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    Populismo y honestidad: el intelectual, el pueblo y sus afectos

    Noelia Adánez y Sebastiaan Faber - 02-06-2016

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    ¿Puede haber democracia sin populismo? Para los entusiastas de los nuevos populismos de izquierda la respuesta es obviamente no: se trata precisamente de que el pueblo se haga con el poder que le corresponde, arrebatándoselo a las élites. Los críticos del populismo, en cambio, lo asocian con la política de mala fe, la demagogia, las promesas vacías y la falta de respeto por la diversidad. Para ellos, el populismo es un peligro para la democracia: sin ir más lejos, su perversión.

     

    El debate es viejo, al menos en la imaginación occidental. En la Grecia clásica las taxonomías políticas distinguían entre formas puras de gobierno popular y desviaciones de la norma. Por un lado, democracias en las que el pueblo gobierna virtuosamente, en equilibrio con las instituciones. Por otro, aquellas en las que lo hace en defensa exclusiva de sus intereses, aspirando a “totalitarizarlos”. Lo que complica los debates sobre el populismo es que, a diferencia de otras ideologías como el liberalismo o la democracia, no hay un consenso sobre su respetabilidad política ni sobre sus rasgos distintivos. Pongamos por ejemplo la asociación entre populismo y mala fe: la idea del líder populista como demagogo por excelencia. ¿Realmente la doblez distingue al populista? ¿Pero qué político no miente?

     

     

    La era de la hipocresía pública

     

    Según el historiador Eric Hobsbawm, los políticos empiezan a mentir de forma sistemática a finales del siglo XIX, cuando se introduce el sufragio universal y nace la política de masas. La llegada de la democracia plantea nuevos problemas para los gobernantes, escribe Hobsbawm en La era del Imperio. Pero al mismo tiempo el debate en torno a esos mismos problemas “[desapareció] del escenario de la discusión política abierta en Europa”. “[L]a democratización creciente”, explica, “hizo imposible debatirlos públicamente con cierto grado de franqueza”:

     

     

    ¿Qué candidato estaría dispuesto a decir a sus votantes que les consideraba demasiado estúpidos e ignorantes para saber qué era lo mejor en política y que sus peticiones eran tan absurdas como peligrosas para el futuro del país? ¿Qué estadista, rodeado de periodistas que llevaban sus palabras hasta el rincón más remoto de las tabernas, diría realmente lo que pensaba? (…) En lo sucesivo, cuando los hombres que gobernaban querían decir lo que realmente pensaban tenían que hacerlo en la oscuridad de los pasillos del poder, en los clubes, en las reuniones sociales privadas (…) Así, la era de la democratización se convirtió en la era de la hipocresía política pública, o más bien de la duplicidad…

     

    Pero no hay mal que por bien no venga. Precisamente porque los propios políticos ya no se podían permitir analizar la vida política públicamente con un grado mínimo de honestidad, nació la teoría política como campo académico. Pensadores como Durkheim, Sorel, Webbs, Pareto, Marx y Weber se hacen cargo de la discusión que queda vedada a los gobernantes. Y tampoco es casual, apunta Hobsbawm, que aquel momento coincida con el auge de la sátira política, que se burla precisamente, y sin piedad, de la distancia entre la realidad y lo que dicen de ella los políticos.

     

    Ahora bien, en la política española actual este panorama moderno ha quedado algo desdibujado. Es más, parece que el mundo se hubiera puesto de revés. Por un lado, los bisnietos de Durkheim, Weber y Marx –representados por un contingente de politólogos de la Universidad Complutense de Madrid– se han metido a hacer política. Por otro, los viejos políticos de siempre han pasado a representar su propia sátira, con el propio presidente del Gobierno a la cabeza. Más interesante aún es el hecho de que el debate sobre los problemas de hacer política en democracia ya no se limita a los oscuros pasillos del poder o a la torre de marfil universitaria. Al contrario, se explaya públicamente todos los días en infinidad de medios, páginas en internet y redes sociales. Y es precisamente el nuevo partido “populista”, Podemos, el que pretende llevar al espacio público o semipúblico lo que en otros partidos quedaba reservado a los espacios privados: las discusiones tácticas y estratégicas; las diferencias de opinión internas; las negociaciones para formar gobierno. Lo hacen los propios líderes y fundadores de la formación –Carolina Bescansa, Rafa Mayoral, Juan Carlos Monedero, Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Miguel Urbán– y lo hace un coro de voces más o menos simpatizantes: Santiago Alba Rico, Manolo Monereo, Carlos Fernández Liria o Germán Cano.

     

    Los efectos han sido interesantes. Por ejemplo, expertos que hasta hace poco se limitaban a los espacios universitarios –politólogos, filósofos– se han visto impelidos a llevar sus textos a medios de mayor difusión. Estos medios no solo atraen a un público más amplio y no especializado –ciudadanos de a pie– sino que además permiten su participación directa en foros y redes sociales. Así acaba demostrándose, de forma más o menos natural, otra premisa fundacional del populismo gramsciano: que todos somos intelectuales aunque no todos tengamos la función social de intelectuales. Se están difuminando, en otras palabras, las distinciones entre gobernantes y gobernados, entre políticos y expertos y entre expertos y legos. Como saludable efecto secundario, se ha venido relativizando la autoridad no solo de los políticos sino también de los intelectuales. Los escritores y catedráticos de renombre que reinaban en las páginas de opinión de los periódicos y revistas mainstream han sufrido una erosión de poder y prestigio, junto con los medios que llevan mucho tiempo prestándoles una tribuna. (Como es natural, a algunos les está costando asumir esa dura realidad).

     

     

    Pueblos y públicos

     

    Es en este panorama nuevo, inaugurado en verdad por el 15M, donde se insertan los tres textos que nos ocupan aquí: Fuerzas de flaqueza. Nuevas gramáticas políticas, de Germán Cano (2015); Populismo, de José Luis Villacañas (2015), y La desfachatez intelectual. Escritores e intelectuales ante la política, de Ignacio Sánchez-Cuenca (2016). Los tres libros dan por supuesto que la discusión teórica sobre el propio funcionamiento de la política se ha desplazado a la plaza pública. Por ese mismo motivo, asumen que analizar la situación significa también intervenir en ella. Aunque los tres autores son en primer lugar universitarios (Cano y Villacañas son filósofos de la Complutense; Sánchez-Cuenca es politólogo en la Carlos III) no pretenden ocupar una posición desinteresada por encima de los fenómenos que estudian.

     

    Y sin embargo, se nota que para los tres esta situación es relativamente nueva y hasta cierto punto incómoda. Uno de los terrenos donde se manifiesta la falta de costumbre es el retórico: en la definición del público lector. No queda del todo claro para quién están escritos estos libros. Su estilo, sus referencias, lo que dan por supuesto o leído, en ocasiones parecen dirigirse a un lector lego y en otras a un colega experto. La voz de los autores alterna entre la de un profesor que se dirige a un alumno, la de un académico que conversa con otro miembro del gremio con quien comparte premisas, lenguaje y lecturas, y la de un ciudadano que le habla a otro ciudadano. Desde luego, esta indefinición del público lector no tiene porqué ser negativa. También tiene una dimensión constructiva o, por acercar la sardina al ascua del discurso experto, performativa. Si el populismo, al menos según Ernesto Laclau, es muy consciente de que el pueblo está por construir, así quizás también la transformación de la vida política española pida un discurso metapolítico que construya a su propio pueblo-público. Un pueblo emancipado que, al reflexionar con los autores sobre el funcionamiento de la política, se pueda hacer partícipe activo en la construcción de la nueva forma de hacerla (en el caso de Cano), se pueda inmunizar ante las tentaciones antirrepublicanas del populismo (en el caso de Villacañas) o pueda percatarse del poco valor que tienen las opiniones políticas de los grandes opinadores (en el caso de Sánchez-Cuenca).

     

    Pero también puede suceder con estos tres libros que, por razones distintas, más que contribuir a la construcción de ese pueblo que imagina el populismo de Laclau lo den simplemente por descontado. Que los tres libros tienen un público, por ejemplo, es algo evidente, especialmente en el caso de La desfachatez intelectual, que va camino de convertirse en acontecimiento editorial. Por otra parte, de la existencia de públicos no se desprende, necesariamente, la de un pueblo. Aunque es cierto que ambos conceptos se han confundido en la política moderna –a menudo con toda la intención– también lo es que de su diferenciación pueden extraerse interesantes conclusiones. En 1913 escribió Unamuno recordando el empeño regeneracionista del fin de siglo: “No nos buscábamos unos a otros, sino que cada cual buscaba su pueblo. O mejor dicho, su público. La patria que buscábamos era un público, un público y no un pueblo”.* La auto-rectificación habla por sí misma. Parece que los intelectuales, incluso los orgánicos, pueden dirigirse –según la ocasión lo requiera– al pueblo (masa de ciudadanos indiferenciada con rasgos difíciles de aprehender y con los que a menudo resulta imposible identificarse) y al público (comunidad de ciudadanos informados, atentos y sensibles al discurso de los intelectuales). Esta alternancia habla de cómo los intelectuales se ven a sí mismos pero también del grado de vertebración del sujeto político pueblo. Si hubiéramos de juzgar ambas cuestiones a partir de la lectura de los tres libros que comentamos ahora, podríamos afirmar que estamos en un momento de indefinición y posible cambio en cuanto a la relación entre intelectuales y pueblo, en cuanto a la definición de lo que es el pueblo y en cuanto a la función social que han de cumplir los intelectuales. Y esto se desprende del contenido de los tres libros porque en los tres se tratan estas cuestiones en mayor o menor medida, pero también porque con sus discursos y retóricas respectivamente Vilacañas, Cano y Sánchez-Cuenca dan cuenta de ello.

     

    Quizá los libros que comentamos tan solo inician tímidamente la búsqueda de un pueblo al que en el fondo toman como espectador pasivo de los procesos de cambio en curso. Quizá la batalla por captar la atención de los públicos todavía impide una producción intelectual, cultural, que verdaderamente indague y se comprometa con la construcción de un sujeto para la nueva política. Quizá el conocimiento y la información son todavía reos de unos intelectuales –incluso los más críticos– que no terminan de poner en circulación, junto con los discursos que producen, los medios de los que se valen para hacerlo.

     

     

    Villacañas: A favor del republicanismo

     

    De los tres autores quien reflexiona sobre el tema del pueblo y los populismos de un modo más sistemático es José Luis Villacañas, pues éste es precisamente el asunto de su ensayo. Filósofo político e historiador del pensamiento prolífico y deslumbrante, Villacañas nos tiene acostumbradas a argumentarios sutiles y planteamientos nada complacientes. Su transitar de la historia a la filosofía y viceversa resulta en un discurso vivo e incitador. El ensayo que nos presenta en La Huerta Grande se abre con una advertencia que deviene pronto en admonición. “Confusión”, “cristalización peligrosa”, “juicios confusos” –arguye– están en el origen de un riesgo sistémico en cuyo horizonte el populismo tiene puesta la vista. ¡Cuidaos del populismo!, parece ser el mensaje de su libro. Pues si bien sirve como herramienta para la movilización –nos dice Villacañas– es necesario trascender sus presupuestos si lo que se quiere y persigue es fundar un orden estable. La filosofía, ese modo de razonar al servicio de la seguridad, será la herramienta de la que se sirva Villacañas para desvelar los riesgos de esta amenaza y proponer una alternativa.

     

    Pero antes de desbrozar la “propuesta populista” y sólo indicar el sentido de la tradición republicana (a la que se aproxima únicamente al final del libro y siempre desde la filosofía, no desde la historia), Villacañas cuela de rondón, en su sección de agradecimientos, el siguiente pasaje contundente con el que abre el libro: “La universidad no debe apoyar opciones políticas. Su tarea más propia consiste en no desfallecer en el intento de crear una sociedad más informada acerca de sus propios procesos y riesgos (…) Sin embargo, en los últimos tiempos la universidad ha perdido casi por completo su función ilustrada. A lo sumo, y en preclaros exponentes, ha sido instrumentalizada por algunos actores sedientos de apoyos y prestigios, desde partidos políticos a empresas de comunicación” (p.11). Conviene fijar la atención en este párrafo, con el que se pone sobre la mesa un tema que interesará recuperar más adelante. Parece imposible hablar del papel de la cultura y los intelectuales en la política española sin introducir alguna clase de reflexión sobre la función que han cumplido –o pensamos que habrían de cumplir– las universidades, los expertos.

     

    Villacañas también señala que ante la aparición del populismo en España la universidad ha respondido con cortedad de miras presuponiendo que quienes agitan la bandera populista no hacen sino impugnar un orden generacional, no hacen sino ajustar cuentas con sus mayores. Cuando lo cierto es que el populismo ha venido de la mano de quienes Villacañas llama “virtuosi intelectuales” procedentes del ámbito universitario.

     

    El libro de Villacañas se centra desde el principio en contrarrestar la construcción populista puesta en juego por estos intelectuales para evitar que ésta se imponga como modo único de pensar y hacer política. Pretende dejar constancia de que hay que preservar del afán hegemónico populista alguna alternativa que se le oponga en un futuro. Un futuro que de otro modo puede dar lugar a una crisis orgánica. El populismo –dice Villacañas– sirve como instigación y sustrato de la movilización, pero la construcción de un nuevo orden requiere de otro tipo de sujetos y compromisos institucionales. Según Villacañas, una posible crisis orgánica no se producirá como resultado del cumplimiento final de la agenda neoliberal, sino que sobrevendrá cuando se produzca una coincidencia entre crisis económica, crisis institucional y crisis de la representación política, en un escenario –como el español– presidido por el “síndrome de la nación tardía”.

     

    Para Villacañas, populismo y neoliberalismo van de la mano. El neoliberalismo engendra las condiciones para el surgimiento del populismo, y la deriva de experiencias populistas –visto lo sucedido en América Latina– termina por facilitar la política neoliberal. Este es el esquema que justifica el planteamiento del ensayo de Villacañas: su crítica a la teoría populista y su apuesta por un republicanismo que, además de afianzar un orden político transformado, apalanque la transformación, encuadrándola en su “contexto político natural”: Europa.

     

    Para una esfera pública como la española, acostumbrada a poner etiquetas partidistas, el libro de Villacañas puede resultar confuso. ¿No era el autor un simpatizante de Podemos? ¿Cómo es que se pone ahora a advertir duramente contra el populismo que este partido representa? Es verdad que Villacañas ha dicho públicamente que España necesita a Podemos y que apoya al partido moral y económicamente. También ha alabado algunos de los puntos principales de su programa. Al mismo tiempo, ha insistido siempre en su independencia como intelectual. Queda claro que este libro nace de esta distancia entre independencia y simpatía o aprecio. Villacañas cree que la dirección política de Podemos está aún por definir y que esa definición vacila entre una línea de tendencia más populista y otra de tendencia más republicana. Le interesa desplegar toda su lucidez, todo su poder de persuasión, para empujarlo en la dirección de la última.

     

    No obstante la claridad y la fuerza persuasiva del autor, sin embargo, su objeto de análisis, descripción y crítica –el populismo– cumple una función más difusa en su libro de lo que el uso de ese único vocablo parece indicar. En algunos momentos del libro, populismo puede denotar una serie bastante variada de casos históricos (Hitler, Chávez, Perón y hasta Franco). En otros, representa un fenómeno general abstraído de esos casos. Y en otros, parece que Villacañas se concentra sobre todo en el populismo tal y como fue definido y analizado por Ernesto Laclau –análisis basado sobre todo en el caso latinoamericano– y, después, convertido en receta política neogramsciana, hoja de ruta para llegar al poder y perpetuarse en él. En esta última encarnación, Villacañas convierte el populismo retóricamente en un ente cuasi vivo. Esto le permite hablar, por ejemplo, de “las verdaderas aspiraciones del populismo” (p. 82).

     

    Ahora bien, los tres pasos que nos llevan (1) de determinados casos históricos a (2) un intento de descripción general de esos casos (en el mundo o Latinoamérica) a (3) una hoja de ruta política para el futuro, merecen consideración. Así como en las gramáticas o en el darwinismo, el paso más tramposo es el que lleva de la descripción a la prescripción. Una cosa es concluir, como lo hace Laclau, que en la práctica un orden político nunca se “sutura” del todo, nunca logra resolver todas sus contradicciones en una institucionalidad completamente estable. Otra cosa es convertir esa falta de resolución en objetivo político expreso. Para Villacañas, el peligro del populismo es que, al asumir la imposibilidad de resolución final, convierta esa irresolución inevitable en su estado ideal. El populismo, dice, “siempre tiene que mantener una dimensión antiinstitucional, y jamás puede dar el paso a la normalización política, a un ‘orden usual de las cosas’”, lo que “requiere mantener cada vez más intensa la diferencia amigo/enemigo” (p. 82). El populismo, agrega, “quiere adaptarse a esa verdad de la movilidad y de la contingencia de la historia” (p. 84) y “mantener las condiciones de posibilidad de las que brotó” (p. 87). Por lo mismo, nunca puede atender de verdad a las diversas demandas del pueblo mediante una estructura institucional estable, sino que busca posponer la satisfacción de esas demandas o reclamos y “perpetuar la crisis institucional” (p. 90).

     

    Villacañas argumenta con razón que la receta de Laclau como tal no vale para España. Pero no solo porque no le convendría al país (como arguye Villacañas), sino porque no funcionaría. Villacañas apunta por ejemplo que, en el populismo, la figura del líder carismático trata de compensar la imperfección conceptual del discurso populista. Para que el populismo tenga éxito el líder tiene que apelar a las emociones y convertirse en “el objeto de amor” del pueblo. Pero cualquier observador del paisaje político español actual puede darse cuenta de que ni Pablo Iglesias ni ningún otro dirigente español desatan pasiones tan positivas. El electorado español es generoso con sus odios pero extremadamente tacaño en sus amores. Por lo tanto, cuesta en ocasiones compartir el mensaje más ominoso del argumento de Villacañas. Si Podemos se empeña en su hoja de ruta laclauniana no es que España se vaya a convertir en Argentina o Bolivia. Es mucho más probable, en ese caso, que Podemos simplemente fracase en su intento por hacerse con el poder. Para bien o para mal, España responde más a las tradiciones políticas europeas que a las latinoamericanas.

     

     

    Cano: Por un populismo plebeyo

     

    Villacañas escribe en un estilo muy poco español, expresándose en oraciones breves y declarativas, cosa que es de agradecer. El libro de Germán Cano, joven filósofo y promotor de Podemos, contiene en cambio al menos dos registros. Uno más exigente para el lector lego, donde el autor deja fluir una imaginación claramente filosófica, a salto de asociaciones temáticas y estéticas dentro de un marco de referencia sofisticado y disciplinario; y otro más cercano al ensayo, que pretende dar cuenta del sentido de la experiencia/proyecto/partido Podemos. Qué es lo que conecta una parte con otra no resulta del todo claro. Pues si bien es obvio que ambas son obra del mismo autor y tratan cuestiones complementarias, la diferencia de tono es tan grande –y la transición entre una y otra tan abrupta– que resulta algo chocante que aparezcan formando parte del mismo libro.

     

    Este parte, según su autor, de la necesidad de superar un bloqueo: aquel que nos hizo pensar, durante décadas, que los dolores y conflictos vividos solo son experiencias individuales sin referentes en lo común. Y la principal responsable de esta ausencia de referencias compartidas, de esta falta de experiencia social del yo, es, para Germán Cano, la izquierda tradicional. El esquema de clases o el progresismo materialista ya no sirven para confrontar los desmanes de una “derecha fluida”. Es preciso sacar “fuerzas de flaqueza”, es decir, explorar “esa frágil y aún indeterminada gramática política” con la que afrontar una circunstancia nueva, la que se evidenció con el 15M. Para Cano –que aquí se diferencia de Villacañas– la única vacuna posible contra el populismo de derechas es lo que denomina un populismo plebeyo, un populismo que se construya sobre la experiencia de opresión.

     

    De hecho, el filósofo apunta que la izquierda tradicional debe asumir que el contexto sobre el que operaba, un contexto de identidades fuertes (cabe suponer de clase), ha desaparecido. El 15M ha puesto de manifiesto que el sujeto de transformación social ya no es el esperado. Es esa pléyade de energías que, en realidad, desde los años noventa manifiestan una diversificación de movimientos y protestas a escala occidental y que tienen el horizonte de la globalización como único elemento común. Pensar todo ese conjunto de experiencias –dice Cano– obliga a nuevos ejercicios de comunicación, de simbolización. Por tanto, obliga a reconsiderar la importancia de la cultura en la política.

     

    Germán Cano interpreta el 15M como un nuevo mayo de 68. Pero si éste fue un movimiento esencialmente antiautoritario, aquel tiene como rasgo distintivo su énfasis en la defensa de lo público. De esta experiencia emerge –según el filósofo– un nuevo sujeto político y una nueva política que, sin embargo, socialdemócratas y liberales tratan de presentar como antipolítica, el populismo, en torno al cual –según sus críticos– debe levantarse un muro de contención.

     

    Como comentamos, Villacañas ve en el populismo una construcción política que ha surgido en contextos dominados por la agenda neoliberal, un fenómeno hasta cierto punto propiciado por el neoliberalismo. Cano, en cambio, insiste en contraponer al neoliberalismo el populismo como única fuerza desde la que hacerle frente. No sería entonces el populismo una consecuencia lateral del intento neoliberal de vaciar de contenido político a las instituciones representativas, sino ante todo un proceso jalonado de múltiples experiencias plebeyas, que confluyen en la necesidad de rescatar a las instituciones de las manos del capital. La fuerza necesaria para llevar a cabo esta tarea habría nacido de una suma de incompetencias y debilidades –flaquezas, heridas– que cosidas y suturadas convenientemente darán lugar al sujeto plebeyo, protagonista absoluto de la “nueva política”.

     

    Como es sabido, la mayor parte de los miembros de Podemos que ocupan un lugar central en la cúpula del partido proceden del ámbito universitario. Son aquellos intelectuales virtuosos de los que habló Villacañas y entre los cuales se cuenta el propio Cano. A todos ellos –hay que suponer que también a sí mismo– les atribuye el desarrollo de una política cultural, entendida como “un singular trabajo de permeabilidad cultural” que ha sido posible gracias a diferentes factores. Entre éstos incluye la precariedad propia del trabajo intelectual, el buen desenvolvimiento de estos individuos en el mundo de las redes sociales y la sociedad de masas por motivos generacionales, un capital cultural liberado de prejuicios (hay que suponer que más heterodoxo que el que poseían generaciones anteriores) y una mayor sensibilidad de género. Todo esto habría servido, siempre desde la perspectiva de Cano, para que Podemos tenga una gran “capacidad de seducción”, dado que ha sabido entender la importancia de –y rescatar para la política– el espacio de lo ideológico y lo simbólico, desatendido por una izquierda absorta en las luchas por lo económico en nombre de unas identidades en proceso de extinción si no ya del todo extintas.

     

    Como intelectual orgánico de Podemos, Cano habla desde un nosotros institucional, partidista, justificador. Es verdad que subraya la necesidad de cambiar la concepción de la labor intelectual, pasando del “intelectual tradicional, que es depositario de una verdad universal, a un intelectual precario, a un intelectual que lubrica espacios, a un intelectual que actúa como constructor y productor, y también como montador de escenas, que desarrolla su actividad intelectual modificando el régimen de lo que es visible y lo que es invisible” (p. 208). Pero no logra plasmar esa aspiración en su propia práctica. No se dirige a los excluidos de su nosotros orgullosamente partidista con la idea de incluirlos. De hecho es llamativa, incluso al nivel del estilo, la clara separación que parece asumir Cano entre “pueblo”, por un lado, e “intelectual” por otro. Esa división asumida da pie a expresiones que suenan entre raras y anticuadas. Le permite referirse, por ejemplo, a la “gente normal” que, en la campaña de las municipales, identificaba a Manuela Carmena más con Podemos que con Ahora Madrid. O le permite escribir: “Aunque hay que amar al pueblo de alguna forma, es difícil ser solo amigo suyo y más aún, identificarse con él”. “El pueblo”, para Cano, “pertenece por definición a un mundo extraño y la relación con él no puede sino generar hondas tensiones” (p. 213-14).

     

    Al asumir un público lector que por definición no es “pueblo”, Cano tampoco parece verse a sí mismo como parte integrante de ese pueblo. Mientras tanto, la posibilidad de que ese pueblo pueda convertirse en el destinatario de su discurso de filósofo queda en el aire, si no directamente descartada. Esta es quizás la contradicción mayor del libro, y quién sabe si de Podemos de modo más general. Por más que invoque “gramáticas nuevas”, no logra deshacerse de formas y formatos –tonos y estilos– viejos, jerarquizantes y excluyentes. Esto quizás tiene que ver con el hecho de que la cúpula del partido proviene de dos culturas que no se distinguen exactamente por su capacidad de evolución en ese sentido: la universidad española y la izquierda militante. Sin duda también tiene que ver, aunque se afirme a menudo lo contrario, con la falta de una renuncia expresa a los modos masculinos de hacer política por parte de la cúpula de Podemos.

     

     

    Sánchez-Cuenca: Una cultura complaciente con el poder

     

    La evolución de la izquierda militante nos lleva al libro de Sánchez-Cuenca. Su celebrado ensayo, precisamente, se propone como una exploración del modo en que han construido sus discursos algunos de los más conocidos representantes del mundo de la cultura en la España democrática. Sánchez-Cuenca analiza estos discursos con relación a la trayectoria política de algunas de estas figuras, generalmente omnipresentes en los medios de comunicación tradicionales. Señala que sus argumentarios tienden a configurar lugares comunes, tópicos que lejos de avivar la crítica y encender el debate son una invitación permanente a la desmovilización política y el fatalismo. Muchos de estos sujetos proceden de esa izquierda tradicional que Cano también critica. Y muchos de ellos han experimentado un giro conservador con el paso de los años –sin renunciar necesariamente a la etiqueta de “persona de izquierdas que antepone a otros valores la justicia social”–. Este giro refleja bien su desconexión radical con una realidad en la que intervienen con un único propósito: moralizar de forma que la fábula que cuentan –por machaconamente repetida– justifique su posición hegemónica en el espacio angosto de una cultura vergonzosamente complaciente con el poder.

     

    De los tres libros reseñados, el de Sánchez-Cuenca es sin duda el más accesible, en gran parte porque no deja ninguna duda sobre su propósito, que además resulta muy modesto. Pretende demostrar la poca o nula solidez de los análisis políticos de los intelectuales que analiza; caracterizar sus patrones de expresión (como el “machismo discursivo”); recordarnos su trayectoria política; y, finalmente, especular sobre los motivos que explican que esos intelectuales, a pesar de todo, sigan manteniendo su prestigio cultural y el poder mediático que éste confiere, mientras su chapucería impune rebaja el nivel del debate público en España. Finalmente, Sánchez-Cuenca también señala qué se podría hacer para mejorar la calidad del debate público en España.

     

    La parte más lograda del libro es la lectura crítica de las perogrulladas de los Savater, Azúa, Cercas y demás. La más débil es la explicativa. Según Sánchez-Cuenca, el prestigio de los escritores como analistas políticos se fundamenta en una serie de rasgos culturales. En una cultura como la española, argumenta, se precia más el “buen decir”, la palabra elegante, que el argumento sólidamente construido. Por tanto, predomina en España el ensayismo holístico sobre la investigación analítica. Esta predisposición cultural también ha influido en el perfil del intelectual de prestigio. “En general”, escribe, “la cultura holística fomenta la aparición del intelectual prepotente, que mira con desdén a quien no es conocido o no tiene vínculos con él y sus pares”; “el intelectual español (…) suele ser un personaje soberbio, que (…) se da unos aires de importancia inexplicables”. La cultura analítica, en cambio, privilegia la investigación sobre el ensayo. Y la investigación a su vez “exige una obediencia casi ciega al método científico: cada afirmación debe venir respaldada por datos y las respuestas a las preguntas han de formularse en términos de hipótesis”.

     

    Este diagnóstico algo maniqueo es sugerente pero también es reduccionista. En realidad tanto las culturas hispánicas como el ensayismo –expresión por excelencia de las ramas humanísticas del conocimiento– ofrecen numerosos ejemplos de discursos críticos, razonados y eficaces que no tienen por qué recurrir al método científico entendido en el sentido estrecho que le da Sánchez-Cuenca. Lo que Sánchez-Cuenca llama ensayismo de corte humanista puede producir argumentos tan rigurosos como la investigación analítica. El trabajo del propio Villacañas sería un buen ejemplo. El problema de los literatos a los que critica Sánchez-Cuenca no es que sean ensayistas; es que son malos ensayistas.

     

    Por otra parte, Sánchez-Cuenca no logra evitar una paradoja fundamental. Parece querernos decir que los intelectuales españoles yerran en masa por el hecho de que, siendo literatos, no poseen un diagnóstico informado de la realidad acerca de la que opinan. Pero la verdad es que él se pasa el libro entero opinando –legítimamente, por otra parte– en un estilo ensayístico. Por poner un ejemplo de entre los muchos que podrían extraerse, hacia el final del libro advierte que nuestros melancólicos intelectuales no comprenden que vivimos en un mundo en el que el principio de autoridad ha de lidiar con el flujo masivo de información y opiniones. “Los episodios históricos más sobresalientes en la deliberación colectiva”, afirma, “fueron posibles gracias a un principio de aristocracia intelectual que hoy ya nadie aceptaría” (p. 209). Sin embargo, no hay ejemplos concretos ni definición alguna de cuáles son esos episodios históricos de especial intensidad o relevancia deliberativa. Tampoco podemos saber a qué se refiere Sánchez-Cuenca con “principio de aristocracia intelectual” (¿superioridad intelectual tal vez?). Ni nos ofrece explicación alguna que justifique una afirmación que encubre una mirada sobre la historia que presupone, en primer lugar, que los discursos políticos han tenido hasta fechas recientes un contenido o alcance universal, por lo que es posible establecer entre ellos alguna suerte de comparación que nos permita medir su calidad. Es decir, que podemos comparar la calidad de Platón con la de –pongamos por caso– Sartre.

     

    Esto no deja de ser una impostura intelectual de las que el propio Sánchez-Cuenca tanto critica. Esta cita presupone, igualmente, que vivimos tiempos –por contraste con un impreciso pasado– de mayor igualación y democracia en el conocimiento, así como que nuestro modo de contar, analizar e intervenir en la política es sustancialmente más pobre que el de nuestros ancestros. Es decir, que aunque pueda resultar un tanto incómodo o difícil de aceptar –así parece desprenderse del tono de Sánchez-Cuenca– en la actualidad ya no hay “grandes tribunos como los de antes”. Semejante conjunto de asunciones revelan que aunque Sánchez-Cuenca, al igual que Germán Cano, considera que los intelectuales deben conducirse con modestia –aceptar la diversidad de criterios, la multiplicación exponencial de opiniones, la “cacofonía de voces”, el “exceso de información (p. 207)– encuentra esta exigencia “incómoda”. (Expresado con la retórica característica del filósofo de Podemos: “… no hay asalto al cielo que no pase antes por un trabajo cultural en las trincheras y en una estrategia orientada a hegemonizar los materiales dispersos de nuestra realidad. Esta labor nos lleva, como decía Gramsci, no ya a sentirnos como ‘labradores de la historia’, sino como ‘abono’. Esto es algo muy incómodo para la actividad intelectual, porque implica modestia” (p. 213)).

     

    Por lo demás, las limitaciones del propósito principal del libro no permiten a Sánchez-Cuenca abordar una cuestión tal vez más candente que el porqué del prestigio del intelectual literario tradicional: a saber, la relación entre expertos y no expertos o, lo que es lo mismo, el estatus y la importancia social del conocimiento experto con relación a otros saberes. Si bien es verdad que Sánchez-Cuenca afirma en más de una ocasión que la opinión no debe ser patrimonio exclusivo de los expertos, lo cierto es que propugna una esfera pública más informada, pero no necesariamente más democratizada. Más público; no necesariamente más pueblo.

     

     

    ¿Una cuestión de afectos?

     

    Resulta de interés, en este punto, mencionar el libro Culturas de cualquiera. Estudios sobre democratización cultural en la crisis del neoliberalismo español (Cultures of Anyone, Liverpool, 2015) de Luis Moreno-Caballud, profesor de Estudios Hispánicos en la Universidad de Pensilvania. Moreno-Caballud está interesado menos en la democratización del saber (entendida como difusión) que en la democratización de la producción del saber. Esto implica llevar la reflexión mucho más allá de lo que lo hace Sánchez-Cuenca. No se trata de apostar por una sociedad civil mejor y más prudentemente informada, o una esfera pública fortalecida por el criterio y el buen juicio de sus élites, sino de propugnar una revisión del principio de autoridad sobre el que se sostiene un neoliberalismo especialmente tocado por la crisis desatada en 2008.

     

    El neoliberalismo, como “sentido común”, habría sido puesto en circulación por unas élites educadas que ambicionan monopolizar la producción de significados. Tal y como Germán Cano señalaba en su libro, la derecha fluida ha ganado la batalla a la izquierda tradicional dada la incapacidad de ésta para entender la importancia de lo simbólico. De manera que el neoliberalismo se ha convertido en el mejor –si no en el único– sistema posible. Incluso allí donde resulta por completo inaceptable (crecimiento de las desigualdades, desahucios, intensificación de las diferencias de género, desmantelamiento del Estado del bienestar...) se asume como si realmente no hubiera otra salida. ¿Qué impide concebir una alternativa? La autoridad cultural de “los que saben”, según Moreno-Caballud: la existencia de una tradición basada en la relevancia de los expertos, quienes no solo controlan el conocimiento sino que manejan también los mecanismos de su producción, haciéndolo de un modo privativo, excluyente.

     

    Ahora bien, el autor advierte que uno de los efectos principales del 15M en España ha sido la puesta en duda de la división social entre “los que saben” y “los que no”. Esta división es clave en la historia moderna del mundo occidental, desde luego. Pero según Moreno-Caballud ha conocido una versión particularmente rígida en la España democrática. El 15M rompe ese patrón: la vida gestionada en las plazas ocupadas demostró la posibilidad de conocimientos generados colectivamente, en un espacio común no jerárquico y no regido por la competitividad individualista del neoliberalismo.

     

    El marco que introduce Moreno-Caballud nos permite comprender que ninguno de los tres autores considerados aquí se muestra capaz de –o quizá mejor, dispuesto a– asumir plenamente hasta qué punto el 15M ha cambiado las relaciones de poder entre expertos y ciudadanos, o hasta qué punto ha desplazado la producción de conocimiento desde la universidad a la plaza pública. En descargo de Villacañas cabe decir que ese desplazamiento no es algo que él necesariamente pretenda. Como buen republicano y creyente en las instituciones, no reniega de la universidad como lugar privilegiado de pensamiento, acción y pedagogía (en el sentido de la libertad de cátedra y conciencia), o como guía para el demos que vive fuera de sus muros. Al fin y al cabo, para Villacañas la universidad tiene una “función ilustrada” que “consiste en no desfallecer en el intento de crear una sociedad más informada acerca de sus propios procesos y riesgos” y “ofrecer a la ciudadanía conceptos útiles para aclararse”. Con relación al libro de Sánchez-Cuenca, la tensión se manifiesta en el hecho de que desmiente querer delegar los debates públicos en los expertos (“el debate público tiene que estar abierto a todo el mundo”, escribe, “con independencia de su formación y trayectoria intelectual”), al mismo tiempo que, como opinador experto, deslegitima a escritores legos a los que disputa el derecho a la tribuna pública porque no se ajustan a los protocolos de razonamiento “científico”. 

     

    En el caso de Cano, esa misma tensión se pone de manifiesto en el profundo contraste entre los dos estilos en los que el libro ha sido redactado. Hay una gran distancia entre teoría y práctica, entre filosofía y ensayo. Convendría pensar hasta qué punto esa distancia es extrapolable a la experiencia de Podemos hasta la fecha. Es cierto que el pueblo en proceso de configuración debe integrar lo que la vieja política había dejado fuera: también debe integrar una generación de jóvenes investigadores universitarios que han trabajado –cuando lo han hecho– en condiciones de extrema precariedad. También es cierto esos jóvenes investigadores poseen un enorme capital intelectual y que su adquisición ha corrido pareja a otras experiencias plebeyas como las nacidas de los desahucios o el desmantelamiento de la educación y la sanidad públicas. Ahora bien, los “universitarios virtuosos” que mencionaba Villacañas se enfrentan a un riesgo fundamental. El riesgo no es tanto el convertirse en vanguardia de las bases para terminar perdiendo su apoyo, cuanto instalarse en unas dinámicas que tienen sentido en un contexto en el que aún no gestionan instituciones de poder, pero que obstaculizarán ese trabajo cuando llegue el momento de hacerlo.

     

    Para tener una imagen de conjunto de todo esto que venimos comentando, quizá podamos pensar en términos de afectos, ese concepto tan central en la teoría del populismo de Laclau. Recordemos que el afecto no es tanto la emoción en sí como su manifestación exterior. El afecto puede definirse como el conjunto de gestos, entendidos como índice de estados de ánimo, que configuran nuestra relación con los demás: el otro, el público o incluso el electorado. No es casual que, en los temas que ocupan a los tres autores –la política española, los objetivos del populismo, el papel de los intelectuales– se recurra con frecuencia a nociones como arrogancia, humildad, agresividad, amabilidad, desfachatez o modestia. Todas estas calificaciones de conductas remiten a una suerte de “análisis fenomenológico” muy característico de la crítica española. Cuando, desde dentro y fuera de Podemos, se critica a Pablo Iglesias, por ejemplo, por sus “formas” (una expresión de indudable resabio clasista), en realidad lo que se está diciendo es que el secretario general controla o maneja mal el instrumental afectivo: está excesivamente gracioso, chulo, arrogante, machista o agresivo; le falta humildad, generosidad, etcétera. Pero en verdad también la crítica de Sánchez-Cuenca a los intelectuales opinadores se centra en las formas o afectos que rigen su conducta: habla de autosuficiencia, machismo discursivo, agresividad, soberbia y sensibilidad extrema ante cualquier crítica. Y aunque Sánchez-Cuenca pone el foco sobre los escritores más que sobre los profesores de universidad, esos problemas afectivos se dan con igual o mayor frecuencia entre los expertos académicos, como él mismo también señala al contrastar a los académicos españoles con los ingleses (p. 56).

     

    Cabe barruntar que el cambio político no llegará hasta que se rompan esas maneras naturalizadas de hablar y comportarse, de relacionarse con los demás, que predominan entre los poseedores del capital cultural en España. Como bien indica Cano, ese ajuste afectivo será un cambio incómodo para la clase intelectual y experta. Pero hasta que no se produzca, la política –populista y no populista– seguirá sonando, para su descrédito, a mentira o a revancha. No se trata entonces de renunciar a los afectos en política, sino de permitir que ciertas intuiciones compartidas (hay alternativa al neoliberalismo, las instituciones se pueden reformar, las diferencias de género se pueden superar) tengan un curso de evolución posible al margen de las cegueras que los afectos provocan cuando brillan excesivamente en escena.

     

     

     

     

    *”Público”, Juan Francisco Fuentes en Javier Fernández Sebastián, Juan Francisco Fuentes (dirs.), Diccionario político y social del siglo XIX español, Alianza Editorial, Madrid, p. 585. Fuentes extrae la cita de José Carlos Mainer, La Edad de Plata (1902-1939), Cátedra, 1983, p. 148.

     

     

     

    ●      Fuerzas de flaqueza. Nuevas gramáticas políticas, por Germán Cano (La Catarata, 2015).

    ●      Populismo, por José Luis Villacañas (La Huerta Grande, 2015).

    ●      La desfachatez intelectual. Escritores e intelectuales ante la política, por Ignacio Sánchez-Cuenca (La Catarata, 2016).

     

     

     

    Noelia Adánez es doctora en Ciencias Políticas y Sociología y MBA en Gestión Cultural. Ha sido profesora quince años en universidades españolas y, en la actualidad, está vinculada a la Universidad del Barrio y al Colectivo Contratiempo. Trabaja como documentalista y conversa en Julia en la Onda (Onda Cero Radio). Acaba de fundar la editorial Recalcitrantes.

     

     

    Sebastiaan Faber es catedrático de Estudios Hispánicos en Oberlin College, Estados Unidos e investigador visitante en la Radboud Universiteit de Nimega. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, La colaboración como escudo protector del periodismo ante los Papeles de PanamáHispanismo militante. Cómo un anarquista holandés fundó el PCE, tradujo a Ortega y Gasset y murió como exiliado republicano¡Todos mediocres! Crítica e inclemencia en España. El caso Gregorio MoránJavier Cercas y ‘El impostor’, o el triunfo del kitsch.

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