Amaya Bozal. "Ruanda y Uganda 5". Collage, pigmentos y acuarelas sobre papel hecho a mano. 100 x 80 cm.

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    Descenso a Ruanda. Genealogía de un genocidio: “Todo estaba preparado y nadie hizo nada”

    Nacho Carretero - 25-12-2014

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    Eso de los hutus y los tutsis

     

    “Es que Ruanda es un país muy complicado. Muy complicado”. Lo susurra cada cinco minutos Paul. Como un leitmotiv de su discurso, un mantra para dejar claro que o se empieza por el principio y se explican bien las cosas o Ruanda se convierte en un jeroglífico absurdo. Paul es el nombre ficticio de un vecino de Kigali que es hutu. Es un nombre ficticio porque en la Ruanda actual no es aconsejable hablar demasiado sobre el genocidio, de modo que Paul se convierte desde ahora en un confidente. Estaremos con él enseguida.

     

    Nombrar Ruanda tiene un efecto resorte que dispara los conceptos hutu y tutsi, dos de los pueblos que habitan en el país. A partir de ahí, las preguntas imprescindibles: ¿Son dos etnias? ¿Se distinguen entre ellos? ¿Quiénes fueron los que mataron a los otros? Hagamos caso a Paul. Comencemos por el principio.

     

    Si alguien puede decir que ha vivido en Ruanda desde el minuto uno, que Ruanda es su hogar sin la mínima grieta de duda, esos son los pigmeos. En concreto, los pigmeos de la etnia batwa, actualmente conocidos como twa. Se trata de un pueblo cazador y recolector que habita en la región de los Grandes Lagos desde la antigüedad. Y esto es decir mucho, porque una gran parte de la antropología considera que fue en esta zona de África donde los primeros seres humanos, literalmente, echaron a andar. Actualmente en Ruanda los twa suponen solo el 1% de la población. Como el anfitrión de una casa que se opone a la fiesta que ya se está celebrando, los twa vieron cómo otros pueblos llegaban, se instalaban y ponían la música a todo volumen. Estos invitados a los que se les fue la mano eran dos pueblos que terminarían conociéndose como hutus y tutsis.

     

    Todavía en la antigüedad, los pueblos agricultores de la zona que hoy es la República Democrática del Congo llegaron a las colinas ruandesas. Eran los pueblos bantú, que en Ruanda se llamarían hutus. No tuvieron ningún problema –que se sepa– con los twa, como tampoco lo tuvieron con los pueblos nilóticos que descendieron desde el norte etíope con sus rebaños, pueblos ganaderos que pasarían a conocerse como tutsis. Si bien el origen señala dos pueblos diferenciados, es delicado hablar de dos etnias ya que han pasado miles de años desde su llegada a Ruanda. Durante todo este tiempo, que es como decir durante todo el tiempo, ambos pueblos convivieron y se mezclaron. Su única diferencia fue la dedicación: si eran agricultores eran hutus y si eran ganaderos eran tutsis. De fondo, en silencio, los twa: cazadores. En buena lógica los agricultores hutus tenían menos recursos que los ganaderos tutsis, con lo que la diferencia se convirtió enseguida en un asunto de castas. Durante los siglos que preceden al colonialismo europeo, hutu y tutsi era una distinción social, si cabe económica, hasta el punto de que un hutu que se hiciera con vacas podía convertirse en tutsi y un tutsi que lo perdiera todo y se viera empujado a trabajar la tierra pasaba a ser un hutu. Los tutsis, pues, eran la clase dominante, con cargos políticos y militares mientras que la mayoría de hutus eran vasallos. Aquella Ruanda era un reino, uno de los pocos de África, por cierto, que después devino en estado moderno ocupando casi el mismo territorio y con el mismo nombre. En algunas zonas de este reino las diferencias hutu/tutsi ni siquiera existían, lo que demuestra la permeabilidad de la distinción. Este fenómeno se dio también en los territorios vecinos, Uganda y Burundi, donde actualmente la población también se divide en hutus y tutsis, además de en toda la zona este del Congo.

     

    Los rasgos físicos, en principio diferentes, también se diluyeron con el paso del tiempo. En origen los hutus eran de nariz chata, bajos, de tez muy oscura y labios gruesos, mientras que los tutsi eran más afilados, altos, de nariz larga y tez más clara. Hoy estas características perviven como estereotipos y diferenciar a un hutu de un tutsi podría equivaler a diferenciar a un chaval de Andalucía de otro gallego basándonos en el físico. Otra cosa es lo que sucede entre ellos. Evariste, un ruandés hutu que vive en España desde hace años y que de nuevo prefiere mantener su verdadero nombre en el anonimato, explica que “en general, sí nos diferenciamos. Sabemos con cierta claridad quién es tutsi y quién es hutu. Si no nos damos cuenta por los rasgos lo hacemos por la vestimenta, sobre todo en las ciudades. En los pueblos y aldeas ya es más difícil hacer la distinción, así que, si queremos saberlo, en Ruanda tenemos una pregunta: ¿Tú cómo sobreviviste a la guerra? Si te lo cuenta, es tutsi. Si te dice que estuvo en el Congo, es hutu”. Y Evariste termina su explicación con una gran sonrisa de momento algo enigmática.

     

    Todo lo descrito hasta aquí responde a conclusiones antropológicas más o menos aceptadas por quienes estudian este escenario. Sin embargo, el asunto está sujeto a debate en Ruanda. Sigue habiendo ruandeses, como ya veremos, que sí se consideran dos etnias diferenciadas. Ni siquiera la base de todo, la identidad más primigenia, es una verdad absoluta en el país, lo que da idea de hasta qué punto sigue habiendo una brecha sin cerrar. Si no hay base, es difícil comenzar a edificar. Ese es uno de los grandes problemas en Ruanda. Todavía más: según el uso que se dé a los conceptos hutu y tutsi se puede comprender –y hay hasta quien puede justificar– los capítulos de violencia vividos por el país. La diferenciación hutu/tutsi no es sólo un problema conceptual. Es también un peligro.  

     

     

    Los europeos se pusieron a medir la nariz a los tutsis 

     

    El antropólogo ruandés Canisius Niyonsaba, autor del libro Orígenes de la ideología hutu-tutsi en la tradición de los Grandes Lagos y sus indicios de superación, expone que, sobre todas las cosas, y como suele ocurrir, las identidades hutu y tutsi se definían por oposición. Era hutu quien no era tutsi y viceversa. Pero, como el título del libro señala, el autor trata ambos conceptos como ideas, casi como un problema de mentalidad que es necesario superar. Si la diferencia hutu/tutsi era una cuestión económica y social, puede deducirse que con un progreso económico y estructural adecuado, Ruanda podría haber dejado atrás esta distinción de castas, como ya se trata de hacer, por ejemplo, en ciertos círculos urbanos de la India actual. Pero –siempre hay un pero y más en Ruanda– llegaron los exploradores europeos, con sus cascos y bigotes. Y también con sus ideas.

     

    Una de estas ideas era el convencimiento antropológico de que existía una raza dominante en África, una suerte de pueblo superior que dominaba a los demás. Es una teoría que recogen varios autores de la época y que hizo furor en los círculos académicos del siglo XIX. Uno de los autores que más influyó en esta propuesta fue John H. Speke, quien defendía que los pueblos etíopes y nilóticos en general (es decir, el origen de los tutsi) eran pueblos dominantes y más avanzados que los habitantes de Centroáfrica. Curiosamente, el pueblo elegido era el de rasgos más suavizados, tez más clara y cuerpos menos musculados. Es decir, eran los más parecidos a los europeos. Por el contrario, los denominados pueblos negroides eran más rudos, más atléticos y más oscuros. Si de verdad los colonizadores se creían o no esto es debatible. Puede que simplemente lo utilizasen como pretexto para aliarse con las élites de la región y controlar el territorio a través de esa supuesta raza superior. Lo único evidente es que ahí comenzaron los problemas.

     

    En el memorial del genocidio de Kigali, como en la mayoría de los 72 memoriales que hay en Ruanda, se explica con empeño que antes de la llegada del colonialismo no se conocen problemas violentos entre tutsis y hutus. Es un discurso grabado a fuego: los primeros enfrentamientos entre ambas identidades surgieron con la llegada de los europeos. Es difícil saber si esto es verdad porque nada de la historia precolonial de Ruanda ha quedado recogido por escrito, solo son tradiciones orales. De tanto repetirlo uno acaba creyéndolo. Y asumiendo que los europeos, una vez más, tuvimos la culpa.

     

    En 1897 Alemania toma el control del reino ruandés y años más tarde la Liga de las Naciones entrega el territorio a Bélgica. No es un recurso de imagen: los belgas llegaron a Ruanda con básculas y cintas de medir para corroborar lo que ya tenían claro: que estaban ante dos razas distintas. Midieron la nariz de los tutsis y concluyeron que eran más largas y estrechas. Tomaron medidas de los cráneos y cajas torácicas. Y después los médicos debieron darse la mano entre ellos contentos de haber confirmado lo que deseaban confirmar.

     

    Con la ciencia de su lado, los administradores belgas clavaron un puñal en el reino de Ruanda que nunca dejaría de sangrar. Los belgas polarizaron una sociedad incapaz de enfrentarse a la diferencia. Los hutus porque no tenían voz ni voto, cultura ni formación. Los tutsis porque no les convenía: enseguida, como raza superior, se hicieron con todos los nuevos puestos de control. Los belgas designaron a los reyes, que se convirtieron al catolicismo (hoy Ruanda es, posiblemente, el país con más tradición católica de África) y comenzaron a manejar el reino a través de las familias monárquicas tutsis, mientras los hutus se establecían en clases bajas. En 1933 llegó la culminación. Bélgica decidió dotar a la población de una tarjeta de identidad en la que se especificaba la etnia: hutu (85%), tutsi (14%) o twa (1%). La división había sido completada. Las identidades, fijadas. El odio, sembrado. Desde ese momento no importaba lo que un día significó ser hutu o tutsi. Deja de tener sentido todo el análisis que usted, querido lector, haya asimilado hasta este punto. Da igual si fueron dos etnias o dos castas, si hubo o no problemas entre ellos o si los hubiera habido de cualquier modo sin colonialismo: hutus y tutsis se convirtieron definitivamente en dos cosas distintas. Y una estaba por encima de la otra.

     

     

    La revolución hutu

     

    Desde la llegada de los belgas y sus documentos de identidad en los años 30 del siglo XX no ha habido un solo mes de vida ruandesa que el gobierno no fuera mono-étnico. Primero los tutsis, después los hutus y de nuevo los tutsis. Aunque cada vez con mayor sutileza.

     

    El control belga del reino a través de las élites tutsis se extendió hasta finales de los años 50, cuando la ya existente ONU comenzó a presionar para que se allanara el camino de la independencia del país. Durante ese período, la militancia hutu fue tomando conciencia de su situación y formando partidos políticos clandestinos y agrupaciones, mientras que la élite tutsi seguía administrando el país para mayor gloria de Bélgica. En 1957 apareció la primera grieta en la estructura ruandesa: un grupo de intelectuales hutus lanzó El Manifiesto, un texto en el que, lejos de llamar a la unidad nacional hacía hincapié en la diferencia y hacía suya la polarización del país. “Si somos distintos y además somos el 85%, ¿qué hacemos sometidos?”. Los belgas presagiaron lo que se aproximaba y no perdieron el tiempo: convocaron elecciones y en un rápido cambio de chaqueta se pusieron del lado del pueblo, esto es, la mayoría hutu. El 1 de noviembre de 1959, Dominique Mbonyumutwa, un activista hutu de la provincia de Gitarama, fue apaleado por un grupo de tutsis hasta dejarlo al borde la muerte. Este ataque se considera en Ruanda como el primer incidente racial entre hutus y tutsis. Pretende avalar la hipótesis de que antes del colonialismo no existían este tipo de enfrentamientos.

     

    La reacción fue desmedida. Al día siguiente estalló una revolución. Miles de hutus se echaron a la calle y quemaron cuanto hogar tutsi hallaron a su paso. Fue la primera gran matanza. Dos semanas de violencia que, según la ONU, dejaron 200 muertos y 317 heridos, cifras que hacen sonreír en Ruanda, donde el gobierno actual considera aquella matanza de 1959 como el primer genocidio ruandés. Se cree que miles de tutsis fueron asesinados a machetazos y muchos más huyeron a la vecina Uganda, país bajo una férrea dictadura tutsi y santuario para sus hermanos ruandeses. Aquellos desplazados del 59 son la piedra angular de todo lo que ocurrirá después. Atención: no olviden este grupo numeroso de tutsis que se instalaron en Uganda en 1959 porque son ellos los que permiten entender casi todo lo que sucedió posteriormente.

     

    Frank, periodista ruandés que –otra vez– pide ocultar en esta ocasión su apellido, es nieto de aquellos refugiados. Sus padres nacieron en Uganda y él también. Pero lo tiene claro: “Yo soy ruandés”. Como otros tantos pueblos refugiados, no importa las generaciones que pasen, la identidad sigue clara, impermeable al estado al que pertenezcan. Los ruandeses huidos a Uganda en el 59 nunca dejarían de serlo hasta su regreso. Porque regresaron. 

     

    Todavía en 1960, los hutus, victoriosos en su revolución, se organizan en partidos políticos y consolidan el respaldo de Bélgica. Sin presencia política tutsi se decide una farsa de elecciones en las que el partido hutu MDR se impone con el 95% de los votos y ganan en el 99% de los distritos. Los escandalosos resultados provocan una nueva estampida. La nobleza tutsi huye (de nuevo a Uganda) y los tutsis sin recursos que se quedan encaran una época en la que, salvo respiros concretos, se les mantendrá aplastados, amenazados y marginados. Eso los que logren mantenerse vivos.

     

    En un año el nuevo partido, de la mano de la administración belga, cambia la monarquía por la república mientras la ONU advierte aleccionadora a Bruselas: “Lo que han hecho es originar la dictadura racial de un partido (…) han sustituido un régimen opresor por otro”. No fue la primera (ni mucho menos la última) advertencia de la ONU que cayó en saco roto ante un conflicto. El MDR siguió adelante con el apoyo belga y el 1 de julio de 1962 Ruanda proclamó su independencia. Nacía un estado. Y lo hacía con dos naciones bajo el brazo.

     

    Algunos de los tutsis monárquicos en el exilio se organizaron en guerrillas para intentar retomar el poder y llevaron a cabo incursiones desde Uganda o Burundi, matando a ciudadanos hutus. Esto repercutía en forma de venganzas, suscitando una constante atmósfera de tensión. Las guerrillas invasoras fueron denominadas por el gobierno como cucarachas, apelativo que perdurará hasta el genocidio de 1994. Durante los siguientes años cada uno de los ataques de las guerrillas tutsis desde el extranjero era interpretado por el gobierno como un ataque de todos los tutsis contra los hutus, de modo que las respuestas eran desproporcionadas. Por cada incursión, miles de vecinos tutsis, muchos de ellos a cientos de kilómetros de ese lugar y sin haberse enterado de nada, lo pagaban con sus vidas. Se alentó una caza contra el tutsi en la que era rara la semana que no se producían asesinatos o quemas de viviendas. Los ataques más graves ocurrieron en 1963 y 1964, otras dos fechas señaladas en el calendario de sangre ruandés. Entonces, y si nos ceñimos a la definición de genocidio, tuvieron lugar dos de ellos que pasaron inadvertidos para el mundo occidental. Al menos mucho más inadvertidos que el que estallaría en 1994, el año del horror.

     

     

    “Que levanten la mano los tutsis”

     

    “¿Mi vida antes de 1994? Bueno, tenía dos brazos”. Benuste Karasira, el hombre que arrancaba este relato, contiene la sonrisa: perdió la extremidad por una granada durante el genocidio. Benuste vive en una zona de clase media de Kigali, la capital. En su barrio, como en todos los núcleos urbanos de Ruanda, hutus y tutsis viven mezclados. No existen guetos ni separaciones. Nunca existieron. Incluso en las épocas más convulsas la población no estaba segregada y se mantenían algunos matrimonios mixtos.

     

    “No puedo recordar todo, pero sí me acuerdo bien que de joven tenía mi documento de identidad en el que se leía que era tutsi. Si cualquier autoridad me lo pedía, si viajaba y en cualquier control me lo pedían, todo el mundo ahí sabía que era tutsi. Y eso a veces no era una buena noticia”, dice Benuste. “El 94 fue la culminación de algo que llevaba muchos años ocurriendo. A principios de los años 60, cuando yo era niño, en el colegio solo podía haber, por ley, un máximo de un 14% de tutsis. Los demás se quedaban fuera. Era bastante normal que la profesora llegara y preguntara: ¿Cuántos tutsis hay aquí? Y nos teníamos que poner de pie. Así desde pequeño vas aceptando eso como normal, como una realidad, porque no puedes quejarte a nadie, ni tus padres tampoco. De joven te das cuenta que tampoco puedes ir al ejército. Cuando yo era chaval solo un oficial de todo el ejército era tutsi. La segregación era completa”.

     

    —¿Recuerdas algún ataque contra los tutsis?

    —En 1963 recuerdo que hubo muchos problemas en el barrio. Mataron a algunos vecinos. Atacaron nuestra casa, pero no pasó nada. Muchísima gente se fue durante aquellos años. Muchísimos tutsis, quiero decir.

    —¿Por qué no os fuisteis vosotros entonces?

     

    Benuste sonríe de nuevo, esta vez con una mueca de cierta burla que toca en desprecio.

    —Pues porque éramos pobres, no podíamos. Los pobres nos quedamos.

     

    En el año del que Benuste habla, 1963, se produjo una contundente incursión de guerrilleros tutsis desde Burundi, que llegó a plantarse a 20 kilómetros de Kigali. Aunque fueron finalmente barridos por el ejército (con el apoyo de los soldados belgas), la respuesta posterior del gobierno hutu fue desmedida. El entonces presidente de la república, Gregoire Kayibanda, ordenó aquel mes de diciembre “limpiar la maleza de contrarrevolucionarios”, y comenzó una matanza contra civiles tutsis que el periódico Le Monde calificó en sus páginas de “verdadero genocidio”. No existen cifras oficiales, pero algunas estimaciones hablan de 14.000 asesinados. En 1964 y 1966 se repitieron ataques violentos contra población tutsi. Entre medias, el gobierno aprobaba leyes cada vez más restrictivas contra ellos, los apartaba de la escuela, universidad, ejército o cualquier otro puesto o lugar de responsabilidad o formación. Conseguir trabajo para cualquier vecino tutsi también era un chiste. En general, estaban desplazados de la vida pública normal del país. Eran cucarachas.

     

    Bealta Kabagwira es tutsi, también vecina de Kigali, y también recuerda aquellos años de su infancia. En la École Primaire de Ginkoro sentaban a los tutsis en las filas del fondo de la clase. “Estábamos señalados, pero de niño piensas que eso es así, que es normal y no le das más vueltas”, explica. Bealta es otra superviviente de aquellos ataques y, sobre todo, porta la etiqueta de superviviente del genocidio de 1994. “En secundaria saqué muy buenas notas, pero no me dejaron ir a la universidad. Eres tutsi, recuerdo que me dijo mi profesora. Le pregunté por qué nos separaban en clase y me respondió que todo eso tenía un fin. En aquel momento no le entendí. A mi hermano –prosigue– no le dejaron ir a la escuela. Un día se escapó de casa por la mañana porque quería ir al colegio. Regresó a las pocas horas con la cara llena de golpes. Le habían pegado una paliza por ser tutsi. El peor recuerdo que tengo de aquellos años es que no podías quejarte a nadie, no podías acudir a la policía si, por ejemplo, a tu hermano le habían pegado una paliza. Estábamos completamente apartados. Solos”.

     

    En 1966 las guerrillas tutsis en el exilio se disolvieron, cansadas de acumular derrotas. La mayoría de los milicianos decidió enrolarse entonces en el ejército ugandés, aprovechando su experiencia en combate. Parecía una simple búsqueda de salida profesional, pero esta multitudinaria vocación militar ocultaba una verdadera razón que se revelaría tres décadas más tarde.

     

    De momento, las cifras señalaban que 250.000 tutsis habían huido de Ruanda. Los que se quedaron, como Bealta y Benuste, siguieron acumulando odio y violencia ante un país dominado de forma racial por los hutus.

     

     

    “Son los del 59, que vuelven”

     

    En 1972 Richard Nixon fue relegido presidente de Estados Unidos, once atletas israelíes fueron asesinados en Múnich, Marlon Brando rechazó el Oscar por su papel en El Padrino y en una iglesia de Galdakao (Vizcaya) seis etarras irrumpieronn en plena misa y leyeron un comunicado que terminó en ovación. También, aunque no figura en casi ninguna lista de efemérides, cien mil personas –cien mil– son masacradas en Burundi. Cosas que pasan.

     

    En aquel año Burundi vivía bajo un régimen de terror tutsi, lo inverso a lo que sucedía en Ruanda. Un intento de sublevación por parte de la población hutu desembocó en una campaña militar sin precedentes en el país que acabó con el asesinato de cien mil hutus durante la primavera de aquel año. Un genocidio cuya onda expansiva sacudió Ruanda. El presidente ruandés Kayibanda encargó al general Juvénal Habyarimana una batida en respuesta al ataque tutsi en el país vecino. En esta ocasión solo –solo– hubo que lamentar unos cientos de muertos, aunque otros cien mil tutsis huyeron y se convirtieron en nuevos refugiados. El general Habyarimana le cogió el gusto a dirigir la represión en el país y en julio de 1973 dio un golpe de estado y proclamó la segunda república ruandesa, que encabezaría desde ese momento y hasta su muerte en 1994.

     

    Es paradójico, pero con Habyarimana comenzó un período de cierta estabilidad en el que, aunque los tutsis seguían marginados a todos los niveles, no se dieron casos de matanzas y el país se abrió diplomáticamente y estrechó lazos con los países vecinos. El general se reveló por momentos como un presidente demasiado bueno. Tanto que incluso retomó contactos a finales de los años 80 con la diáspora tutsi para tratar la cuestión de los refugiados. En ciertos círculos del gobierno la mano blanda de Juvénal no gustaba demasiado, empezando por su señora, Madame Agathe, quien –según dicen en Ruanda– comenzó, en la sombra, a tomar las riendas del país. Rodeada de los hombres de confianza de su marido, mucho más radicales que el presidente, cuajó a finales de los años 80 una suerte de círculo de poder, un lobby dentro del gobierno que más tarde se conocería como akazu, que se podría traducir del kinyarwanda –idioma autóctono del país– como la casita. La existencia de la casita no es oficial. Ni siquiera está clara, como suele pasar con casi todo en Ruanda. Para algunos se trata de una invención para disculpar al gobierno de aquellos años. Para otros, la akazu fue una realidad responsable de la radicalización racial. Sea como fuere, quienes simpatizaban con aquellas ideas extremas impulsaron el origen de lo que después, durante la guerra, sería Poder Hutu, un partido racista y genocida.

     

    Entre los miembros de aquel núcleo duro se encontraban inquilinos como Hassan Ngeze, director del periódico Kangura, del que obligatoriamente hablaremos enseguida y que se convirtió en altavoz del odio, o Léon Mugesera, instigador del genocidio y autor de algunos de los discursos más incendiarios y violentos que se recuerdan. El presidente Habyarimana llegó a ser considerado casi como un estorbo que, para escozor de los radicales, promovía cada vez más aperturismo, permitiendo a los tutsis acceder a ciertos puestos y consintiendo la formación de partidos políticos opositores.

     

    El colmo tomó forma la tarde del 1 de octubre de 1990, cuando una guerrilla tutsi volvió a entrar en Ruanda veinticuatro años después. Pero en esta ocasión no se trataba de un grupúsculo de tipos mal armados. De la noche a la mañana los soldados ruandeses del ejército ugandés desertaron sin previo aviso. En la sombra, en el más absoluto secreto, los ex guerrilleros tutsis –al amparo del ejército vecino– habían estado formando una milicia rebelde. Eran los hijos de los refugiados del 59. Eran esos miles y miles de desplazados que fueron adquiriendo entrenamiento, disciplina y experiencia para regresar con garantías. Se denominaron Frente Patriótico Ruandés (FPR) y nada más poner un pie en el noroeste de Ruanda declararon la guerra al régimen de Habyarimana.

     

     

    *     *     *

     

    “Tus familiares han entrado y vienen a matarnos”. Es lo que le dijo al día siguiente de la entrada del FPR un vecino hutu a Joseph Buhigiro, padre de familia tutsi de la provincia de Nyamata. Joseph, de 65 años, es un hombre grande, con aspecto paciente. “Son los del 59, que vuelven”, añadió otro tipo que andaba por allí. Aquellos hombres estaban bebiendo cerveza de plátano en un bar. Los ruandeses consumen gran parte de su tiempo bebiendo cerveza. “Hasta ese momento, al menos en mi pueblo, bebíamos todos juntos, no había problemas entre unos y otros. Pero ese comentario… Todo cambió a partir de esa frase”. A Joseph se le incrustó en la memoria aquello tanto como la matanza a la que sobreviviría posteriormente, la de la Iglesia de Nyamata, una de las más sangrientas y de la que apenas un puñado de personas lograron salir vivas. El comentario de aquel vecino hutu lo condensa todo: el FPR eran todos los tutsis, eran los enemigos que nunca terminaron de irse, que siempre amenazaron con volver y todo tutsi que seguía en Ruanda acababa por ello de convertirse en cómplice. Al día siguiente de la entrada del FPR se produjeron miles de arrestos y decenas de ataques contra ciudadanos tutsis. Cualquier atisbo de pluralidad política que, efectivamente, estaba viviendo el país, quedó pulverizado en ese instante. Ya había enemigo común. Los del 59 habían vuelto.

     

    Damascene Ntaganira, campesino tutsi, también recuerda aquellos primeros días. “Un grupo de policías llegó al colegio de mi aldea y se llevó a los dos profesores tutsis que había. En clase separaron a los niños tutsis y a los vecinos que estábamos por ahí nos preguntaron por qué estábamos planeando matar a los hutus. Yo no sabía de qué me hablaban”. Damascene, de 51 años, vive hoy apaciblemente en las montañas de Bisesero. Su testimonio ofrece una de las claves de lo sucedido aquellos días: la mayoría de hutus estaban convencidos de que sus vecinos tutsis sabían que el FPR iba a entrar en Ruanda, que estaban esperándolo. Incluso muchos de ellos, dicen, recibieron armas y se convirtieron en células de los rebeldes. Así lo creen casi todos los hutus que fueron entrevistados para elaborar este texto. Los tutsis niegan la mayor. Todos sus testimonios alegan que desconocían por completo no solo la incursión sino incluso lo que era el FPR.

     

    Este debate sigue vivo en Ruanda y la respuesta a la cuestión tiene consecuencias. Si de verdad la mayoría de los tutsis sabía que el FPR iba a entrar y fueron armados, entonces no se podría hablar tan alegremente de un ataque contra población desvalida. Si por el contrario –y como todo apunta a que así fue–, los tutsis no sabían nada, la acusación fue solo un pretexto del gobierno hutu para volver a masacrar a la población tutsi. Sea cual sea la respuesta, y como suele pasar en Ruanda, ésta no tiene importancia. Lo que contó en aquel momento fue que se acusó a los tutsis de cómplices y se les atacó sistemáticamente. Casi diez mil personas fueron detenidas entre octubre y noviembre de 1990. El genocidio asomó la cabeza: durante ese mismo período, y acusados de colaboracionismo, fueron asesinados 30.000 tutsis. La guerra arrancaba con cifras inasumibles.

     

     

    “Exterminemos a esas cucarachas”

     

    Un hombre aparece tumbado en un diván con cara angustiada. A su lado, sentado, un médico toma notas. El hombre le dice: “¡Estoy enfermo doctor!”, a lo que el psiquiatra le responde, “¿Qué le ocurre?”. Y el paciente confiesa: “¡Los tutsis! ¡Los tutsis!”. La escena de este hombre enfermo de tutsis –que por cierto, es una caricatura del presidente Habyarimana– es una viñeta publicada por el periódico Kangura durante la guerra. Kangura, que podría traducirse como Despiértalos, fue uno de los instrumentos de la cruel propaganda que el gobierno tuvo a su disposición durante el conflicto y que alentó a la población a llevar a cabo un genocidio contra los tutsis. Kangura fue fundado en 1987 como un diario crítico con el gobierno, pero en 1990 el ejecutivo lo utilizó en su propio beneficio poniendo al frente a  Hassan Ngeze, un periodista que se convirtió en impulsor de las matanzas.

     

    Ngeze hizo de Kangura un periódico incendiario, que defendía la supremacía hutu y animaba abiertamente a acabar con “las cucarachas”. De la cabeza de Hassan Ngeze nació en diciembre de 1990 –tras la incursión del FPR– uno de pilares de la propaganda: los Diez Mandamientos Hutu. Publicados en Kangura, estos diez mandamientos fueron la base de la ideología que desembocaría en el genocidio. El primer mandamiento decía: “Todo hutu debe saber que una mujer tutsi, sea quien sea, sirve a los intereses de su grupo étnico tutsi. Por ello, consideraremos como un traidor a cualquier hutu que se case con una mujer tutsi, sea amigo de una mujer tutsi o dé empleo a una mujer tutsi”. El resto de mandamientos van en la misma línea, prohibiendo hacer negocios con tutsis, apartándolos de las escuelas y el ejército y calificando de traidor a cualquier hutu que tuviera relaciones con los tutsis.

     

    A pasos agigantados, el previsible odio entre dos enemigos en una guerra se convirtió en otra cosa. El gobierno convirtió a los tutsis en un problema terminal cuya única salida era el exterminio. Ya no era suficiente con expulsarlos de Ruanda, había que terminar con el asunto de una vez por todas. Un ellos o nosotros definitivo que el ejecutivo se encargó de inocular en la conciencia de la población hutu. Comenzó un trabajo de normalización del odio al tutsi y otro de deshumanización. Las cucarachas estaban infectando el hogar y había que eliminarlas.

     

    Se podría pensar que la propaganda logró su objetivo: 1,7 millones de ciudadanos hutus participarán, en mayor o menor medida, en el genocidio. Sin embargo los factores que empujarían a la población hutu a matar o perseguir a sus vecinos tutsis fueron otros. De hecho, la propaganda, aunque efectista, apenas influyó realmente en que la gente empuñara machetes. Esto es importante decirlo: “Te digo la verdad, esa propaganda nos daba la risa, nos la tomábamos a broma”. Quien se sincera es Evariste, el hutu residente en España. “Leíamos esas cosas y decíamos, están locos. La mayoría de gente consideraba esas cosas como locuras. De verdad, quien se creía eso era una minoría”. Paul, nuestro confidente hutu con quien arrancábamos y que susurraba eso de “es que es Ruanda es un país muy complicado”, coincide en el diagnóstico. “Yo creo que ambas partes hicieron cosas malas, no creo que hubiera buenos y malos, pero está claro que el asunto de la propaganda fue muy feo, me enfada pensar que se hizo eso. Nadie apoyaba eso. Cualquier persona normal lo despreciaba”.  El actual gobierno ruandés, sin embargo, defiende la tesis de que la propaganda fue clave, un elemento definitivo en la mentalización de la población para asesinar a sus vecinos. En la mayoría de memoriales del país se reproducen viñetas como la antes descrita y se exponen las portadas de Kangura como detonantes del genocidio. 

     

    El gobierno de 1990 pudo dedicarse a tareas como la propaganda porque, entre otras cosas, el FPR fue frenado en seco nada más atravesar la frontera. De hecho, el presidente Habyarimana y sus hombres llegaron casi a despreocuparse, a pesar de que el FPR era un ejército rebelde mejor preparado y bastante más poderoso que las FAR, las Fuerzas Armadas Ruandesas. ¿Por qué? La respuesta la encontramos en un país que desde este momento se hace protagonista del relato: Francia.

     

    Nada más poner un pie en el noroeste del país, el FPR vio cómo tres mil paracaidistas franceses, apoyados por tropas belgas, caían sobre sus cabezas. Encabezados por Fred Rwigyema, los rebeldes, que tenían la capacidad militar para haber ganado esa guerra en una semana (y con ello haber evitado el genocidio), apenas pudieron plantar cara a los franceses dos días. El segundo de ellos, mientras se replegaban, Rwigyema fue abatido. Se convirtió con su muerte en un hombre respetado por todos en la Ruanda actual, ya que su ideario era el de restablecer la convivencia justa entre tutsis y hutus y terminar con la tiranía. Incluso aquellos hutus que a día de hoy siguen negando el genocidio muestran su respeto por una persona que, creen, hubiera llevado la verdadera paz a Ruanda. Su lugar lo ocupó Paul Kagame, hasta entonces su segundo y que, en principio, adoptó el mismo ideario. En su huida, los soldados del FPR se refugiaron en la selva en torno a los volcanes Virunga, actualmente un parque natural en el que los turistas pueden contemplar gorilas en libertad en excursiones organizadas. Los franceses formaron un cerco y mantuvieron a raya a las tropas rebeldes, que montaron un campamento en la selva mientras cientos de tutsis –incluidos niños envidos por sus familias– se unían a sus filas, engrosando su potencial. 

     

     

    *     *     *

     

    La francofonía. Esta libre traducción del término francophonie se refiere a un movimiento que aglutina a todos los países de habla francesa (actualmente 29) y que cuenta incluso con una organización. La francofonía fue, para muchos, el impulso de Francia para intervenir y hacer que sus paracaidistas cayesen sobre el FPR. Esa suerte de neocolonialismo obligaba al entonces presidente francés, François Mitterrand, a interferir en favor del gobierno hutu, para asegurarse de que Ruanda –excolonia belga y por tanto francófona– continuase siendo un país bajo su influencia. Si permitía que los rebeldes del FPR se hiciesen con el poder perdería este control, ya que todos ellos provenían de Uganda, país anglófono. Otra guerra en el tercer mundo que mutaba en una partida para Occidente. Los miembros del gobierno hutu se convertían en las piezas de París, mientras que el FPR acabaría siendo el jugador controlado por Reino Unido y Estados Unidos. De momento sólo comparecían los franceses.

     

    La propaganda no fue la única tarea a la que el gobierno de Habyarimana pudo dedicarse mientras Francia mantenía a raya a los soldados del FPR en los campamentos de la selva. En 1992 el partido del gobierno pasó a denominarse MRND, más conocido como Poder Hutu y ya controlado sin disimulos por el círculo radical de poder. A partir de este momento todos los ciudadanos tenían la obligación de convertirse en miembros vitalicios del partido. Paralelamente, el nuevo partido organizó un sistema de milicias civiles formadas por jóvenes hutus  provenientes en su mayoría de grupos de hinchas de fútbol y comenzó a entrenarlos. Se formó una red de comandos paramilitares de defensa civil que fue bautizada como Interahamwe, que podría traducirse como “los que luchan juntos”. Un término que a día de hoy sigue asaltando las pesadillas de muchos ruandeses.

     

    Los chicos de las Interahamwe eran el mal personificado. Jóvenes armados con machetes sin causa ni futuro, adoctrinados en el odio y empapados en alcohol y anfetaminas. El gobierno justificó su entrenamiento para defenderse del ataque del FPR y la propaganda enseguida se encargó de extender el rumor entre la población de que se habían interceptado unos documentos en los que se reflejaba un plan del FPR para exterminar a toda la población hutu. Se insistía en el callejón sin salida: ellos o nosotros. Y en ese callejón las Interahamwe eran necesarias. El miedo como arma infalible. “Recuerdo que las interahamwe cantaban: ¡Os vamos a exterminar, os vamos a exterminar! Me los crucé a veces por la calle cantando eso…”, rememora Benuste. 

     

    Las milicias hutus fueron organizadas y financiadas por lobbies afines al gobierno y se preparaban desfiles y maniobras militares con un toque zafio de totalitarismo. En ciertos segmentos de la sociedad juvenil, pertenecer a la Interahamwe era un objetivo, un privilegio con el que creerse algo parecido a una estrella de cine. Lucían gafas de sol y estridentes camisas e iban armados por la calle. Armas que, por cierto, no crecían de la tierra.

     

    “Francia nos las dio. Llegaban cargamentos de machetes y rifles”. Toma la palabra Straton Sinzabakwira, de 52 años. Straton está en la cárcel de Nyanza desde hace 17 años. Le quedan siete más para cumplir su condena. Nos concede una entrevista en el patio de la prisión. Lleva un pijama rosa, camisa de manga corta y pantalones cortos, el uniforme de presidiario en Ruanda. Straton es lo que en Ruanda se conoce como un genocidaire, el término en francés. Cumple 24 años por organizar el asesinato de 6.000 tutsis. Él era el alcalde de Nyamubunga  y dirigió la matanza en su territorio. “Soy testigo. Vi cómo llegaban cajas con armas. Lo vi en Kungo, cerca de Muzanze y también vi armas de los franceses en Ku Giti”. Straton afirma que las tropas francesas armaron a las Interahamwe y también ayudaron en su entrenamiento. No será lo último que explique Straton sobre el papel de Francia durante el genocidio.

     

    Con las armas francesas (y también de Egipto y de la Suráfrica del apartheid), el Poder Hutu plantaba cara al FPR mientras alimentaban la propaganda. El gobierno organizaba numerosos mítines en los que, además de ver las maniobras de los chicos de las Interahamwe, se podían escuchar incendiarios discursos. Algunos de los más célebres fueron pronunciados por Léon Mugesera, hombre fuerte del partido y un experto en inflamación. En el memorial del genocidio de la ciudad de Murambi hay expuesta una réplica de una radio de los años 90. El visitante puede darle al único botón que muestra y escuchar la grabación del ‘speech’ más recordado por el inefable Mugesera. Oír su voz, sus gritos, empujan al oyente a ponerse en la piel de un vecino tutsi de entonces:

    “Sabéis que hay cucarachas por todo el país; ellos están enviando a sus hijos a luchar con el ejército rebelde, con el ejército de cucarachas. Eso es lo habéis escuchado y eso es lo que sabéis. Esto significa que nosotros, el pueblo, necesitamos trabajar para nosotros mismos y exterminar a esos bastardos. Os estoy diciendo una verdad, tal y como está escrita en la Biblia: El día que dejes entrar a una serpiente en casa, serás tú el que sufras las consecuencias. Quiero informaros a vosotros, serpientes, de que vuestra casa está en Etiopía y os enviaremos allí a través del río Nyabarongo, el camino más corto para vuestro regreso”.

     

    Mugesera no se deja nada. Utiliza los dos motes despectivos con los que eran conocidos los tutsis entonces, acusa a las familias de enviar a los niños a unirse a los rebeldes, hace referencia a la teoría de que los tutsis son otra etnia proveniente de Etiopía, dejando claro que los ruandeses no son un solo pueblo. Y por último asegura que los enviará de vuelta a través del río Nyabarongo, un río que surca el sur de Kigali, normalmente ocupado por hipopótamos y cocodrilos y donde en la primavera de 1994 se cumplió la profecía de Léon Mugesera y la televisión envió a medio mundo las imágenes de miles de cuerpos flotando.

     

    Cerca de la ovación cerrada con la que culmina el discurso había tutsis. Vecinos que, desde sus casas cercanas, escuchaban estas palabras. Un reportaje de la televisión ruandesa actual entrevistó hace unos años a algunos de estos vecinos, que recuerdan con horror las arengas. Faltaba un año para el genocidio, pero el asunto estaba tomando forma con claridad.

     

    A los mítines y a Kangura les salió otro socio en 1993, la Radio Télévision Libre des Milles Collines (RTLM), la radiotelevisión del gobierno. Dirigida por Féliciene Kabuga, la RTLM tuvo mucho más alcance que Kangura, ya que es raro el ruandés que no esté pegado a una radio. Las ondas de la propaganda hutu llegaron a todos los rincones del país. Se reproducían discursos, se recordaba el peligro de las cucarachas y se emitían canciones de estrellas del pop que apoyaban al Poder Hutu, como el recordado Simon Bikindi, que llegó a ser una celebridad con sus temas racistas.    

     

    De nuevo, los testigos de aquella época restan impacto a la propaganda. Incluso quienes se supone que fueron marionetas de ella. “El primer mitin de ese tipo que hubo fue en Nyamata en 1991 –recuerda Straton–. Yo estaba allí. Se llamó a matar a las cucarachas. Empezó una campaña de odio”. Straton habla de lo que pasaba por su cabeza en aquellos momentos: “Te crees la propaganda, sí, crees que es necesario eliminarlos porque si no ellos nos iban a matar a nosotros. Pero realmente nunca llegué a odiarlos, nunca llegué a verlos como cucarachas o serpientes. Simplemente hacía lo que se suponía que tenía que hacer. Y lo intentaba hacer bien”. Israel Duginzigimana es su compañero en prisión. Israel cumple 21 años por participar en el asesinato de un grupo de 300 tutsis cuando era concejal del ayuntamiento de Nyabisindu, en el sector de Butare. Como Straton, Israel es un genocidaire. “No creía que fuesen inferiores, creía que o los mataba yo o me mataban ellos. Pero la propaganda me daba igual”, afirma.

     

    Y mientras los mítines y las soflamas se sucedían, los encontronazos en el norte del país hacían lo propio. Y por cada ataque del FPR, respuesta del gobierno contra civiles. Así murieron miles de tutsis durante esos dos primeros años de guerra (1990-1992). La metodología estaba definida: “Cada matanza de aquellas –explica Straton– venía precedida de un mitin. Llegaba gente del gobierno al pueblo, reunía a los vecinos y les explicaban lo que había que hacer. Nada más terminar el discurso, los vecinos se unían a las milicias y les indicaban dónde vivían los tutsis. Y los mataban a machetazos”.  Nyamata, Bugesera, Kibuye, Gisenyi… Cientos de ciudades y pueblos fueron escenario de matanzas tusis por parte de milicianos y vecinos en respuesta a los ataques del FPR. Matar tutsis se convirtió en una práctica como cualquier otra, en una actividad que mantenía unido al pueblo contra el enemigo. “El genocidio empezó antes de 1994”, termina Straton.

     

    El país alcanzó un estado de paranoia sostenida. Los hutus estaban convencidos de que sus vecinos tutsis tramaban algo y los tutsis, a su vez, creían que los hutus les iban a exterminar. “Era una locura”, recuerda Evariste, el hutu residente en España. “Un vecino hacía un agujero en su jardín para hacer un pozo y el resto le acusaba de que estaba preparando una fosa para enterrar cuerpos. Todo estaba bajo sospecha. La tensión era insoportable. Los hutus veían a los tutsis como células del FPR y estos a los hutus como genocidas. Puedes imaginar la convivencia”. 

     

     

    La paz es un trozo de papel

     

    El clima de irrespirable violencia hizo cambiar la hoja de ruta del FPR, que planteó una tregua en verano de 1992. Consiguieron en octubre pactar un alto el fuego con el gobierno. Para muchos hutus no fue más que una estratagema. “Kagame aprovechó el alto el fuego para rearmar a vecinos tutsis. No le interesaba ningún tipo de diálogo, solo un parón para reorganizarse. Pero eso nunca se cuenta”, explica Paul. El FPR sostiene, en cambio, que realmente sí deseaba una salida negociada al conflicto. Y desde ese momento –al menos de cara a la galería– centró todos sus esfuerzos en lograr un acuerdo político.  Una vez más, todo se revela sometido a debate en Ruanda: no hay un solo gesto, palabra o acción que se erija como hecho indiscutible. Todo es opinable según el bando.

     

    Contra todo pronóstico, la guerrilla tutsi logró sentar a la mesa de negociaciones al gobierno del Poder Hutu. Habyariamana, tal vez consciente de la superioridad militar de los hombres de Kagame y sabedor de que Francia no los podría contener para siempre (entre otras cosas porque en la ONU ya empezaban a  sonar voces que se preguntaban qué hacía Francia ayudando al Poder Hutu), concedió lo que el FPR pedía: una negociación política. El 4 de agosto de 1993, en la ciudad de Arusha, Tanzania, ambos bandos firmaron un acuerdo. El pacto fue escandaloso para el ala radical del Poder Hutu: garantizaba el retorno de los refugiados tutsis, prometía la integración de los dos ejércitos enfrentados y establecía un gobierno de transición. Con Ruanda como una olla a presión la propuesta parecía una utopía. Casi una burla. Y así se lo tomaron los acólitos de Habyarimana. Hubo hasta quien acusó al presidente de traición, pero éste salió al paso días después dejando claro el tamaño de la farsa que estaban protagonizando ambos bandos: “Este acuerdo de paz es un trozo de papel”, afirmó.

     

    La propaganda se unió al discurso: “El que piense que la guerra ha terminado como resultado de los Acuerdos de Arusha, se engaña a sí mismo”. Era una de las líneas del editorial de Kangura firmado por Hassan Ngeze al día siguiente del acuerdo de paz.

     

    “En realidad esos acuerdos fueron la victoria para el FPR”, explica Evariste. “Se estableció que doscientos representantes del FPR entrasen en Kigali para colaborar en el gobierno de transición y Kagame envió a doscientos soldados. Llevaron consigo un arsenal y se instalaron en el congreso. Habyarimana los dejó entrar hasta el fondo”, dice Evariste con risa burlona, como mofándose de la torpeza del entonces presidente. A día de hoy, el congreso de Kigali todavía luce en sus paredes las marcas de metralla y bombardeos. “Se convirtió en un polvorín”.

     

    Los acuerdos de Arusha ofrecieron algo todavía más crucial. La ONU decidió desplegar en el país una fuerza de paz, la Misión de Asistencia de Naciones Unidas para Ruanda (UNAMIR), que se instaló en suelo ruandés en octubre de 1993. Al mando estaba el general canadiense Roméo Dallaire, a la postre testigo crucial de la pasividad de la Comunidad Internacional cuando estalló el genocidio. Se suponía que la misión contaría con 2.500 soldados, pero no se alcanzó esa cifra hasta que pasaron cinco meses. De hecho, las primeras unidades que llegaron no sumaban más de 400 cascos azules, casi todos belgas y, por cierto, con la expresa prohibición de usar la fuerza excepto en defensa propia. La propaganda lo vio claro. Desde RTLM aconsejaron a UNAMIR “que se quitara de en medio”  mientras que Kangura le hacía un favor a las tropas de paz advirtiéndoles del “peligro que corrían”.

     

    La llegada de los cascos azules tranquilizó a muchos tutsis. Bealta, superviviente a cuyo hermano golpearon en la escuela por ser tutsi, admite que ése fue el motivo por el que no abandonó Kigali. “Ves que llegan los soldados de la ONU, ves a alguno por la calle y te llenas de optimismo. Yo pensé que estábamos salvados por fin”.

     

    “¿Que si pensaba que aquello podía acabar en un genocidio?”, retoma Benuste, el hombre que perdió un brazo. “Bueno, yo en la calle veía cascos azules. Veía que las fuerzas internacionales estaban aquí. Así que en ningún momento pensaba que algo como lo que ocurrió podía tener lugar. Teníamos la comunidad internacional, la UNAMIR, las negociaciones de Arusha… piensas más en todo eso que en lo malo y crees que es imposible que pueda ocurrir. Por desgracia la comunidad internacional no hizo nada. No sé si porque Ruanda es un país pequeño y pobre. No sé. Tú eres periodista, a lo mejor lo sabes o lo entiendes mejor que yo”.

     

    Todavía hoy en Ruanda no comprenden lo que la ONU ordenó hacer a sus tropas en el país. Siguen sin entender que no movieran un dedo. Eso a pesar de que solo tres meses después de su llegada, el general Dallaire tomó conciencia –y recogió evidencias– de lo que estaba a punto de suceder. Y se lo advirtió a la ONU mediante un fax. Un fax a la vista de cualquiera que tenga interés en leerlo, un fax mil veces reproducido en la Ruanda actual y que luce, vergonzante, en los memoriales del genocidio de todo el país.

     

    El fax fue enviado, con firma del general Roméo Dallaire, el 11 de enero de 1994 con el encabezamiento de Solicitud de protección para confidente. Dallaire explica en el fax que había logrado la colaboración de un confidente que trabajaba en las esferas más altas de las Interahamwe, entrenando a los milicianos y planeando estrategias de ataque. El confidente, según detalla Dallaire en el fax, aseguraba que 40 comandos de milicianos hutus compuestos por 40 hombres cada uno, estaban listos y organizados para llevar un ataque a gran escala en Kigali. El objetivo era asesinar a los parlamentarios del FPR al terminar la sesión del congreso y atacar a soldados belgas de la UNAMIR. Este plan fue abortado, pero lo que explicaba a continuación el fax sí tuvo lugar. Y se pudo haber evitado porque, sin rodeos, la ONU fue informada de lo que iba a suceder.

     

    El fax describe que desde la llegada de UNAMIR se ha ordenado a las Interahamwe que hagan un censo de todos los tutsis de Kigali. El confidente, reza el fax, sospecha que la intención es exterminarlos. Detalla que tienen capacidad para asesinar a mil tutsis en veinte minutos. Continúa: el confidente afirma que el presidente Habyarimana no tiene control sobre lo que está sucediendo, mucho menos sobre las milicias. Por último el confidente, que se declara contrario a llevar a cabo el exterminio, se ofrece a detallar la ubicación de un arsenal de armas (que, tampoco en esta ocasión, crecían de la tierra) si los soldados de la UNAMIR le acompañan y garantizan protección para él y su familia. Dallaire explicaría más adelante que también informó a Naciones Unidas de la constante llegada al país de armas financiadas por Francia y cientos de contenedores con machetes provenientes de China.

     

    La respuesta al fax de Dallaire, quien por cierto, terminó la misión bajo tratamiento psiquiátrico, llegó unos días después desde Nueva York. Venía firmada por el entonces jefe de la misión de paz en Ruanda, Kofi Annan: “Se rechaza la operación contemplada porque excede el mandato confiado a la UNAMIR”. Hay un documental muy recomendable del año 2004 llamado Ghosts of Rwanda (Fantasmas de Ruanda) en el que una funcionaria de la ONU relata cómo el fax de Dallaire estuvo varios días sobre una mesa, entre cientos de faxes y documentos más, a la espera de que alguien tuviera tiempo de prestarle atención. En Nueva York aquello era una nota sin más, un folio que descansaba en medio de una montaña de burocracia mientras que al otro lado del océano aquel trozo papel era la diferencia entre evitar o permitir 800.000 asesinatos. Lo relativo condensado en una sola escena.

     

    Kofi Anann llegaría a confesar que ni siquiera leyó el fax, se encargaron algunos asistentes que, sencillamente, siguieron el protocolo establecido para aquella misión. Un protocolo que establecía que no se podía intervenir y que no se varió a pesar de la sombra de un genocidio. En Ruanda casi todo el mundo presagiaba lo que se venía encima. “Claro que sabía lo que iba a ocurrir”, dice Straton desde la cárcel. “Todos sabíamos lo que iba a ocurrir. También la ONU y Francia. Todo estaba preparado y nadie hizo nada”.

     

     

    “Vamos a morir”

     

    “Recuerdo de esa noche algo especial, pude adivinar que algo iba mal. Lo presentí. Esa noche oí muchas más bombas y disparos, todo el tiempo y por todos lados. Tuve un mal presentimiento. Pero no tenía teléfono para preguntar ni tampoco, con esos ruidos, me atreví a salir. A la mañana siguiente lo confirmé. Estaba con mi mujer al lado de la radio y  escuchamos que el avión del presidente había sido derribado, que lo habían asesinado. Ella me miró y me dijo: Vamos a morir. Cuando analizas esa reacción te das cuenta de que no es una frase vacía. Sabíamos que matanzas así ya habían tenido lugar. La RTLM anunciaba la caída del avión y todos comprendimos que íbamos a ser exterminados. Soy el único superviviente de este barrio. Salí de casa y me junté con los vecinos de al lado y los de abajo. Ellos están todos muertos. Pero la radio decía: no salgan de casa y no formen grupos de más de dos personas. Empezó a anunciar eso todo el tiempo. De fondo oía bombas y disparos. Ahí el miedo nos invadió. Sentimos puro pánico. La radio estaba haciendo esos anuncios y por otra parte veíamos que las milicias comenzaban a montar barricadas en las calles del barrio. Comprendimos que estaban reteniendo y localizando tutsis. Estaban preparándose para matarnos. Se estaban organizando para exterminarnos. Me di cuenta en ese momento. Lo comprendí”.

     

    Benuste recuerda cada detalle de la noche en la que el avión de Juvénal Habyarimana fue derribado. El presidente regresaba de Arusha el 6 de abril de 1994 acompañado por el presidente de Burundi, Cyprien Ntaryamira, también hutu y que participaba en las negociaciones de paz. A punto de aterrizar en Kigali, un misil alcanzó el avión y lo derribó. Azar o no la nave cayó justo en el jardín de la casa del presidente, hoy convertida en museo. Los restos del avión, fuselaje y motores, permanecen a día de hoy en ese lugar, como parte del museo. Los visitantes pueden contemplar el accidente como si hubiera ocurrido hace una semana.

     

    Hoy es el día en el que no se ha esclarecido quién derribó aquel avión. Por supuesto, depende de a quién se lo preguntes. La teoría oficial que sostiene el actual gobierno ruandés es que fue el propio Poder Hutu quien eliminó al presidente, al considerarlo un moderado. La idea era convertir a Habyarimana en una especie de mártir, la excusa perfecta para desencadenar el genocidio. Sus sospechas se centran en Théoneste Bagasora, uno de los fundadores del Poder Hutu e incluso en la propia mujer del presidente. A Paul, nuestro confidente hutu, le entra la risa, mientras niega con la cabeza. “Pretenden que os creáis que matamos a nuestro propio presidente. Aquel avión lo derribó el FPR, todos lo sabemos”. El debate parece irresoluble, pero el 6 de noviembre de 2013 Patrick Karegeya, ex jefe de Inteligencia de Ruanda, concedió una entrevista reveladora al periódico Le Soir. En ella, Karegeya afirmaba con rotundidad que Paul Kagame, actual presidente de Ruanda y entonces líder del FPR, fue el que ordenó y organizó el derribo del avión. El propio Karegeya participó en aquella operación ya que, gracias a los acuerdos de paz, el FPR contaba con soldados en Kigali. Karegeya concedió esta entrevista desde Suráfrica, donde vivía exiliado. Abandonó Ruanda por desavenencias con el gobierno y dedicó sus últimos años a revelar el lado oscuro de la actual Ruanda. El 1 de enero de 2014 apareció estrangulado en la habitación de un lujoso hotel de Johanesburgo.

     

    La caída del avión fue como un toque de corneta, como el pistoletazo de salida. Las calles de Kigali fueron tomadas en minutos por las Interahamwe, se montaron barricadas y comenzaron a circular listas con nombres de tutsis. La atmósfera se espesó, aplastó la ciudad como robándole el oxígeno. De fondo, la RTML gritaba odio ya sin disimulo: “Matad a esas cucarachas, que no os maten ellos primero”. Al amanecer, un grupo de milicianos rodeó la casa de la primera ministra hutu, Agathe Uwilingiyimana, incluida en alguna lista de hutus moderados, que también se convirtieron en objetivos. Un contingente de diez soldados belgas de la UNAMIR apareció para protegerla, pero al verse en inferioridad y frágilmente armados, optaron por rendirse. La primera ministra trató de huir saltando el jardín de su casa, pero la atraparon y la asesinaron a solo una manzana de distancia. Los diez cascos azules fueron trasladados a una base militar, donde les torturaron hasta la muerte para después despedazar los cuerpos. Bélgica retiró sus tropas a los pocos días. El mensaje a la comunidad internacional estaba enviado.

     

    Evariste, el ruandés hutu que vive en España, también tiene grabada aquella primera noche. “Escuché por la radio que el avión del presidente había sido derribado y que no había supervivientes. Corrí a casa porque estaba seguro de que nuestros vecinos tutsis, un matrimonio con tres hijos pequeños, se habrían refugiado con nosotros. Ya lo habían hecho en otras matanzas. Cuando llegué, mi madre y mis hermanos estaban de pie, en silencio. Yo les pregunté dónde estaban nuestros vecinos pero no me respondieron. Después les grité, ¿y sus niños? ¿Dónde están? Mi hermano se echó a llorar y mi madre perdió los nervios, empezó a gritar, me echaba de casa y yo comprendí la gravedad de lo que estaba pasando. De lo que iba a pasar”.

     

    El horror se hizo con Ruanda. Las Interahamwe, con las listas de tutsis preparadas, tomaron barrios y pueblos y obligaron a miles de vecinos hutus a ayudar en la cacería. La sangre salpicó el país. Todos empezaron a matar tutsis, Ruanda se convirtió en un coto de caza en el que no podía quedar una sola presa viva. La RTLM aportaba el mantra: “No os dejéis el futuro, no os dejéis a sus mujeres y niños”. Disparos, granadas, machetazos… Un desenfreno de violencia y odio inabarcable en el que no se escatimó en crueldad. Las mujeres eran violadas, los hombres torturados y mutilados, los niños aplastados, las embarazadas abiertas en plena calle. El horror, el horror en el sentido más estricto del término.

     

     

     

     

    Nacho Carretero (A Coruña, 1981) es periodista. Escribe para distintos medios, entre los que destacan publicaciones del grupo Vocento como XL Semanal o Destinos. También colabora con Jot Down y la Cadena SER. Es miembro del colectivo de periodistas GEA Photowords. Su espacio web, aquí. En FronteraD ha publicado El hundimiento de Kiribati. En Twitter: @NachoCarretero.

     

    Ilustraciones: Amaya Bozal: http://www.amayabozal.com

     

     

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