Acerca de un 'nóstos' particular

Texto y fotos: José Manuel Navia - 21-11-2013

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Acaso todo comenzó por la definición de nóstos en mi viejo diccionario de griego:

 

νόστος ου o: vuelta a la patria, regreso; llegada, viaje, camino, salida; probabilidades de regreso.

 

O por un primer viaje a Armenia a finales de los noventa, o por mi fascinación por las grandes mesetas (donde he terminado viviendo), o por el recuerdo del madrileño barrio de La Prosperidad, donde nací (hijo de gallego y andaluza) y donde con diez y seis años andaba filmando super8 en blanco y negro… O tal vez, una vez más, por la literatura.

 

Los griegos micénicos, allá por el segundo milenio antes de Cristo, inauguran el ciclo literario de los nostoi (plural de nóstos), y con ello en cierta manera inventan el concepto de viaje en el sentido moderno. La Odisea de Homero es el primer nóstos, el más conocido y origen de todos los demás. Por ello, como le gustaba recordar a don Julio Caro Baroja, el viaje, desde la antigüedad, es modelo y metáfora de la vida humana.

 

De nóstos, además, proviene nuestra palabra nostalgia.

 

Este trabajo, al que he dedicado más de doce años, es en cierto modo una reflexión acerca de ese viaje esencial que es la propia vida, contada a través de algunas de mis fotografías. En ellas siempre he tratado de ver el mundo buscando reconocer más que descubrir, y sé que en ese mirar nos encontraremos también a nosotros mismos en un viaje en cierta forma circular, de regreso al origen.

 

Pretendo fotografiar como se escribe, e ir llenando ese viaje de imágenes como un escritor lo llenaría de palabras. Ir añadiendo fotografías a la vieja lata familiar de carne de membrillo que guarda aquellos deslumbramientos iniciales, y que, como un día escribió Julio Llamazares (en el prólogo a mi PhotoBolsillo), es la vida del fotógrafo y, al fin, la de todos los hombres.

 

Animado por la íntima convicción de que los genes de la literatura también anidan en la fotografía, algunas palabras acuden a ocupar su lugar en mi trabajo junto a las imágenes, en particular y feliz algarabía. Son reflejo de las lecturas que lo balizan y del contacto íntimo con los autores que ponen suelo bajo mis pies y de paso hacen habitable la soledad que hay que amar para ser fotógrafo, esta soledad que es necesaria para la mirada, como nos enseña Raymond Depardon.

 

El azar –me escribió Augusto Roa Bastos el 17 de julio de 1994, para un trabajo mío sobre su Paraguay natal–  teje a veces venturosas coincidencias. Por ejemplo, entre la escritura y la imagen. Entre la escritura literaria y la fotografía. Un azar que sólo llamamos azar porque ignoramos sus leyes de riguroso determinismo.

 

Para mí las citas son salteadores de caminos que irrumpen armados para arrebatar la convicción, como ya nos enseñó Walter Benjamin. Descontextualizadas y tomadas con libertad, esas citas se pueblan de sentidos y se vuelven más universales y ambiguas, más ambiciosas y también más nuestras. En su polisemia tienen más que ver con las fotografías –y más con las dudas que con las certezas– e invitan a una lectura paralela que resuene en nosotros como un eco o una letanía, o como fragmentos robados de conversaciones perdidas.

 

Así, mientras Julio Llamazares afirma el paisaje es memoria, Kant viene a precisar que la imaginación productiva funda una especie de trato con nosotros mismos. Y si Eliot sabe que con estos fragmentos apuntalé mis ruinas, Wittgenstein nos recuerda que en nuestro lenguaje está depositada toda una mitología. Sirva el ejemplo de un par de “parejas” textuales de las que jalonan Nóstos, para dar al lector una idea de la atmósfera que, con ellas junto a las fotografías, quisiera  transmitir… de ese viento del que nos habla William Carlos Williams:

 

En todo libro que se haga eco de la vida hay un viento, o el espíritu de un viento, que nos lleva hasta hacernos creer que oímos un viento real.

 

Walker Evans dijo en una entrevista, en 1971, que en sus comienzos se sintió un poco culpable, porque la fotografía le apasionaba, pero temía que pudiera ser un sustitutivo de otra cosa, por ejemplo de la escritura; y que, no obstante, se sentía muy atraído por todo lo que la cámara posibilitaba. También hablaba siempre de un documentalismo lírico que, como algo más vinculado a la historia y a lo vernáculo, permitiera al fotógrafo transformar la experiencia en imagen. Y el escritor James Agee, con quien trabajó, dejó escrito en el libro que hicieron a medias: Si pudiera no escribiría nada aquí. Serían fotografías; el resto serían fragmentos de ropa, trozos de algodón, puñados de tierra, frases aisladas… Aun así escribió cuatrocientas páginas.

 

Conozco bien esa atracción por todo lo que supone la fotografía de la que habla Evans; esa obsesión que debe acompañar a todo fotógrafo. Poseo la convicción de que la fotografía, al menos tal como la entendemos algunos y como afirma Szarkowski, nació íntegra en todas sus posibilidades. Y sé también que es un lenguaje autónomo y distinto con el que enfrentarnos a un mundo que se despliega ante nuestra cámara para ser fotografiado –las fotografías no se hacen, sino que, como un enigma o un problema, se resuelven–. Un lenguaje más antiguo que el de la palabra, como le gusta decir a Eduardo Momeñe. Creo que la verdadera fotografía se complace en la huella y no en el aura, y que debe ser ante todo signo, pues de otro modo se convierte en símbolo, es decir, en algo muerto, dejando de ser mito engendrador de vida, como nos recuerda Luis Cernuda.

 

Estas convicciones y algunas más tejen el hilo de mi vida, una vida dedicada en cuerpo y alma a la fotografía, en la que sólo he querido y sabido encontrar hueco para el imprescindible y gozoso calor de los afectos y el generoso aliento de las palabras. Éstas también me alcanzaron de la mano de quienes me acompañan en este particular viaje: un día Marta me escribió en la dedicatoria de un libro un verso de Emily Dickinson: No es la revelación lo que nos aguarda, sino nuestra mirada inmaculada. Y hace unos años Carmen me hablaba en una carta del privilegio de vivir como nosotros, con esta mezcla de nostalgia y libertad. Todo ello tiene que ver con la fotografía.

 

 

 

 

José Manuel Navia es fotógrafo. En FronteraD ha publicado Sergio Larrain. Su web es Navia y Ediciones Anómalas es quien ha publicado Nóstos

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