Dios no debe ir en dativo

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Miro el mar embravecido de un azul que es como plomo quemado con azufre en la Segunda Guerra Mundial, un gris con blanco plata que sirve para repintar puentes de hierro lejanamente inspirados en Eiffel, con chafarrinones blancos de un Zurbarán convertido en garza, borregos que son sacrificados en una noria sin fin a la que nadie presta atención en playas que el mar va devorando con la paciencia de quien no tiene conciencia ni moral y por tanto no es paciencia, sino el ritmo de las estaciones y el movimiento de traslación y rotación de la Tierra y todo lo que ocurre al margen de nuestra intervención… Contemplo el mar y vuelvo a La gravedad y la gracia, que siempre es un esfuerzo leer porque Simone Weil exige la máxima atención. Escribe:

“De una manera general, ‘para Dios’ es una expresión equivocada. Dios no debe ir en dativo”. Una fórmula verdaderamente insólita e inspiradora que me lleva a tres pensamientos que se quedaron resonando en mi lectura esta mañana de noviembre junto al mar pictórico y real de Pals: “El grano de la granada [nota de Carlos Ortega, el traductor: “El grano de la granada es el alimento de los muertos en la mitología griega”]. Uno no se compromete a amar a Dios, uno cede a ese compromiso operado en uno mismo sin uno mismo”. La fe (la gracia) que irrumpe cuando no la esperas, aunque la esperes y la busques. Como le ocurrió a mi amiga Chus. Cuando san Nicolás, junto a san Casiano, atravesaba la estepa rusa para atender una cita con Dios, “no pudo dejar de faltar a la misma por ayudar a un mujik a sacar su carromato del barro”. Por eso me han interpelado tanto los misioneros con los que me encontré en África. Porque las necesidades eran tantas, y tan perentorias, que a veces ni tiempo les quedaba para rezar. Aunque en su caso el hacer era rezar. Palabra en acción. Ahí sí que sentía que podía volver a creer. Como cuando leo: “No hay que socorrer al prójimo por Cristo, sino con Cristo”. Y entonces acabo de entender a amigos entrañados como Gonzalo.

Como una cosa lleva inextricablemente a otra, en la tercera entrega de su Cuarteto estacional, es decir Primavera, Ali Smith, me encuentro con: “Hablando con él comprendí que la verdadera esperanza consiste en la ausencia de esperanza”. No puedo estar más apasionadamente de acuerdo. Y así, mientras confundo una boya azotada por el mar incansable con la cabeza de un náufrago, un mar Mediterráneo mucho menos compasivo de lo que nos gusta pensar, pienso en los que ahora mismo pelean por sus vidas millas y millas mar adentro, y vuelvo a sentarme junto a la misma Ali Smith, que en los primeros compases de esta Primavera ya advierte: “Queremos que aquellos a quienes llamamos extranjeros se sientan extranjeros necesitamos que les quede claro que no pueden tener derechos a menos que nosotros lo digamos”, o: “Necesitamos que las palabras signifiquen lo que decimos que significan. Necesitamos negar lo que decimos mientras lo decimos”. Y pienso en algunos textos que incluso periodistas bien intencionados escriben sin pensar lo que escriben.

Le vuelvo a ceder la palabra a Ali Smith: “No le llames crisis migratoria, dijo Paddy. Te lo he dicho mil veces. Son personas. Es una persona, una persona individual que cruza el mundo con todo en contra. Multiplícalo por sesenta millones, todas personas individuales, todas cruzan el mundo con todo en contra en unas condiciones que empeoran día tras día. Crisis migratoria. Y tú eres hijo de migrante”. Hay palabras (expresiones) que las carga el diablo, y las repetimos como si fuéramos ángeles…, y contribuimos a la zapa del diablo.

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En fronterad acabamos de cumplir doce años en la red, y regalos como Aquí, que nos acaba de hacer Ana Lissardy en Entreabierto, su blog en esta revista, le dan todo el sentido y multiplican todo lo que hacemos, y justifican todos los desvelos.

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