Grecia: una antología para una, seguramente, definitiva decepción

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Con suerte, éste puede ser uno de los últimos capítulos de la última tragedia griega hasta que comience la siguiente, que llegará. ¿Qué conclusiones sacamos?, ¿ha frustrado las expectativas de quienes habían depositado sus esperanzas en Tsipras, Syriza y Varoufakis? Nosotros, hoy, estamos tristes. 

 

¿Está llegando a su fin la historia de la enésima crisis griega? Es posible. Mientras escribimos estas líneas, el Parlamento heleno se prepara para votar las medidas que el Gobierno envió a Bruselas hace apenas veinticuatro horas. En definitiva, lo tiene que aprobar la cámara griega y, además, mañana el Eurogrupo (reunión de ministros de Finanzas del euro) y el domingo, previsiblemente, la cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno. Aún cabe un descarrilamiento. Y no debería sorprendernos si tenemos en cuenta el historial. 

 

Hemos estado repasando los artículos que hemos escrito en los últimos meses e incluso años (tienen una selección al final) y hemos caído en la cuenta de que hay una gran incoherencia. En unos hay mucha ilusión y en otros, mucha decepción. Porque en eso ha consistido esta historia. En días de enorme esperanza, como cuando Syriza ganó las elecciones el 25 de enero, o cuando Tsipras convocó el referéndum, y sobre todo cuando vimos que más de un 60% del pueblo griego votaba «no» a la austeridad, votaba «no» a las políticas que tanto daño están haciendo sin ayudar en nada a salir del hoyo. Pero también en días de gran tristeza. Sobre todo en la noche del 9 de julio cuando vimos que todo había sido para nada. O para casi nada. ¿Exageramos? Buscamos desesperadamente a quien nos rebata. De verdad. 

 

 

Los inolvidables y buenos momentos

 

En los buenos momentos, en ese 25 de enero, en ese 26 de junio, en ese 5 de julio, pensamos que Europa podía cambiar, que Grecia, Syriza y Varoufakis iban a poner el primer granito de arena de la gran transformación que necesita la zona euro y del continente entero. Vimos mucha valentía. Por parte de todos, de Tsipras, de Varoufakis y de todo el pueblo griego. Arriesgaban muchísimo, especialmente su dinero, que empezó a correr peligro cuando se especuló con la necesidad de una quita sobre los depósitos, pero también su pertenencia a este club de ricos que sigue siendo la zona euro para emanciparse, recuperar su soberanía y su dignidad. Sería un empezar de cero y en su historia nos miraríamos otros pueblos. El sacrificio al que pensábamos que se iba a someter el pueblo griego era por un bien superior. No creíamos que ningún otro país fuera a seguir sus pasos para salir del euro, aunque alguien, en una charla en el Círculo de Bellas Artes contara que Grecia, al salir del euro, montaría su propio banco central al que pronto nos podríamos unir otros. Quizás Italia, quizás Grecia, igual también Portugal. Y, por supuesto, España. ¿Crearíamos en Europa un ALBA en contraposición con el ALCA?

 

Pero, pese a todo, lo que decíamos: no creíamos que ningún otro país fuera a seguir los pasos de Grecia para salir de la Unión Monetaria.

 

Creíamos que, quizás, toda la zona euro cambiaría para bien para que eso no ocurriera. Por establecer un paralelismo: la URSS sirvió, entre otras cosas, para crear los Estados de Bienestar en Occidente. Con ellos, los obreros no estarían tentados a montar ninguna revolución. Europa mejoraría como lo hizo cuando existía esa especie de «terror rojo». Grecia fuera del euro nos podría mostrar que otro mundo es posible, que otras relaciones internacionales son posibles. Aunque el primer golpe en forma de inflación y empobrecimiento fuera muy duro. Acabaría siendo tentador. Le leí a algún analista financiero decir que el gran riesgo al que se enfrentaba Europa era que Grecia se saliera del euro y le fuera bien.

 

¿Es muy loco lo que planteamos? Puede ser. La mayor verdad de las ciencias sociales es que no es posible realizar experimentos sin gente. Y la gente sufre. Y no queremos que lo pase mal. Por eso, quizás, ha terminado pasando lo que ha pasado. Pero nos estamos adelantando.

 

 

«Grexit» o la vacuna anti-rebeldía

 

Sigamos con un relato que quizás no fuera tan idílico como planteamos al principio. Puede que esa expulsión forzada del euro, por los rigores financieros, por la asfixia bancaria, fuera el castigo ejemplarizante para todo aquél en en cualquier otro país de la eurozona se atreviera a ser rebelde. La salida de Grecia del euro sería la vacuna contra la rebeldía, contra la heterodoxia, contra el cambio. De hecho, Yanis Varoufakis, en un artículo publicado hace pocas horas en The Guardian cuenta que, en su opinión, lo que quería Alemania era que Grecia abandonara el euro para disciplinar a todos sus socios, Francia incluida.

 

También podría haber sucedido algo mucho mejor: que Grecia y sus socios antes y ahora acreedores llegaran a un buen acuerdo. A un razonable acuerdo. A un arreglo que implicara una reestructuración de la deuda y un plan de inversiones, que supusiera volver la política keynesiana de toda la vida que evita recortar cuando una economía está en recesión. Los ajustes, de hacerlos, de ser necesarios, se dejarían para el periodo de expansión económica, una vez recuperado el crecimiento. Como una mancha de aceite, esas nuevas políticas, contrarias a las que lleva desarrollando Europa desde el año 1992, desde Maastricht, convertirían a Europa en ese paraíso social que nunca llegó a ser de verdad pero que como objetivo y utopía no debería haber abandonado nunca.

 

Creímos que iba a ser posible. Creímos que Syriza, Varoufakis, Tsipras nos iban a decir que era posible y cómo conseguirlo: con democracia, mucha democracia.

 

Tsipras se cargó de razón logrando el apoyo de la mayoría de su pueblo y del conjunto de la oposición. Pero no le valió de nada. Las estructuras europeas son férreas, inamovibles. Más todavía lo son las mentalidades y los intereses.

 

La decepción… ¿definitiva?

 

La decisión del Gobierno griego de presentar unas medidas muy parecidas a las que rechazó él mismo y la mayoría de su pueblo tiene muchas implicaciones. La primera, que la política económica que sigue mandando en Europa es la del ajuste y la austeridad. La segunda, que el llamado «riesgo moral» es tenido muy en cuenta: la burocracia europea no quiere dar malos ejemplos, sino lecciones ejemplarizantes y, por eso, nunca puede haber «ayuda» sin castigo. Y por último, las estructuras de la Unión mantienen una interesante jerarquía: al final siempre se hace lo que dice Alemania.

 

Podrá decir algún lector que lo último no es verdad. Y, desafortunadamente, tiene razón. Muchos países no quieren seguir ayudando a Grecia si no se ajusta porque, dicen, sus estándares de vida son inferiores, su sistema de protección social es peor y no consideran justo ayudar a un irresponsable que, pese a todo, vive mejor que ellos… Son, mayoritariamente, los países del Este, los que se incorporaron recientemente a la Unión Europea. ¡Y nosotros que pensábamos que se habían unido a este club para intentar converger en derechos y nivel de vida con Occidente! Pero, en realidad, parece que todos vamos a ir tendiendo hacia sus ratios de gasto social por habitante, en lugar de hacerlo hacia los de Suecia o Finlandia.

 

Pero es que Finlandia también se encuentra entre los países más duros. Y Austria. Y alguno más. ¿Por qué? ¿Por los réditos electorales que los Gobiernos consiguen manteniendo una posición intransigente con Grecia? ¿Es que los países del norte ven a los del sur con desprecio y a través de clichés (vagos, derrochones, desordenados…)?

 

Una última oportunidad perdida

 

La decepción viene porque quizás Europa ha perdido la última oportunidad de cambiar que tenía. Los partidos socialdemócratas clásicos se han demostrado ineficaces para poner en marcha o tan siquiera defender las políticas que aún llevan en sus siglas. Matteo Renzi, en Italia, y François Hollande, en Francia, se han abonado al recorte. Y el holandés Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo, ha sido uno de los principales azotes de Varoufakis. Por no hablar del SPD alemán, que gobierna con Merkel, y preside el Parlamento europeo de la mano de Martin Schulz, que sugirió la necesidad de un Ejecutivo de tecnócratas en Grecia.

 

Ha sido la última oportunidad. Por eso es muy difícil que creamos ya en nadie. Aunque, sí, estamos convencidos que Syriza, Tsipras y Varoufakis han tomado, quizás, la mejor, aunque una mala, decisión. ¿Es despotismo ilustrado?, ¿ha tomado una decisión el Gobierno contraria a la de su pueblo porque sabía lo que le convenía?, ¿la voluntad del pueblo era que sus líderes negociaran más fuerte pero sin poner en peligro su calidad de miembros del euro? El pueblo griego manifestará en las calles su parecer, como en los últimos años. Ahí deberemos poner el termómetro. Esta tarde ya hubo una primera manifestación contra la austeridad mucho menos numerosa que las que tuvieron lugar en apoyo al Gobierno la semana pasada. Los sondeos, por otro lado, siguen siendo favorables a Syriza. Aunque la gran duda es si habrá fractura en el partido en el Gobierno, si su ala izquierda se rebelará contra el líder Tsipras.

 

(Aquí, un apunte: ¿en todos los procesos de convergencia, como los que se están viviendo en España, se van a imponer los pragmáticos sobre los idealistas, los moderados sobre los radicales? Syriza es fruto de uno de estos movimientos por la unión de las izquierdas)  

 

Sí, sí, sí, es cierto, Grecia ha llegado todo lo lejos que podía sin romper la baraja. Lo contaba hoy algún analista: Tsipras ha conseguido mejor acuerdo del que podría haber logrado Samaras; además, si antes del referéndum sólo se planteaba una extensión del segundo rescate por menos de medio año, ahora tiene cubiertas sus necesidades para los próximos cinco ejercicio, porque también aumenta la cantidad de dinero: de 7.000 millones de euros a más de 50.000; y, además, la reestructuración de la deuda ha dejado de ser un tabú, aunque costará, y mucho, negociar sus términos. 

 

Pero, sí, en realidad sí, seguimos creyendo. Tal es así que pensamos que, quizás, Varoufakis no dimitió para no perjudicar a su pueblo. Quizás lo hizo para no ser el responsable de unas medidas que traspasaban muchas de sus líneas rojas: aceptar más deuda (el dinero del rescate es más deuda) para pagar deuda; continuar con la austeridad; y no acometer una reestructuración de la deuda.

 

Dijimos en alguna ocasión que Tsipras, Syriza y Varoufakis marcarían los límites de la izquierda y nos tememos que delimitan un territorio demasiado estrecho, asfixiante, escasamente ambicioso.  

 

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Una pequeña antología. Mi pequeña EGOTECA sobre Grecia:  

 

Grecia y el final de la historia

 

Grecia pierde y se nos agota la esperanza

 

Grecia, Syriza y Varoufakis le pondrán el techo a la izquierda

 

Deuda griega: una docena de ideas de quienes la están auditando

 

Corralito en Grecia: los diez hitos del fin de semana que llevaron a él

 

Grecia: seis conclusiones de las negociaciones con sus acreedores

 

Grecia, son lentejas

 

Culpables en Grecia y culpables en España

 

Grecia, España y el error de abandonar la cultura de la pobreza

 

La derrota de Syriza en Grecia: una mala noticia para España