado el himno nacional. No quiero problemas, aunque esta tarde tengo una buena excusa. Sufro una jaqueca de campeonato desde el mediodía que todavía no remite pese a los analgésicos. Tal vez la escritura sea un remedio más eficaz y me la alivie. Voy a probar.

Me he despertado contento por las noticias procedentes de Bruselas. Volveré a poner Unión Europea con mayúsculas, pero con mucha cautela. La misma con que afronto la tendencia descendente de  la curva del coronavirus. Hay mucha letra pequeña en ese medio billón de euros de ayuda de emergencia sin condicionantes acordado por el Eurogrupo. Queda aún bastante camino por recorrer para que los líderes europeos comprometan a medio plazo otro medio billón para un plan de reconstrucción de la UE. Sin duda, los ministros de Economía debieron salir avergonzados de las dieciséis horas que duró la primera reunión y a más de uno le tuvo que sentar mal la cena pese a los chistes. Eso sí que sería un gran Plan Marshall a la europea. Parece que ya se ha entendido que la pandemia es global y que afecta a todos los países miembros, a unos más que otros.

Hoy los católicos conmemoran la crucifixión y muerte de Jesús de Nazaret. Apuesto que casi dos mil años después se volvería a repetir el hecho, aunque en esta ocasión se ejecutaría con más sutileza y nuevas técnicas de tortura física y psicológica. Eso de llevar atado y con el látigo suelto hasta el Gólgota para empalar a un profeta por denunciar las injusticias y luchar por un mundo mejor es un poco fuerte, pienso. Habla mal de la humanidad, de nosotros y también de mí, por supuesto.

Me devuelve la llamada el psicoanalista jamaicano para tranquilizarme por las agobiantes pesadillas que últimamente sufro. Es normal, señor Esteruelas. Vive una situación de excepcionalidad. Si yo le contara… Póngalas en el ordenador, escriba cuando y como le apetezca. Suéltelo todo, hasta lo del triciclo rojo, y no se asuste si cree estar en el caos. Yo lo estoy también y no me salva siquiera algún exceso poco clínico. Ya me entiende. También quienes nos gobiernan están igual de desconcertados. Aparentan no estarlo por vergüenza torera, pero improvisan, cambian de estrategia. Practican lo de prueba y error. Algunos son unos charlatanes de vocación, bocazas de nacimiento o directamente irresponsables. Otros, aprovechados, taimados y, claro, los hay también incompetentes. Como en botica. Me llama la atención que lo de vergüenza torera y como en botica lo dice en un correctísimo español. Tiene un rico vocabulario cervantino gracias a la granadina de la que se enamoró como un adolescente un verano pero que tantos estragos causó a su calenturienta mente.

Aparentemente recupero la serenidad. Poco dura por desgracia, pues al encender la radio escucho la retransmisión de una procesión de Semana Santa. Arriba, valientes, grita un cofrade. Y a lo lejos escucho el himno legionario. No doy crédito. Me pregunto si he cambiado de mes, de año. En abril último llovía en Málaga y hoy por contra luce el sol. En otra emisora ofrecen durante una hora la Madrugá y un amigo anciano me cuenta cuando le llamo para interesarme por su salud que está disfrutando viendo por un canal regional el paso de varias hermandades sevillanas.

Dios de los Cielos y de la Tierra, dónde me he metido, en qué año vivo, exclamo. Me vence de nuevo la fatiga y trato de cerrar los ojos. Una cabezadita me ayudará a relajarme, pienso. Error, porque al poco me sumerjo en otro de esos sueños angustiosos que me asaltan casi a diario desde la tragedia. Es como si mi cerebro pasara cinematográficamente escenas de hace dos milenios con nuevos personajes que no son necesariamente profetas, más bien vendedores de sueños fanáticos. Los figurantes son más o menos los mismos: una muchedumbre que brama y con ganas de sangre.

Poncio Pilatos es un individuo alto, bien parecido, que con voz algo aflautada declara: «¿A quién queréis que os entregue? ¿Al Conducator o al Caramanzana?». «Al Caramanzana, al Caramanzana», berrean mayoritariamente los congregados, aunque a lo lejos unos pocos gritan: «Al Coletas» y más al fondo se escuchan algunas voces: «Al Emérito». El rostro de Caramanzana encaja muy bien con su nombre. Es un tipo alto, encorbatado, con aire bobalicón pero un punto cínico, escaso pelo y gafas que no ocultan una mirada de terror ante lo que se le viene encima. Hablo con uno de la turba, menos exaltado, que me explica que ese individuo gobierna Galilea Norte. La Sur, me sigue contando, la controla un gordito que está en cárcel. Galilea combate por independizarse de Judea. Según relata mi supuestamente fiable fuente, la ira judía ha explotado al conocer que este dirigente galileo, valido de un mandamás en el exilio, ha puesto trabas para que las centurias romanas y la milicia judía auxilien en su región a derrotar la invasión de un virus asesino. También ellos, me digo.

Todo se desarrolla muy rápido aunque el calvario de Caramanzana sospecho espantoso. Los concentrados en las faldas del monte le arrojan piedras, le escupen y jalean a los centuriones para que arrecie la ristra de latigazos. Marcha desnudo, pero alguien de la multitud se acerca y le encasqueta un gorro rojo ribeteado con una cinta negra al tiempo que tapa sus partes pudendas con una pequeña bandera de barras rojas y amarillas y una estrella. Mi fuente me explica que es la enseña del independentismo galileo. El tipo está sonado cuando lo suben para empalarlo, pero con una mirada enloquecida pregunta antes del claveteo a grito pelado: «¿Se está viendo en la tele de mi país?». Un soldado, perplejo, le responde que sí. Y entonces Caramanzana respira tranquilo y empieza a cantar y silbar la cancioncilla aquella tan pegadiza de La vida de Brian: «Always look on the bright side of life…».

 

 

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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