Volver a la lengua

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Noviembre es así: buscar un jersey, adormilarse en el sofá, calentar agua para un té. Pero también volver a la lengua, al amor por el español, cobija segura cuando llega el frío. Como tantas tardes de otoño, me acogeré a su abrigo para escapar del abatimiento y las amarguras viejas. Una palabra tal vez, una sola palabra verdadera bastará para salvarme.

Así que buscaré en un libro la mejor versión de mi lengua. Tomaré de la biblioteca un enjuto volumen de Azorín o una novela de Galdós. Abriré un tomo de Zambrano, de Carpentier, de Mujica Lainez (¿Los ídolos?). O degustaré en el silencio de mi tabuco los versos de Ángel González, su castellano claro y sencillo: palabras de todos los días como monedas gastadas, con el lustre nuevo que les da el poeta.

Envuelto en una manta, evocaré maneras de usar el español que me reconcilian con mi país y sus habitantes, y el vasto territorio de La Mancha ultramarina. Conversaciones en Montevideo, Antigua o Cartagena; pláticas de amistad en Cuernavaca y Valparaíso («¿conversamos un vinito?»). Recordaré a Alfonso, con su leve acento linarense y de Membrilla: las personas que hablan despacio son esenciales para la vida humana. Tornaré a la dulce dicción líquida de Jorge Drexler (“vamos pedaleando contra el tiempo…”) y a la voz exacta —tan tormenta, tan mezcal— de Rebeca Jiménez.

En verano, cuando el calor ahoga, trae la lengua un venero de agua fresca. Porque nos da siempre lo que pedimos, si humildes aplicamos el oído a su pecho acogedor. Pero ahora es la tarde de noviembre, y noviembre —ya sabemos— es así: con el viento y el frío, llega también una apetencia de ritmos verbales saboreados en la penumbra cálida del gabinete. ¿Para ahuyentar la tristeza?

Abriré el diccionario al azar y leeré un par de páginas. O elegiré quince palabras y una botella de mencía con que burlar las horas. La palabra tejado, por ejemplo, y la sugestión del fino tableteo de la lluvia sobre la vieja ciudad. La palabra cántaro y la palabra tinaja, con la dicha humilde que siempre procuran las voces de la alfarería. O la que brinda la música de otras lenguas queridas —barlume, gânduri, pêssego; cible, junho, tardor—, porque, como dijo Irazoki, “quien ama un idioma ama todos los idiomas”. Acudiré, por fin, al cuaderno para escribir unas líneas, y así tener la ilusión de pulsar el viejo instrumento del español. De verter unas gotas de mi pozo en el cauce ancho de su literatura.

Según Barthes, hay un objeto para el escritor que está en relación constante con el placer: la lengua materna. Nunca falla cuando lo demás pierde sentido. Si ronda la melancolía, y el frío se agolpa fuera —noviembre es así—, buscaré su calor reconfortante como el de una manta o una chaqueta de lana. Tal vez una palabra suya bastará para salvarme. ¿Qué palabra, y de quién? Cualquier palabra cabal de nuestra lengua.

 

NOTA: La fotografía con que se ilustra este texto en el índice de “Gazeta de la melancolía” muestra un fragmento de una página del impagable “Diccionario ideológico de la lengua española”, de don Julio Casares, publicado por la editorial Gustavo Gili.

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