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    De cine y precariedad de la vida, aquí, hoy. A partir de ‘A cambio de nada’, de Daniel Guzmán

    Gloria Serrano - 10-03-2016

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    Se supone que es una película en la que se habla de esas cosas, unas gratas, otras no tanto y todas memorables, que nos pasan durante la juventud y donde, obviamente, el protagonista es un joven. Un filme más modesta en su narrativa, pero similar en emociones y sucesos a Momentos de una vida (Boyhood, 2014), nominada a los Oscar 2015. Se supone que el guionista, que también es el director, centra la trama en un momento álgido de la vida de un chico español con problemas individuales y de familia, igual que ocurre en la serie televisiva Cuéntame cómo pasó o como antes, a finales de los ochenta, se planteó en Aquellos maravillosos años, la serie norteamericana creada por Carol Black y Neal Marlens que, por cierto, en Argentina se conoció bajo el mojigato título de Creciendo con amor.

     

    Se supone que va de eso; en palabras de Benedetti, del día en que se llora por todo lo que no se lloró en su momento, de cuando la vida se resquebraja, de la porquería que ocluye la garganta y nos hace expectorar porque la juventud es bisoña y porque no sabemos manejar el desasosiego que causa, sencillamente, no saber qué hacer en determinada situación. Si fuera Ferdinand de Saussure o Ludwing Wittgenstein, diría que eso denota la cinta de Daniel Guzmán, ganador en 2003 del Goya a mejor cortometraje de ficción y ahora, en 2016, en la categoría a mejor dirección novel por A cambio de nada. Pero incluso a Wittgenstein, con toda su lógica filosofía, se le atravesó el sinsentido de la existencia y quizás por eso decidió escribir que “todos llevamos una manzana podrida en la carne” o aquello de “nadie, por experto que sea en la semiótica, podrá hablar de la humedad que causa a nuestra alma la palabra agua”.

     

    Así que, haciendo un guiño a la justicia, se vuelve requisito decir que A cambio de nada es una pieza cinematográfica con más carnita, que connota algo más o –como diría Virginia Wolf– que durante su realización aspiró a ofrecer una pepita de verdad. Si tuvieron oportunidad y deseos de ver la gala de los premios Goya, y si además avisparon lo suficiente su tercer ojo, el que propicia reacciones de sorpresa o de indignación, no pudieron pasar por alto la mirada sincera y conmocionada de Miguel Herrán al recibir el Goya a mejor actor revelación por su interpretación de Darío, un chico tan defectuoso, imperfecto y ambiguo como la sociedad, como la política, como los Goya, como todo en lo que interviene el ser humano. Y vaya que sí fue una grata revelación la que hizo Guzmán con la decisión de plantar frente a la cámara a un chico cualquiera y “darle una vida”, como manifestó el actor en embrión.

     

    Pero antes de continuar, permítanme hacer algunas precisiones, entre ellas, que cuando digo “chico cualquiera” no lo hago con desdén, sino para resaltar que –en el mundo real– Miguel es un cuerpo palpable, un corazón agitado que bien podría ser el hijo de su vecino, o de su propio hijo o ustedes mismos a esa edad. Pero tampoco nos quedaremos petrificados en el primer peldaño de la escalera, en la escena rosa y conmovedora que se televisó el domingo 7 de febrero y fue exaltada en las horas posteriores, de forma inevitable, por diversos medios de comunicación. Mejor vayamos a lo subterráneo o, si se prefiere, a lo que está tan declarado y expuesto que se deja de apreciar en toda su dimensión. Y sucede así porque la inmediatez y el pensar por lo regular no hacen buenas nupcias; también porque la urgencia mediática exige ver y reseñar un filme cuando está en exhibición, o al darse a conocer la lista de nominados a determinado premio, o porque pensamos que después carecería de significación, como si la narrativa cinematográfica tuvieran una vigencia, un deadline. Como si hubiéramos visto una sola vez La lengua de las mariposas, Ese oscuro objeto del deseo o Todo sobre mi madre.

     

    Huelga decir que el hechizo del cine no se lleva con la brevedad ni con el pensamiento compacto ni con los textos descriptivamente gélidos y que, en este caso, un segundo vistazo a la biografía de Darío y a la de Miguel plantea, además de la crónica veraniega, un asunto que es y seguirá siendo el recurso inmejorable de músicos y poetas: la tristeza humana. Tristeza que domeña y que en la actualidad pareciera omnipresente; tristeza de la que uno intenta salvarse a veces con música, otras con poesía, sí, pero también con el séptimo arte y la compañía de personajes tan ordinarios como Luismi, Caralimpia y Antonia. Les hablo de la desdicha, multifactorial, que ahora hemos dado en llamar precariedad al verla reflejada en lo laboral o económico, pero que condensa tanto las innumerables decisiones personales como el modo de ser y vivir en comunidad; es decir, que tiene un carácter social. Este maravilloso planeta, tal como lo habitamos, se ha vuelto un irresoluble juego de antinomias que deja desnuda nuestra imposibilidad de procurarnos auténtico placer y de sentir que la vida es agradable a pesar de las contrariedades, de los tropiezos inherentes a transitar por la cotidianidad. Chicos a los que el aprendizaje en un aula ya no seduce sus mentes; hombres y mujeres de ademanes secos, cuyo segundero avanza en el sopor de empleos que no los satisfacen; ancianos que aspiran a otra cosa que no sea la de esperar su muerte, pero que no encuentran sitio decoroso en una sociedad que los relega en su incansable marcha. Toda esta densa vacuidad está retratada tenuemente en A cambio de nada.

     

    “Cuando cedan las costuras bajo el peso, ¿adónde irá a desaguar todo el azulverde acumulado?”, se preguntó Emilio Adolfo Westphalen. Yo también lo hago al contemplar el gigante costal de arena en que hemos convertido las ciudades, los pueblos, las casas, nuestros cuerpos.

     

    Noam Chomsky afirma que “es el momento más crítico en la historia de la humanidad”, haciendo referencia a la dinámica internacional que tiene como eje los afanes imperialistas de Estados Unidos, a los que se suman el cambio climático y los conflictos armados en distintas regiones del mundo. Sí, es eso y es la aflicción en el rostro descompuesto de la madre de Darío y en el de cualquiera de los refugiados sirios que se apiñan diariamente en la frontera con Turquía tras cinco años de conflicto bélico, sean o no motivo de noticia. Son los niños y niñas que huyen, los que sobreviven, los que reclutan y adoctrinan, y los que mueren, sepamos o no de su corta presencia. Aquí, en España, son los datos de la Encuesta de Población Activa que indican una tasa de paro del 46,2 por ciento en la población de 16 a 24 años y los pobres que en Madrid, cada noche, hacen fila en la plaza Tirso de Molina para recibir un vaso de caldo caliente y un bocadillo que guardarán para desayunarlo por la mañana. Y en la Unión Europea son, de acuerdo con Eurostat, el 24,4 por ciento de personas en riesgo de exclusión social. Pero como les decía, el instinto más básico nos hace buscar si no respuestas sociológicas irrebatibles, al menos salidas o puertas que conduzcan hacia el entendimiento.

     

    Vi La cueva de los sueños olvidados (2010), escrita, dirigida y narrada por Werner Herzog y, prestando atención al metódico ingreso del equipo interdisciplinario de expertos a la cueva de Chauvet, al sur de Francia, pude advertir una ruta heurística, otro método de argumentación y, en consecuencia, una manera distinta y pertinente de interpretar la precariedad. Al interior de esta pinacoteca paleolítica todo es escaso, limitado: el equipamiento, la luz, el espacio, el tiempo, el sonido. A Herzog se le permitió la entrada acompañado únicamente de tres personas, el cineasta Peter Zeitlinger, el ingeniero de sonido Eric Epitzer-Marlyn y un asistente; es decir, que unos cuantos hicieron lo que debían hacer con los recursos disponibles y, abstrayéndose de aquello que no tenían, le permitieron a su mente ocuparse en el asombro visceral que causa estar frente a sencillos, precarios dibujos en las entrañas de un acantilado que develan un universo camuflado entre cristales de calcita. Pinturas originadas hace más de treinta mil años por hombres de la Edad de Piedra esbozando su particular historia, su profundo vínculo con la tierra, con la misma destreza aplicada para lanzar una flecha e incrustarla, certeramente, en el omóplato de un rinoceronte.

     

    Pero estos privilegiados exploradores no se detuvieron ahí, minuto a minuto su fascinación los llevó a comparar y combinar hallazgos para tratar de entender cada imagen, cada evento y el conjunto. Y el asumirse ante un descubrimiento en suma valioso, hizo que se consagraran a resguardar, palmo a palmo y estrictamente, esa gruta de oscuridad que les proveía una iluminación superior. Y solo entonces utilizaron la tecnología para producir sapiencia. Y la colección de esto que les digo, acompasada por el sutil chirriar del violín y la flauta de fondo, hizo que me cuestionara sobre los beneficios que podríamos obtener si aprendiéramos a sacar provecho de la precariedad contemporánea, si tratáramos de comprender, como ellos, cada imagen, cada evento y el conjunto. Si fuéramos capaces de comparar y combinar hallazgos y, solo entonces, hacer uso de los saberes técnicos y científicos que poseemos a fin de obsequiarnos una dosis de complicidad para sonreír y otro tanto de lucidez compartida o, como Virginia Wolf y Daniel Guzmán, para extraer del inagotable cauce informativo 22 quilates de honestidad, libres de impurezas, que podamos sostener entre las manos. Innovación pública, comunidades de aprendizaje, gestión del conocimiento, ciencia en acción, conforman el vasto repertorio de encumbrados términos que hoy se emplean para explicar esto que prefiero resumir como la legítima y asidua aspiración del ser humano a escribir un relato digno de sí mismo en alianza con sus semejantes. 

     

    Los periplos de Darío en A cambio de nada, traen a la conversación la intensidad de los sueños, las obsesiones y los deseos; también la fuerza del sufrimiento cuando de repente nos acorrala y su opuesto, el vigor que las relaciones afectivas nos proporcionan para saltar y librar los inconvenientes que surgen cada día. Así, sin más, su gesto amilanado da cuenta de la trascendencia social que tienen aspectos tan personales como el perdón de un amigo o la empatía de un padre. Por igual, el documental de Herzog alude a lo sustancial de la vida que siempre encuentra su mejor escondite en las cosas simples, las que para percibirse precisan de una acción tan asequible a todos como observar; un ejercicio que al estudioso de la prehistoria Jean Clottes, quien intervino en la investigación de la cueva de Chauvet, le hizo aventurarse y objetar la fatua definición de Homo sapiens, “hombre que sabe”, ya que –sugiere– en realidad no sabemos tanto como creemos, por lo que deberíamos desconfiar de esta categorización o, mejor aún, sustituirla por la de Homo espiritualis y, haciendo un acto de humildad, examinar dos conceptos clave para el hombre de Cromañón: la fluidez de la vida y la porosidad del ser humano. Transformación y vulnerabilidad, un binomio que el filósofo francés Michel Serres refiere como la pluralidad dinámica, responsable de las contingencias cuando dos diferencias, dos pieles como las nuestras se tocan.

     

    Por su parte, Jean-Michel Geneste, otro de los arqueólogos involucrados, a partir de su irrupción en este enigmático hueco de la naturaleza, infirió que la esencia de la humanidad, “el alma humana moderna”, reside en nuestra capacidad de adaptación al entorno y en la necesidad de comunicar algo perdurable, de construir memoria, de transferir un conocimiento. Como verán, La cueva de los sueños olvidados no representa, en exclusiva, una inigualable muestra de arte rupestre figurativo designada por la Unesco en 2014 como Patrimonio de la Humanidad; así como tampoco la comunicación en nuestra época se consigue, simplemente, enviando y recibiendo tuits o pormenorizando, a toda velocidad, los premios a lo mejor de la cinematografía española. ¿Qué indicios contarán nuestro paso por el planeta a quienes lo habiten después? ¿Cuál será nuestra herencia, cuál el aprendizaje que los llevará a crear algo nuevo? Tal vez habría que comenzar por ver más cine o por redefinir lo precario o, como ha sugerido Marina Garcés, por sacar la filosofía de las aulas –de las cavernas– y llevarla a las calles, antes de responder.

     

     

     

     

    Gloria Serrano es periodista mexicana, decidida a mantener sus quinientas libras y una habitación propia, que ha complementado sus estudios con un Máster en Gestión de Políticas y Proyectos Culturales (Universidad de Zaragoza). Actualmente es corresponsal en Madrid del periódico La Jornada Maya. Entiende la cultura como un eje transversal que toca todas las áreas del quehacer humano, lo que califica como “cultura de banda ancha”. “Saber mirar y saber decir” considera son los principales retos del periodismo que aspira a no quedarse en el olvido contando algo más que una simple historia. En Twitter: @gloriaserranos

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