Fotografía de Sergio Larrain

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    Dos cartas de Sergio Larrain

    Eduardo Momeñe - 07-03-2012

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    En 1993 comencé a editar una revista de fotografía con el nombre de Fotografías. Su característica más relevante se encontraba en el hecho de que, cualquiera que mandase sus imágenes, las verías publicadas, también textos, sin ningun tipo de filtro, digamos estético. La idea no era nueva. Yo era un entusiasta de la revista SHOTS, editada por Bill Jay, crítico atípico, extraordinario, original, conocedor del alma de la fotografía, y cuyos libros paradójicamente aún no han sido traducidos al español. Títulos como Cyanide & Spirits y Occam's Razor son obras de referencia para la fotografía.

     

    En los primeros cuatro números de la revista, mi hermana Belén se encargó de la tarea de contestar las amables cartas de todos aquellos que deseaban publicar en Fotografías. La portada del primer número contó con una fotografía de nuestro querido Juanchu Rodríguez, una bonita imagen que había realizado en Estados Unidos, un pequeño homenaje: la tragedia de su muerte estaba aún muy reciente.

     

    Fue mi amigo Bernard Plossu quien me puso en contacto con Sergio Larrain. Tras la generosa recomendación que le hizo Bernard de nuestra revista, Belén se dirigió a Larrain para animarle a publicar sus imágenes en Fotografías. A partir de ello, hubo un intercambio de cartas, que en el caso de Sergio Larrain supusieron excelentes reflexiones sobre la fotografía, o más concretamente, sobre el hecho de ser fotógrafo. Como añadido a ello, nos mandó dos de sus cuadernos con sus pensamientos, no ya sobre fotografía, sino sobre el ser humano y sobre su relación personal con el mundo. Unos cuadernos escritos con su vieja máquina de escribir que, ahora, en la hora de su muerte, adquieren un valor entrañable.

     

    Pienso que es un buen momento, a pocos días de su muerte (falleció el pasado 7 de febrero) —un hombre generoso, incomparable fotógrafo—, para rescatar dos de estos textos que publicamos en 1994, en el número 4 de la revista, un número por otra parte de auténtico lujo, ya que entre otros privilegios tuvimos el de contar con las ya excelentes fotografías que Bernard Plossu obtenía en Argelia en 1957 con su cámara Brownie. 

     

    He transcrito los textos de la máquina de escribir de Sergio Larrain, sin tipex y con diversas tachaduras, para una más cómoda lectura.

     

     

     

    Ovalle, 11 Oct, 93

     

         Querida Belén, 

     

         Me llegó el nº., con las fotos, la del fósforo, y las otras; me dio mucho gusto ver las fotos de Ana Gallardo en ella; va a estar feliz. (…)

     

         (…) Sobre las fotos en el nº este de su revista, las que me gustan más son las de Francoise Núñez, están más logradas.

     

         En general hay mucha “pseudo-foto” no sólo en este número, sino que en todo lo que he visto últimamente. No conocen el oficio, el rigor, como Strand, Weston, o Smith, que es una parte. Ni la geometría; como Cartier-Bresson, o el mismo Weston que es otra parte. Ni la contemplación como Adams. Ni la poesía, como Brassai; son un poco como esa pseudo-pintura abstracta, que manchando una tela, por haberlo hecho en un estado de ánimo exaltado, creen que la cosa está lograda; y no lo está.

     

         Es oficio la foto, como cualquier otro, como carpintería, piano, óleo, etc. Y lo central es tener un buen oficio, al final, puede llegarse a la soltura, como Goya en su pintura negra, eso es el final, cuando ya se tiene el oficio incorporado del todo.

     

         Es rigor lo bueno; siempre, lo otro son cosas infantiles, o pretenciosas, que no dan nada…

     

         La realidad es una maravilla; siempre. Todo es fantástico, pero eso no hace que uno  logre captarla, sin un entrenamiento de años.

     

         El dibujo a lápiz, como el de Cézanne, directo y simple, que es muy barato, y lindo de hacer, es un excelente entrenamiento. Dibujar y dibujar, y sólo cuando se haya atravesado el velo del tiempo, cuando uno ha entrado al presente, tomar la cámara.

     

         Luego aprender a enmarcar, con las 2 Ls, en cartulina, en fotos ya tomadas, buscar los encuadres perfectos, luego eso se recorta, y de poco se va incorporando en la visión. También ver los grabadores antiguos japoneses, para ver geometría, y de pintores.

     

         Hacer uno mismo el laboratorio, tener oficio, trabajar en paz y silencio, con sus manos, eso serena y hace entrar en una realidad mas honda, y bonita. ¡Ni un apuro!  

    Hay miles, millones de máquinas fantásticas, y miles, centenares de miles de fotógrafos, y casi no hay fotos buenas…

     

         Meditar, serenarse, retirarse para tener paz, dan una visión más alta.

     

         HORTICULTURA-OFICIOS-YOGA, lo de los monjes, es lo sano… para recomendar.

     

         Y trabajar los temas que son los del corazón, no adaptarse, que uno pierde el amor por lo que hace... es lo mismo que en el amor, no se puede uno meter en lo que no es lo de uno sin dañar/se.

     

         Cariños, Sergio

     

     

     

    12 de oct, 93 Ovalle

     

         Querida Belén,

     

         Sigo con esto del oficio. (…)

     

         Cartier-Bresson habla de que la fotografía es un “petit metier de”, y lo es.

     

          Pero es metier y muchos no lo cultivan, o la mayoría no lo cultivan, sino que con la facilidad de apretar el obturador, y la maravilla de la realidad ante los ojos, creen que la cosas esta lograda. Es como creer que por saber hablar puede escribir poesía como Antonio Machado.

     

         La fotografía como todo arte, es oficio. Oficio es ATENCIÓN, CONCENTRACIÓN, PAZ, PRESENTE, CONTEMPLACIÓN, belleza, orden, geometría, expresión… lentamente conseguida con un trabajo una dedicación completa.

     

         Buen oficio es el de Strand. Publicar un número entero de la revista sobre él y sus métodos de trabajo. Fabricaba su propio papel, etc. Todo lo de él tiene nobleza, paz y calidad, es de los pocos fotógrafos que se sostienen por el oficio. EL CUIDADO EN EL DETALLE. Otra persona con buen oficio es Eugene Smith, también dedicar un número de la revista a su oficio, su forma de trabajar… los dos hacen ellos mismos su laboratorio, cada ampliación… como un grabador.

     

         El oficio es una forma de yoga, yoga es unirse con el todo, entrar en una realidad trascendente, a través de concentrarse en algo real. La MATERIA, (madre), la que desatendemos, maltratamos, no queremos, la obligamos a entrar en formas, para satisfacer deseos, produciendo polución, basura desagradable.

     

         Algo bien hecho, como pueden ser los tejidos de Paracas, en Perú, es tanta la atención que se ha puesto en eso, que aún un trocito de un manto, es una joya, como una acuarela de Klee; eso es oficio. Espiritualizar a la materia. Los caballos de Partenón, en el British Museum de Londres, son otra maravilla, la puerta del sol de Tiahuanaco, los minaretes y esculturas egipcias, la pintura china con pincel y tinta china… por ver lo más alto visual…, en música, Bach, Brahms, los cuartetos de Beethoven… atención por el detalle, concentración de la atención, -EL ARTE ES CORREGIR-, dice mi profesor de pintura, Adolfo Couve, un maestro.

     

         Artesanos serios como Cézanne y Brancusi, una vida de monjes, en sus talleres, es lo único que se sostiene a la larga… CALIDAD ES EL CUIDADO DEL DETALLE… De poco se logra.

     

         No hay apuro, si no existe el tiempo, solo el ahora, eternamente pero este ahora puede tener distintos niveles, diferentes entradas al presente, el UNIVERSO, (no dos versos).

     

         AL FIJAR LA ATENCIÓN EN LA MATERIA, LAS ASOCIACIONES TERMINAN, SE SALE DEL TIEMPO Y DE LAS DIVISIONES, se entra en Dios.

     

         En fin, un viaje por Italia renacentista, fotografiando esculturas, pinturas, dibujos, fuentes, arquitecturas, es otro número de la revista, y escribir sobre el oficio de los renacentistas, no la anécdota de sus vidas, sino el trabajo lento y atento.

     

         Es lo contrario a enajenarse, a la dispersión que los medios de comunicación extienden, es paz y silencio, soledad y trabajo consciente… monjes.

     

         Al hacer laboratorio uno mismo, tiene un interés muy grande, fuera de la concentración de la atención en una cámara oscura, por horas, días, semanas a veces, y el contraste de salir al día, al sol, a la realidad o la noche, luego de haber estado encerrado como un anacoreta en su caverna, en el Tíbet… uno ve, luego de haber estado privado de impresiones visuales por periodos largos.

     

         Basta encerrarse en un closet por un par de horas, para al salir, ver la maravilla de la habitación, o la calle… es el desierto. Lo mismo pasa con el cuarto oscuro. Y lograr los tonos exactos, las tintas ricas, la gradación, dar toda la gama del papel, conocer reveladores y papeles… hasta lograr lo óptimo, es como ser un instrumentalista en música  como Cassals, en Chelo, eso es Strand. Weston también hace su laboratorio.

     

         Cariños, Sergio

     

     

     

    Eduardo Momeñe es fotógrafo. En FronteraD ha publicado Shelby Lee Adams en los Apalaches, Incidente en ARCO, Acerca de Maryon Park, La dama de Corinto, De Niederhof a Estambul, With o el arte de posar e Historias de San Petersburgo. [email protected]

     

     

     

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    Me sorprende la fotografía de Larraín aquí publicada, "Las hijas del pescador", donde las niñas se ven suspendidas en el aire, porque en otros numerosos sitios en la web las he visto colgando de los palos que sostienen las redes. De ambas formas las fotos son extraordinarias y bellas, pero me gustaría mucho saber cuál es la foto auténtica de Larraín, o si tal vez él realizó alguna variación de esta toma. Muchas gracias.

    ISSN: 2173-4186 © 2017 fronterad. Todos los derechos reservados.

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