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    Historia y propaganda. Ante la Leyenda Negra: ¿análisis o pereza?

    José Sánchez Tortosa - 25-12-2014

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    El vulgo cree que las grandes palabras hacen gran daño, y se equivoca. Cuando las palabras no tienen la medida justa del concepto, ocultan más que evidencian

    Arcadi Espada

    ‘Episodios de la vida de un hombre’, El País, 21 diciembre 1999 

     

     

    La Historia es el relato del hecho, no el hecho[1]. Por eso, como disciplina académica, está condenada a reescribir el pasado. Puede hacerlo construyendo mitos, alimentando prejuicios o, incluso, produciéndolos. O puede hacerlo con la modestia del investigador que se limita a sacar a la luz los datos, los documentos y las pruebas que permitan reventar los mitos, refugios de la identidad hechos de amnesia y capaces de formatear la mentalidad grupal hegemónica. Con ese material objetivo se podrá articular un relato dotado de cierto orden, asumido el carácter racional, aunque inagotable, de lo real. Es en el olvido u ocultación de datos, en las interpretaciones, habitualmente ancladas en prejuicios o pereza mental, y en la forja de mitos, donde se teje y difunde la propaganda, que germina en ambientes culturales proclives a la debilidad, a la decadencia, al esnobismo y a la inercia intelectual, por muy administrativamente alfabetizados que estén los sujetos que los habitan[2]. En esos contextos, los vocablos más pomposos, hinchados con todo el poder del lenguaje vulgar y de la metafísica popular, ese vacío al servicio de los clichés de masas, imperan sobre los análisis y los matices. Y es que somos siervos satisfechos de las grandes palabras. Va en la propia inercia del lenguaje, en la mera economía verbal, reemplazar el análisis complejo, minucioso, detallado, preciso y fatigoso del material historiográfico por vagas referencias genéricas que anegan, bajo la metonimia, la heterogeneidad y riqueza de la realidad. El cuantificador lógico todo, en sus variantes más cínicas o ingenuas, pasa a ser, trasplantado al plano de la realidad histórica, escudo mental e institucional con el cual defenderse de la realidad, cruda e inhóspita.

     

    Juzgar exime de estudiar. El conjunto queda contaminado por la parte, cuando no directamente por la mentira, subsumido por el peso de una palabra solemne que resume un sesgo imponiéndolo como pecado original a la totalidad. Así sucede con el término España. Frente a la tentación de la generalización y al espectáculo del juicio, el conocimiento se ejerce en el retorno anónimo al interior de la caverna platónica. Dicho de modo más directo, en el descenso al detalle, a la compilación de los hechos, al tedio de los datos, a la lectura detenida de los documentos, a la modestia laboriosa del investigador que no pretende estar sellando el pasado con una verdad ajustada a las coordenadas ideológicas o sentimentales de su presente, de su identidad.

     

    Por eso es tan necesario el libro Sobre la Leyenda Negra, de Iván Vélez[3]. Por eso, también, apenas será tenido en cuenta por los medios de comunicación de masas. Vélez, arquitecto de profesión pero de sólida formación histórica y filosófica y próximo al materialismo filosófico del profesor Gustavo Bueno, a cuyas coordenadas nucleares recurre como arsenal conceptual con el cual dinamitar los mitos ideológicos que toman como pretexto la historia, ofrece en esta obra un trabajo lúcido de recopilación de documentos y textos con los cuales derrumbar los lugares comunes y tópicos de la propaganda antiespañola. El libro culmina una trayectoria ensayística de combate contra los mitos de la postmodernidad relativista y reaccionaria que nos asola.

     

    El reproche que acaso quepa hacerle es que pretenda abarcar un recorrido demasiado amplio, por lo que el lector puede echar de menos una mayor profundización en algunos de los periodos clave de la Historia de España y de sus enemigos. Sin embargo, su valor didáctico es considerable y se puede calibrar en el combustible de la obra: esa impagable y a veces tediosa labor de recopilación de datos, de respeto escrupuloso a las fuentes, de búsqueda de las referencias documentales, de estudio riguroso de las crónicas. Ese empecinamiento académico, que late en la obra, permite estructurar y ofrecer una explicación lo más verosímil y neutra posible que se aleje de sectarismos y desmonte, en el plano virtual de la dialéctica, la superioridad moral del que juzga sin saber. De ahí que esa neutralidad no sea imparcial. Es combativa. Pero más allá del debate erudito e historiográfico, la destrucción de estos mitos sólo es eficaz si dispone de difusión mediática que enlace con los problemas políticos actuales, como el autor hace oportunamente en esta obra, y si se incorpora a los programas de estudios, marco en el que la política, entendida como espacio de lo común, juega, se quiera o no, papel central.

     

    La hispanofobia implícita en la propaganda negrolegendaria se aglomera en torno a dos elementos fundamentales: La Inquisición española y el Descubrimiento de América. Estos fenómenos históricos son desde muy pronto recubiertos de toda una mitología que superpone oscuridad y demonización sobre hechos y datos. Dos catas del libro ponen de manifiesto el choque de tópicos y documentos, la inconsistencia de ciertos dogmas en cuanto se confrontan con la realidad histórica. En relación con la implantación del Imperio español en América:

     

    “La presencia de judíos y sarracenos en España espanta a estos cronistas germanos tanto como el hecho de que los españoles contrajeran matrimonio con indias o negras, circunstancia que obtuvo la cobertura legal cuando el día 14 de enero de 1514 se permite, por Real Cédula, el matrimonio entre españoles e indias. Este permiso se suma, en la línea proteccionista e igualitaria, a la prohibición, expresada el 20 de junio de 1500, por la reina Isabel, de traer indios a España o someterlos a servidumbre. El mestizaje hispano ya lo había impulsado oficialmente Isabel I en 1503, al ordenar al gobernador Nicolás Ovando –agente introductorio del orden hispano– que fomentara los matrimonios mixto, ‘que son legítimos y recomendables porque los indios son vasallos libres de la Corona española’”.[4]

     

    Las acusaciones de exterminio caen por su propio peso, como muestran los documentos y la existencia misma de ejemplares que conservan los rasgos fenotípicos de los pueblos indígenas:

     

    “Como prueba del interés civilizador del Imperio español hemos de destacar el dato de que en 1600 existían 500 ciudades virreinales y entre 8.000 y 9.000 pueblos, cifra que en el caso de las urbes se sitúa en el final del Imperio en unas 1.000. Estas estructuras permitieron la integración de los indios en el Imperio a título de súbditos de la Corona, tal y como lo eran los propios conquistadores. Los indios, además, pudieron conservar la lengua y, en su caso, el estatus que tenían antes de la llegada de los conquistadores. Varias instituciones se encargaron de velar por estos derechos, entre las que destaca el Consejo de Indias de Madrid fundado en una fecha tan temprana como 1524”.[5]

     

    Por el propio sistema de engranajes conceptuales del libro, el autor no incurre en justificaciones de las persecuciones y asesinatos, que sin duda se produjeron. Se limita, y ahí reside su grandeza, a tratar de poner en su justa medida, apoyándose en el material historiográfico disponible, los hechos que la propaganda ha disparado hasta dimensiones mitológicas, pasto de intereses ideológicos o consuelos teleológicos. Generalización de la culpa y negación de la complejidad de los hechos son rasgos definitorios del agit-prop antiespañol:

     

    “La Leyenda Negra consiste en que, partiendo de un punto concreto, que podemos suponer cierto, se extiende la condenación y descalificación de todo el país a lo largo de toda su historia, incluida la futura”. (Julián Marías).[6]

     

    Pero acaso lo más chocante y lo más digno de estudio del caso sea la asunción enteramente acrítica y suicida de la propaganda por parte de las instituciones mismas que forman parte del tejido de la nación vilipendiada. La rendición, consumada hasta extremos grotescos, que, si bien se remontan por lo menos a la crisis nacional del 98, pueden detectarse ya mucho antes, como el propio Vélez cataloga, es de actualidad palmaria. Y hay que decir que la abierta defensa de la nación española que el autor presenta, con documentos y argumentos en mano, nada debe a concepciones románticas o nacionalistas y, por tanto, sectarias por excluyentes, sino que se sostiene sobre la plataforma de una teoría materialista de la nación política entendida como estructura de poder territorial e institucional basado en criterios ciudadanos (políticos, en griego) contra criterios étnicos, lingüísticos, tribales, religiosos o biológicos, caldo de cultivo de los desastres y exterminios que asolaron la Historia del siglo XX en particular, y que el cambio de siglo y milenio, como salta a la vista, está lejos de haber superado. Y la muestra de que el racismo político ha sido absorbido, no abolido, por el sesgo etnicista de carácter lingüístico –y, así, pervive como política presentable– es que se establece la lengua como factor político preeminente –antes la raza, que es ahora inadmisible para las mentalidades de la corrección política y moral– por encima de los sujetos vivos y hablantes (de una lengua común[7]), biológicamente vulnerables y administrativamente individualizados.

     

    De manera que se legisla siguiendo criterios grupales con vistas a la supervivencia de una lengua o unas costumbres por encima del bienestar de los ciudadanos, del folklore más rancio envuelto en proclamas progresistas que celebran el esplendor pasado, presente o futuro del Volkgeist. Estos entes metafísicos, como el Pueblo (Vox Populi Vox Dei)[8], o simples arbitrariedades colectivas, son considerados sujetos jurídicos que se imponen y obvian la realidad mostrenca, incómoda y cotidiana de los problemas de los ciudadanos realmente existentes.

     

    La mera invocación de un vocablo teñido de la carga ominosa (franquista, fascista, imperialista, etcétera) permite eludir, en el marco de las coordenadas admitidas por el consenso mediático, el trabajo de documentar y analizar historiográficamente las complejas trabazones multicausales que intervienen en los procesos históricos de los cuales nuestras sociedades, en fases de decadencia, descomposición y recomposición, son consecuencia.

     

    Contra la estridencia espectacular de los que juzgan cargados de razón proclamando lemas de pancarta y escenifican heroicidades ilusorias en los canales de difusión mayoritarios, todavía se puede encontrar, como en el caso que nos ocupa, la modestia necesaria del rigor académico y del trabajo documental que rebusca en archivos desempolvando datos, papeles, decretos, sumarios, leyes, crónicas: La historia es el relato objetivo con el cual disolver, como en ácido[9], la propaganda políticamente suicida.

     

     

     

     

     

    José Sánchez Tortosa es doctor en Filosofía con la tesis titulada El formalismo pedagógico, es escritor y profesor de Filosofía en secundaria. Ha escrito artículos para El Catoblepas, textos sobre educación y filosofía para el diario El Mundo y distintas revistas especializadas. Es autor del libro El profesor en la trinchera, y del poemario Ajuste de cuentas. Coautor del reportaje sobre los campos de exterminio nazis en elmundo.es: Viaje al Holocausto y de la recientemente publicada Guía didáctica de la Shoá. Es responsable de los blogs josesancheztortosa.com y El Jardín de Epicuro en Periodista Digital y del proyecto filosófico-didáctico proyectotelemaco.com.

     

     

     

     

    Notas


     

    [1]    Ἡροδότου Ἁλικαρνησσέος ἱστορίης ἀπόδεξις ἥδεὡς μήτε τὰ γενόμενα ἐξ ἀνθρώπων τῷ χρόνῳ ἐξίτηλα γένηται,”, según proclama el proemio a la Historia de Heródoto: “Éste es el relato [ístoríes] de la investigación de Heródoto de Halicarnaso, escrito para que los hechos de los hombres no caigan en el olvido con el correr de los años.” (traducción de José M. Floristán para la editorial Dykinson).

     

    [2]    J. Sánchez Tortosa, La ignorancia alfabetizadaRevista Leer, número 252, mayo de 2014.

     

    [3]    Iván Vélez, Sobre la Leyenda Negra, editorial Encuentro, Madrid, 2014.

     

    [4]    Ibid., pp. 76-77.

     

    [5]    Ibid., p. 95.

     

    [6]    Ibid., p. 274.

     

    [7]    José Sánchez Tortosa, Lengua común contra idiotez lingüísticaEl Catoblepasnúmero 97, marzo 2010, página 14.

     

    [8]    Benito Jerónimo Feijoo, Voz del Pueblo, en Teatro crítico universal, Tomo primero, Discurso primero: “Aquella mal entendida máxima, de que Dios se explica en la voz del pueblo, autorizó la plebe para tiranizar el buen juicio, y erigió en ella una Potestad Tribunicia, capaz de oprimir la nobleza literaria. Este es un error, de donde nacen infinitos: porque asentada la conclusión de que la multitud sea regla de la verdad, todos los desaciertos del vulgo se veneran como inspiraciones del Cielo.” Cf. J. Sánchez Tortosa, El Pueblo o la voz de DiosLibertad Digital, 13 mayo de 2010.

     

    [9]    “Fuere como fuere, no hay nadie que, sirviéndose de la razón, no tenga necesidad de la existencia de Dios; pues, sin ésta, es aquélla una guía que se extravía; y puede compararse a la Filosofía con unos polvos tan corrosivos que, tras haber consumido las carnes purulentas de una llaga, royeran la carne viva y corroyeran los huesos, horadándolos hasta los tuétanos. La Filosofía refuta, de entrada los errores; pero si no es detenida en ese punto, ataca a las verdades y, cuando se la deja actuar a su fantasía, va tan lejos que ya no sabe ni dónde está ni cómo detenerse.” (Pierre Bayle, Dictionnaire historique et critique, art. “Acosta (Uriel)”, 3ª ed., Rotterdam, M. Böhm, 1720, tomo I, pp. 67-69, citado por Gabriel Albiac en La sinagoga vacía, Madrid, Hiperión, 1987, secc. II, cap. I, p. 191).

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    Gracias por escribir textos como este, claro, sin trampas.

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