¿Quién necesita una noticia?

Pablo Mancini

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Theodore Levitt fue un economista muy prestigioso en el mundo de los negocios y del management. Era profesor en Harvard Business School y fue editor revista Harvard Business Review. Nació en Alemania en 1925 y murió en Estados Unidos en 2006. Una frase de Levitt resume un desafío crucial para la evolución del periodismo y de las organizaciones de medios:

 

“La gente no quiere comprar un taladro, lo que quiere es hacer un agujero en la pared”.

 

Es claro que no hacía referencia al periodismo ni a la evolución de los medios. Mucho menos a la unidad mínima del trabajo periodístico, al átomo de la profesión, es decir, a la noticia, ni a las empresas que se dedican a generar contenidos para desarrollar audiencias y vender publicidad. No obstante, la lección lacónica de Levitt podría ser reformulada y enfocada hacia el universo del caos informacional que ofrece el siglo XXI para los profesionales de la industria de medios. Se podría decir:

 

La gente no quiere leer una noticia, lo que quiere es sentirse informada, poder tomar decisiones gracias a esa información, compartir lo que sabe y entretenerse.

 

La industria de las noticias fue, desde la invención de los primeros diarios impresos, primero una herramienta política y después una solución comercial para satisfacer esa necesidad y ese deseo común de los públicos. Estar informado comenzaba a ser cada vez más relevante en un mundo que aceleraba su transformación y que rediseñaba su vida cotidiana. Las noticias, antes de protagonizar esa industria, fueron herramientas de difusión y adoctrinamiento político. La industria de las noticias se transformó en, precisamente, industria cuando encontró un camino común con la publicidad comercial. Cuando los diarios dejaron de ser instrumentos de comunicación y propaganda partidaria y se transformaron en mayoristas publicitarios, en esa intersección, es cuando nació el periodismo como industria y los medios como negocio. Esa luna de miel amenaza todo el tiempo con terminar.

 

El primer taladro hecho enteramente de metal data de 1838, pero desde el Paleolítico Superior los humanos taladraban conchas de moluscos con fines ornamentales. En África y Oriente Próximo fueron encontradas conchas perforadas de entre 70.000 y 120.000 años de antigüedad, atribuidas al Homo Sapiens Sapiens. También se ha hallado evidencia científica en Europa que revela que el Hombre de Neandertal conocía la técnica del taladrado.

 

El taladro eléctrico es una invención muy reciente en términos históricos. Su evolución, para seguir con la metáfora de Levitt, no está relacionada con que a pesar de la vertiginosa evolución de las sociedades la gente continua queriendo comprar taladros. Su desarrollo y sofisticación responden a otra fuerza: el diseño y la personalización de los entornos que habitamos avanzan y se refinan de forma imparable en todos los ordenes de la vida cotidiana, doméstica y pública. Cada vez hacemos más agujeros. Así de simple.

 

Hacer agujeros en las paredes es necesario para todas las personas que buscan volver más funcionales sus entornos y personalizarlos. Y los taladros eléctricos (que a veces se prestan entre amigos, familiares y vecinos, para no comprarlos porque son utilizados doméstica y ocasionalmente) son un producto que facilitan ese propósito.

 

Algo muy similar ocurre con las noticias. Las noticias son un producto que estructura la información de un modo que se ha ido estandarizando con el paso de las décadas. Una estructuración que fue muy útil durante mucho tiempo porque resolvía un problema muy preciso: distribuía un bien escaso, la información. La profesionalización de su producción las convirtió en el producto de mediación indispensable para conocer lo que ocurría y, en algunos casos, las posibles explicaciones respecto de por qué ocurrían los acontecimientos. El consumo de noticias satisfizo la necesidad de generaciones que buscaban sentirse informadas en un mundo donde la información era, por definición, escasa, y el entretenimiento, tal como lo conocemos, hoy inexistente.

 

Será posible, entonces, llegar a la siguiente conclusión: si la sociedad quiere hacer agujeros en sus paredes, compra taladros. Si la sociedad quiere sentirse informada, consume noticias. Un momento: ¿Para sentirse informado, o llanamente para informase, es necesario leer las noticias?

 

Ese es el asunto clave: ¿quién necesita noticias? O, más precisamente, ¿quién necesita noticias tal como se las conoce actualmente? ¿Son todavía las noticias indispensables para sentirse informado y tomar buenas decisiones? Es decir: un título, una volanta, una bajada o copete, un cuerpo de texto de algunos miles de caracteres, acompañada de una imagen o un vídeo, y perfecta y estrictamente clasificada en una sección como, por ejemplo, Política, Deportes, Espectáculos o Policiales.

 

Es necesario consumir un modelo informativo de esas características para sentirse informado? ¿Es la única manera, o al menos la manera más eficiente, informarse mediante contenidos estructurados de ese modo, producidos industrialmente? Hasta los medios más innovadores, las teorías más críticas de la comunicación y los analistas más agudos de los medios descartan de entrada discutir la forma y diseño de los contenidos. Simplemente se evalúa la calidad. Eso sí: la calidad de una forma que apenas ha mutado, como mínimo, durante el último siglo.

 

Los flujos sociales de la vida cotidiana, las rutinas y los traslados en las ciudades han cambiando radicalmente durante los últimos cien años. El contexto de consumo de noticias ya no es como solía ser. ¿Suena lógico que la evolución de la forma mínima del periodismo, la noticia, haya mutado en forma apenas ligeramente durante el mismo período de tiempo? Probablemente no.

 

En todo el mundo, salvo excepciones muy concretas, el número de lectores de los diarios impresos no deja de caer, las motivaciones para comprar diarios encuentran explicación en cupones de descuentos, suplementos coleccionables y otras razones que, en buena parte de los casos, poco tienen que ver con la información periodística y, de vez en cuando, con el trabajo periodístico. El auge de la televisión está liderado por las series que se consumen a demanda y los reality shows, no por las noticias. En internet, el tráfico y tiempo de permanencia en los sitios de redes sociales está en alza permanente mientras que la atención a los sitios de noticias online se aplana o disminuye. Todos estamos más informados. Y sin embargo, la atención a las noticias formal y canónicamente producidas según los estándares de la tradición periodística se desploma.

 

¿La audiencia está equivocada? ¿La evolución de los públicos ha desembocado en la ignorancia y la desinformación irreversible? ¿Promovió la obesidad informativa? ¿Ha conducido a la frivolidad total? ¿Los periodistas somos los genios incomprendidos en la desopilante era de la información? Es improbable.

 

La oferta de información relevante, útil, valiosa, se está multiplicando exponencialmente, a veces en los medios, pero sobre todo en los márgenes y la periferia de la producción periodística. No siempre bajo la forma de una noticia. La información y los contenidos están adoptando múltiples formas de presentación, circulación y consumo. Las audiencias se sienten informadas. Muchas veces, incluso, capaces de informar.

 

La profesionalización de la producción de noticias está detenida en el tiempo. Se está fabricando un producto con características tan estrictas, tan inmutables, que la sed de información y entretenimiento se está saciando fuera de la fuente por antonomasia que los medios lograron ser alguna vez. Se está llevando a un extremo agotado los criterios de calidad del viejo orden.

 

La gente quiere hacer agujeros en la pared, por eso compra taladros. La gente quiere sentirse informada, entonces ¿por qué pasa más tiempo en las redes sociales que en los medios de comunicación? ¿Por qué lee y genera más actualizaciones de estado por día que noticias lee?

 

La gente no quiere leer una noticia, lo que quiere es informarse, sentirse informada, poder tomar decisiones gracias a esa información, compartir lo que sabe y entretenerse. ¿Quién necesita una noticia en cuanto a su formalidad y estructura?

Es evidente que la experiencia de informarse, va mucho más allá del producto noticia, de la forma de la noticia, del diseño de la noticia. Pero sobre todo, va mucho más allá de cómo y quiénes producen la noticia. Es evidente que producir periodismo va o podría ir mucho más allá que producir noticias. En esa dirección, que es sin dudas la dirección de la imaginación y la creatividad, la audiencia y las innovaciones tecnológicas están muy por delante de la industria de las noticias. La experiencia de informarse está conformada por nuevos equilibrios entre la información producida por profesionales y la producida desde los márgenes por amateurs.

 

Entonces el desafío es: Cómo vender un taladro –de los mejores, producidos profesionalmente, que tiene garantía por un año y trae gratis un juego de mechas [brocas] de doce tamaños– en un mundo donde existen miles de formas de hacer agujeros en la pared sin involucrarse con uno. Incluso, en un mundo donde un amigo, o un amigo de un amigo, está dispuesto a colgar tus cuadros ahora mismo y gratis.

 

 

 

 

Pablo Mancini es periodista y director de estrategia de infobae. Es autor de Hackear el periodismo. Manual de laboratorio (2011) y Los sentidos y las máquinas. La Red Burroughs (2012) y coautor de CryptoPeriodismo. Manual ilustrado para periodistas (2013). Escribe en Amphibia.com.ar. En Twitter: @mancini

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