Obras de Aurelia Medina. Foto: Corina Arranz

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    El hogar constructivista de Aurelia Medina

    Carmen Lucas-Torres - 23-06-2011

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    Llevaré un tocado para que puedas reconocerme”. Aurelia se presenta a la cita, en una estación de metro, con uno de sus tocados geométricos: una flor blanca en el lado derecho de la cabeza. Un sobrio vestido negro hasta los pies, un collar de perlas y los labios pintados de color rojo intenso, junto a su corta melena negra, también geométrica, dejan ver de una pasada el inherente gusto por el constructivismo ruso de Aurelia Medina. “Cuando veas nuestra casa comprenderás que a Pepe y a mí siempre nos habría gustado vivir en el Central Park de los años 40-50”, adelanta la diseñadora.

           Y es cierto. Al entrar en el piso —estudio de diseño y pintura— de Aurelia Medina y José Duarte, el ambiente lo dice todo. Suena Billie Holiday y en las paredes del pequeño y acogedor comedor de la pareja cuelgan cuadros de Equipo 57, grupo artístico creado en 1957 en el café Rond Point de París y del que José Duarte fue uno de los principales exponentes junto con otros conocidos artistas como el escultor Jorge Oteiza, el arquitecto Juan Serrano o el pintor Agustín Ibarrola. De todos los cuadros, el que más destaca en la sala es uno de José Duarte. Con más de 70 centímetros de anchura, muestra un zapato rojo intenso en un fondo azul cobalto. Parece que tiene vida propia. Junto a éste, los diseños geométricos de Aurelia (floreros probeta, portafotos, incluso un centro de mesa creado a partir de un plano matemático) revelan la influencia geométrica del constructivismo y del grupo del que su marido formó parte, también cargado de formas geométricas y colores planos e intensos (los famosos gouaches).

           “Por eso sé que no soy una artista. Porque he vivido siempre con uno”, confiesa Aurelia. Tiene muy claro que lo maravilloso del diseño es precisamente su funcionalidad. “Llamaría a lo que hago arte condicionado, condicionado a su función”. En los inicios de su carrera, cuando era estudiante y diseñaba estampados telares en Córdoba, ya lo tenía. “Por aquel entonces ya tendía a las formas geométricas. Mis compañeras de escuela sabían que cuando llegaba algún encargo en el que cupiera un diseño menos floral y más geométrico, me lo tenían que pasar”. Después se atrevió con el diseño de muebles. “Ahora no me reconozco en esos muebles”, reflexiona mientras muestra un dormitorio al que llama El dormitorio de Carmen, pues un amigo se lo encargó para su mujer, también amiga del alma, ahora fallecida. Debió ser su época más rusa. Sobre una madera oscura, enredaderas de flores de colores recorren todo el cabecero de la cama y el frontal de las mesillas de noche y hacen imaginar el dormitorio de Ana Karenina o cualquier otro personaje de una de las novelas de Tolstoi.

           Después llegó la época en la que trabajó para Pedro del Hierro. Y fue cuando se dio cuenta, más que nunca, de que el diseñador debe imbuirse del ambiente que le rodea. “Todos somos hijos de nuestro tiempo, los objetos también”, reflexiona. Y es una de las máximas que Aurelia ha aplicado a su trabajo. Ahora, por ejemplo, le preocupa mucho el espacio de sus creaciones. En dos de sus últimos diseños (un florero de metacrilato montado sobre un plano y desmontable en una carpeta de anchura milimétrica y una mesa desmontable en tres piezas), ambos expuestos en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, se entiende esa obsesión. “Soy ecologista con el volumen”, explica la diseñadora. Y la verdad es que es un valor importante en nuestros días, donde nadie tiene demasiado espacio y la comodidad de transportar las cosas es un bien muy apreciado.

           Igual de apreciado que la originalidad, que muestra en sus tocados (de diversos materiales, desde paja a la tela con la que se hacen los tutús de ballet). Así como en sus chales de fieltro. “¡Pasa, pasa!”, grita mientras camina por el pasillo de su casa, sacando objetos de distintas cajas en una pequeña habitación plagada de telas, tocados, guantes de piel, botones, y algún que otro cuadro. “Como verás tengo una evidente falta de espacio”, confiesa con humildad. “Pero nuestra casa, sea como sea, siempre está abierta a todo el mundo. Nos encanta que nuestros amigos vengan a visitarnos”. 

           Y no es extraño que quieran hacerlo, porque el pequeño hogar-estudio de Aurelia Medina y José Duarte tiene una joya que pocos querrán dejar de observar si la visitan. La habitación de José, con su caballete, que ahora solo sirve como expositor de sus obras, pues hace tiempo que no coge el pincel. Los principios de una enfermedad degenerativa se lo impiden. “¡Campeón, vamos a ver tus cuadros!”, grita Aurelia a José, que pronto llega y, con un finísimo acento cordobés, hace de embajador de su propia obra y explica La tertulia: un gigantesco cuadro de 2 metros por cuatro, en el que dos mujeres, un hombre y un gato comparten mesa en una terraza. Cada uno está a lo suyo, ocupan el mismo espacio, pero es como si estuvieran en mundos totalmente distintos, unos ajenos de los otros. “Por eso, irónicamente, lo llamé la tertulia”, explica José. Y muestra otros cuadros de zapatos (siempre los zapatos en la obra de Pepe Duarte) y varios retratos de su hijo (que traen al recuerdo El arlequín, de Monet, una comparación que, por cierto, no desagrada nada a José).

           Y en la misma habitación, entre la obra de Pepe Duarte, los útiles de trabajo de Aurelia. Tornillos, pegamentos, maquetas y proyecciones de bolsos en cartón del último encargo que una conocida marca de moda le ha hecho. Aurelia diseñará para ésta una selección de bolsos de fiesta y tocados. Fieles a su estilo, serán muy geométricos, aunque se adaptarán a la marca con tonos pastel y materiales clásicos.

     

     

           No es la primera vez que una gran empresa selecciona los diseños de Aurelia Medina. Karl Lagerfeld se quedó prendado de uno de sus bolsos más famosos, el Bolso Sandía: una pieza casi escultórica de cuero y metal, los materiales estrella de Aurelia Medina, que le encanta combinar por la frialdad del metal y la calidez del cuero. “Es una antítesis, por eso la busco siempre”, argumenta. Con claras influencias del constructivismo de Malévich, el bolso llamó la atención de diversas revistas de moda y tendencias. Después también ha estado en venta en el Círculo de Bellas Artes.

           “Y todo lo que diseño, lo hago en la mesa de mi comedor”, bromea. Tan pronto quita los platos y pone las telas, como quita las telas y pone los platos. Y Pepe la acompaña en su trabajo. Leyendo, mirando la tele, observándola, saliendo a dar un paseo, volviéndola a observar y tomando un té juntos.

     

     

    * Carmen Lucas-Torres es periodista. En FronteraD ha publicado, con Miguel Muñoz, Marinaleda es de todos

     


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