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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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13 de mayo, 2015

El nuevo desorden mundial

 

El otro día leía estupefacto como un periodista español, turisteando por el sudeste asiático, tildaba de ‘nuevo orden mundial’ a la proliferación de turistas chinos, indios y rusos que, parecía ser, dominaban en intensa mayoría el jardín de su hotel. Es lo que tiene vivir con el telón de acero incrustado en la mollera, deseando que China domine el mundo, cuando el menda lerenda y muchos como él cobran, desde hace lustros, de la vieja y manida Europa que, entre otros asuntos, le permitieron estudiar y opinar libremente.

 

Aunque claro, si comparamos a ese nuevo orden mundial con el que aún sigue existiendo, uno se queda estupefacto de la caída libre social, humana, culinaria y alcohólica por la que no paramos de descender. Que querer acabar con el imperialismo yanqui no debería ser sinónimo de tener que aguantar a señores –y no hablo de niñatos drogados– meando en las piscinas, gritando en los restaurantes, escupiendo en cualquier sitio y nunca respetando lo que hasta hace unos años sí era respetado por la gorda holandesa y el gordo canadiense, entre otras nacionalidades y estados físicos.

 

 

Primer ejemplo: Bangkok.

 

Anduve hace mes y medio por la capital tailandesa, oscurecida por un golpe de Estado acontecido hace ya un año que ha dejado los horarios mutilados, y por ende, los ingresos menguados. Pero desde el hotel donde me alojé, sito en el Soi 2 de Sukhumvit, pude trazar una tarde investigadora donde en tres hoteles alineados en el Soi 3 comprobé lo que sus recepcionistas denunciaban: “Aquí los indios vienen en manada: alquila uno la habitación y se meten a dormir catorce. Atoran el váter y la bañera, queman las sábanas con ceniza y montan jaleo”. Las tres damas, que no se conocían entre ellas, me aclararon que, además, el turista indio, que siempre supera la treintena de edad ­–o sea, no son estudiantes, sino casi todos padres de familia– y en numerosos casos alcanzan los cincuenta años de vida, son incapaces de negociar, pagar multas por destrozos y, siquiera, pedir perdón. “Un día desapareció un extintor”, me corroboró Aey, la hastiada recepcionista de un hotel normal donde el ciudadano indio es mayoría entre la manada de turistas.

 

 

Segundo ejemplo: Chiang Mai.

 

La ciudad tailandesa, rebosante de templos, artesanos y dosis extra de paz real, ha sido escogida por el turista chino como diana perversa. A diario se humilla en templos, universidades y parques. Nadie respeta las normas de seguridad vial y en los restaurantes proliferan los carteles –sólo en chino mandarín simplificado– que exigen al ‘nuevo orden mundial’ que cese en sus ansias a la hora de escupir, entre otros menesteres mejorables. Guías turísticos nativos informan afectadísimos que cada hora de cada día niños, adultos y señoras se abren la bragueta o se levantan la falda para depositar, donde mejor les parece, preciados tesoros fisiológicos que desde tiempos, como poco, de Platón, sabemos que hay que dejarlos caer en váteres o como en el pasado siglo, en escupideras o parecidos. Como caso sangrante encontré, navegando por internet, que de manera oficiosa ya existen hoteles en Chiang Mai que antes de acoger a un chino les dicen que no disponen de habitaciones. Por ahí se empieza y se acaba prendiendo la mecha de una nueva guerra mundial. Pero reconozcámoslo: ¿quién está preparado para parar esto? El gobierno chino no cesa en intentar lavar su imagen, realizando campañas de formación y corrección –casi siempre televisivas– en donde hacen hincapié en esas malas maneras por las que el turista chino es reconocido en medio mundo, cuando hasta hace un lustro, curiosamente, no disponían ni de pasaporte.

 

 

Tercer ejemplo: Mui Né.

 

Mientras escribo estos detalles que los progres del Lonely Planet se los saltan para poder vender guías en China, India y Rusia me encuentro en Mui Né, Vietnam; lugar paradisíaco, infectado de rusos, donde antes Hollywood rodaba éxitos cinematográficos con tendencia bélica que tras pasar por los cines reales –no los de ahora, empotrados en centros comerciales– acababan adornando en el salón de cada casa, donde en los ochenta la cinta VHS sustituía a los libros en importancia visual cuando éstos habían sido la realidad de cada hogar post-franquista. Por supuesto, no me he topado entre tanto ruso ni con Tarkovski ni con Nabokov, entre otros subiditos de tono, súbditos de la cultura comunista que mantuvo en vilo al capitalismo; tampoco son con los que choco los que podrían haber sido sus fieles seguidores, ya que la caterva de rusos, que para mayor daño medioambiental abren negocios –o sea, se asientan en la zona– en semejante brutalidad natural, paraje del bien, han decidido exportar sus maneras a este trozo de Vietnam. Ejemplos: Bares de vodka (Vodka-bar) donde el dos por uno comienza a las nueve de la mañana, restaurantes donde el plato estrella es un pegote de grasa a la plancha, y supermercados con los luminosos en cirílico donde puedes encontrar desde agua supuestamente ionizada, a una docena de perversas por desconocidas y baratas marcas de vodka, terminando por sacos de pastillas para coger músculo al precio que sea. La de recepción –otra que cedió su versión de los hechos a cambio de una sonrisa y un par de consumiciones– me pervierte la tarde aclarándome que las peleas son usuales así como los fallecidos por infarto tras drogarse y beberse dos botellas de vodka en un solo día bajo un sol de justicia. De nuevo se confirma que los adeptos del mal surcan, como poco, las cuatro décadas de vida. “La temporada pasada, y en este mismo hotel, una señora rusa de sesenta años perdió el conocimiento mientras nadaba. Parece ser que llevaba bebiendo vodka desde que embarcó en Moscú”, me remató la recepcionista vietnamita que reconoce conocer algunas palabras en ruso, casi única posibilidad para poder comunicarse con ellos. “Son inhumanos”, culmina. Un guarda de seguridad termina de aclarar las cosas: “Cuando hay problemas pagan al policía y ya está”. La corrupción, generalizada en el sudeste asiático, con epicentro en ese supuesto ‘nuevo orden mundial’ (China, Rusia, India), es, sin duda alguna, el idioma común en el que todos se entienden.

 

 

Le comentaba a un amigo sobre este texto que ahora leen, advirtiéndome que, aunque llevara razón, me podrían tachar de racista. Mi respuesta: “Ya, pero esa nueva manera de señalar al racista no es más que otro asunto turbio del nuevo desorden mundial, en donde Occidente cree que cediendo y no llamando a las cosas por su nombre va a conseguir globalizar al resto del mundo, cuando es exactamente lo contrario lo que está ocurriendo: que vamos a acabar todos como los chinos, los indios y los rusos”.

 

En el apartado de flacos favores Rafael Poch, corresponsal en París de La Vanguardia –anteriormente ejerció en Moscú, Berlín y Pekín, donde se hizo famoso por defender a capa y espada la dictadura que en aquellos años dirigía Hu Jintao– se saca de su manga poderosa un publirreportaje del endiosado empresario chino Li Jinyuang –que además vende ‘medicina china’ por todo el planeta, o sea, timos en toda regla– que invitó a más de seis mil de sus empleados a pasar cuatro días en Francia: dos en París y otro par en Niza. Se narran sus ingresos, número de empleados, cuántos trenes de alta velocidad tomó, y que le recibió el ministro de Exteriores, Laurent Fabius, cuando se ha pasado por alto el escándalo general, reflejado en la prensa francesa –recordémoslo: libre hasta donde yo sé–, de una visita donde en el museo del Louvre casi fue necesario cerrar para reordenar, y donde las quejas vecinales por comportamientos poco adecuados no fueron precisamente escasas. El mayor dolor, según los hosteleros parisinos: ver como millonarios chinos pedían botellas de vino de la década de los 80 del pasado siglo, las cuales bebían por copas como si fueran adolescentes tragándose chupitos de tequila, cuando no, directamente, le incluían al cabernet sauvignon del 87 un par de hielos. Porque el nuevo desorden mundial, como poco, podría acarrear la muerte del enólogo, del sumiller y el ascenso a los altares de los que enfrían y aguan un reserva privada del 92.

 

 

Joaquín Campos, 06/05/15, Mui Né, Vietnam. 

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